sábado, 12 de diciembre de 2009

EL TRÉBOL DE CUATRO HOJAS

Amaneció un cielo tan azul como el mar, los rayos del Sol; mi Sol, que impera en lo alto de ese inmenso firmamento que envuelve los tejados, rojizos y pizarrosos, de los edificios; atraviesan el cristal de la ventana y se cuelan entre los encajes de la cortina para acariciar mi rostro con tibieza y despertarme con su resplandorosa luz. Ayer se me olvidó bajar la persiana…

Me desperezo, bostezo mimosa, me arrullo entre las sábanas revueltas, busco la manta palpando con mi mano juguetona y en cuanto la agarro, tiro de ella fuerte y hacia arriba para taparme hasta la cabeza. Me escondo. Se está tan bien en la cama, tan calentito… pienso… Pero al cabo de un rato, me doy cuenta de que no puedo dormir más. Un día tan hermoso como el de hoy me llama, clama potente a todos mis sentidos, me estimula y hace que pegue un brinco alocado de mi lecho. Amontonada en un moñigo, cae hacia un lado toda la ropa de cama…

La niña todavía duerme, la beso dulcemente en la mejilla y la arropo con cuidado…

En la cocina, hace fresco, cojo un vaso de duralex del escurridor para llenarlo de leche fría, entera y de botella, pasteurizada me gusta más. A la leche le añado una cucharada rasa de cacao, no me agrada que esté muy dulce… Me la bebo casi de un trago, entra sola; pasé un calor asfixiante durmiendo, tenía sed, demasiado vodka con limón anoche. Se limpia mi sangre…

Camino descalza sobre las frías baldosas de más de cuarto de siglo, perdiéndome por el largo y angosto pasillo, mientras me piso los camales del pantalón con los talones, me queda grande y se me cae dejando entrever los marcados huesos de mis caderas. Mi cuerpo y mente necesitan una ducha urgente, me pierdo en el cuarto de baño…

Después de ducharme e hidratar mi piel, fresca y perfumada con vainilla bourbon, me visto… Unos jeans bien ajustados, que resalten mi culo, una camiseta y mis converse falsas de Inside. Me arreglo el pelo, sólo lo cepillo, me lo secaría con el secador, pero prefiero que se seque con el aire fresco de la mañana. Salgo un rato al balcón, respiro hondo. Saludo a las plantas de mi madre, ellas todavía viven. El vecino cotilla lleva con los zapatos en el alfeizar de su ventana dos meses o tres, estarán ya acartonados y oler, seguro que ya no huelen…

La Bella Durmiente se despierta. “Mamá tuve una pesadilla” me dice nada más abrir los ojos… “Mejor no me la cuentes”… le digo, últimamente cada vez que tiene una, sueña que me sucede algo malo, muy pero que muy malo…

Le preparo el desayuno y después, la aseo, la peino, tiene la melena muy larga, ondulada y casi le llega a la cintura… “Ay, ay, aaah”… “Venga Aurora que no te tiro tan fuerte, mujer”… La visto… Unos jeans bien ajustados (cuesta subírselos, ha sacado el culo de su madre), una camiseta blanca con dos ácidos amarillos, uno es un demonio y el otro un angelito. Yo me pido ser el primero y ella el segundo. Le calzo las Converse, las de ella son originales, por supuesto. Vamos iguales, más que madre e hija, parecemos hermanas…

Hoy toca paseo matutino, tenía pensado ir a lavar el coche, pero prefiero dejarlo para mañana, así llevo ya casi cuatro meses...

“Vamos a pasear al campo, al parque grande de los columpios” dice mi hija. De acuerdo, nos tumbaremos en la hierba recién cortada al lado de la ría y cogeremos margaritas y flores silvestres, le encanta…

“Mamá, mamá…” Me llama dando brincos de repente... “Mira qué flor morada más bonita”. Me acerco hasta donde se encuentra ella, que sonríe risueña sin quitar la vista del suelo.

Esa es la flor del trébol, la planta que crece a su alrededor. Pero… ¿qué es eso? “Un trébol de cuatro hojas” nos quedamos mirándolo atónitas, lo arranco y se lo enseño…

“Desde tiempos muy remotos, el trébol de cuatro hojas fue considerado uno de los mayores y más mágicos símbolos que existen y existirán para combatir el mal de ojo. Antiguamente, se creía que representaba a la mano de la Madre Naturaleza. Y sus poderes infinitos… Protectores del amor (sobre todo), de la riqueza y la salud. Para los celtas era una planta sagrada y utilizaban tanto los de tres hojas como los de cuatro, aunque este último era muy codiciado por los druidas puesto que representaba los cuatro elementos tierra, agua, aire y fuego...

En el antiguo Egipto se dotaba de un trébol de cuatro hojas a las parejas casaderas como ofrenda para que su amor perdurase eternamente…

Durante el cristianismo de la Edad Media se veía en él la representación de la Cruz.

También se creía que si lo encontraba una muchacha enamorada se casaría pronto o una soltera encontraría al amor de su vida.

Pero el Trébol de tres hojas no deja de ser mucho menos importante que el de cuatro, dado a que San Patricio, patrón de Irlanda se valió de él para explicarles la existencia de la Santa Trinidad, del evangelio que promulgó a los celtas".

“Vaya”… exclama mi niña sin apartar la vista de los demás tréboles que plagan el campo en el que estamos sentadas. La hierba acaricia la piel de nuestros pies descalzos… El día comienza perfecto…

La probabilidad de entre las posibilidades de encontrar un trébol de la buena suerte es de 1 entre 10000…

miércoles, 9 de diciembre de 2009

✪ LA LEYENDA DEL GRAN CABALLO NEGRO DEL EUME ✪


Cuenta una leyenda muy antigua que en las hermosas y encantadas Fragas del Río Eume (ubicadas cerca de Pontedeume, en la provincia de A Coruña); surgió una historia que os voy a relatar a continuación.

Cuando cae el sol el día toca su fin y deja paso a la envolvente oscuridad de la noche, una bestia infame se apodera de las almas, perturbando con su presencia la tranquilidad de todos los mortales. 
En mitad del corazón del bosque aparecen inquietantes y misteriosos seres variopintos: duendes, hadas, brujas, lobos, lechuzas, diablos… Pero ninguno de estos seres es tan estremecedor como  él, un bravo unicornio gigante de color negro, aterrador y dotado de una fuerza colosal y sobrenatural. 
Gentes y vecinos del lugar afirmaban haber visto al enorme y singular caballo negro galopando velozmente, avanzando como un rayo y con rumbo fijo, bordeando la ribera del río siempre en línea recta.  
Con su trote vehemente, el gran unicornio negro, iba dejando toda la vegetación totalmente devastada bajo sus descomunales pisadas y una estela luminosa tras de sí que iba desapareciendo hasta que finalmente la bestia se sumergía bajo las profundidades de las frías aguas de uno de los remansos del río. 
Entre el populacho se creía que este ser infame se trataba de un “trasno”. Una especie de demonio enviado desde el Infierno en busca de almas perdidas…






sábado, 5 de diciembre de 2009

✪ La Leyenda de la Eterna Enamorada ✪



En tiempos de la guerra carlista un joven de As Pontes de García Rodríguez (A Coruña), de familia humilde, más bien pobre, tuvo que ir obligado a hacer el servicio militar y fue enviado a la misma guerra. Una guerra en la que unos a otros se mataban sin miramiento ni compasión.

La novia del chico, al enterarse de la desesperanzadora noticia, se deshizo en un mar de lágrimas vaticinando, tal vez, el triste futuro y final que le aguardaba a su historia de amor con él. 

El tiempo pasó eterno, los días se convirtieron en meses y los meses en años. La guerra terminó, pero él jamás volvió al pueblo. La joven no perdió la ilusión de volver a ver a su amado y, durante aquella larga espera, vio como los árboles del lugar, donde solía permanecer estática, crecieron como nunca. Era como si las copas de aquellos árboles compitiesen por avistar antes que ninguna el regreso del soldado para así anunciárselo a la desolada muchacha, que a menudo los interrogaba y hablaba con ellos como si realmente la entendiesen.

Una fría tarde lluviosa los árboles amarillearon de repente y perdieron todas sus hojas sin ser otoño, envejecieron prematuramente como contagiados por el dolor y la amargura de la joven. La eterna enamorada comprendió que tenía que aceptar los designios del destino, asumir que su novio debía haber muerto en la guerra y que nunca más le volvería a ver, pero aquello le llevó a morir de pena pocos días después. 

Cuenta la leyenda que a partir de entonces sobre su tumba nacían un sinfín de plantas y preciosas flores silvestres de variados colores. Y que cuando trasladaron a los muertos del antiguo al nuevo cementerio, exhumaron su cuerpo y éste permanecía totalmente incorrupto.

domingo, 29 de noviembre de 2009

✪ UNA ANÉCDOTA DE MIEDO... ✪


No sé si vosotros creeréis en estas cosas, los habrá que sí y los habrá que no. A algunos que les dé vergüenza contar hechos inexplicables que han vivido y a otros, como yo, que no les importe compartir anécdotas tan insólitas como la que voy a relatar a continuación.

Una cosa tengo clara, lo que vi con mis propios ojos fue real, pasó de verdad porque fui testigo de ello en primera persona e hizo que me estremeciera de pies a cabeza.

Esto me sucedió recién entrada en la Armada, en mi primera guardia como cuartelera, en la primavera del año 2000. Me tocaba montar vigilancia de 2:00 a.m. a 4:00 a.m., estaba cansada y tenía ganas de que se pasase el servicio rápido. Todas mis compañeras dormían plácidamente y la luz roja de policía era lo único que iluminaba el pasillo de la última planta del cuartel. "Sólo dos horitas y vuelvo otro rato para cama". 

Tenía por compañera a una cabo que era parca en palabras y se dedicaba a hacer rondas, muy a menudo, a las plantas inferiores del edificio, vamos, que me pasé casi toda la vigilancia sola. Y allí estaba yo sentada en una silla cutre, fría y más dura que una piedra, que estaba situada al lado de una ridícula mesita sin absolutamente nada sobre ella y encabezando el largo y ancho pasillo que unía los sollados. Justo a mi espalda, a escaso metro y medio, la puerta blanca y de doble hoja de los vestuarios, delante de mí la escalera y las entradas a los módulos donde descansaban mis compañeras en literas.

El silencio de la madrugada inundaba mi ensimismamiento, me agobié de estar sentada y me puse en pié dispuesta a caminar pasillo adelante. Sólo se escuchaba el pisar de mis botas, las hebillas de mis correajes y algún que otro ronquido. Pero no había dado ni dos pasos cuando escuché un grito escalofriante (que más bien parecía un alarido) a mi espalda. Me sobresaltó, frené en seco y pude notar como se me erizaban los pelillos de la nuca. Me giré hacia atrás fijando mis ojos en la puerta blanca de los vestuarios que permanecía cerrada.

"¿Cómo es posible?", me pregunté a mí misma. "Llevo aquí sentada un buen rato y nadie ha salido de los módulos, ni ha entrado en los vestuarios" Si hubiera sido alguien tendría que haberle visto pasar, a no ser que fuera invisible, además, antes de que la cabo se fuera “de ronda”, las dos habíamos echado un vistazo a los vestuarios y no había nadie dentro.

Debo de admitir, que ahí todavía no sentí el miedo en el cuerpo, porque a fin de cuentas, pensé que sería mi imaginación o que fuera alguien de la planta de abajo o una de mis compañeras de los módulos que había soñado en alto. Así que me dispuse a entrar en los vestuarios a ver si estaba todo en orden.

Giré el pomo muy despacio, abrí la puerta y entré sin hacer ruido, muy lentamente, después la volví a a cerrar de igual modo. Olía a una mezcla de amoniaco, sal fuman y orines. Fui mirando uno a uno los pasillos del vestuario, sólo se escuchaban mis pasos: primero el de las duchas corridas, nada de nada; luego el de las letrinas, prefiero no comentar; por último llegué al de los lavabos y no fui capaz ni de adentrarme en el pasillo, cuando la puerta blanca se abrió y se cerró de golpe delante de mis propias narices. Los ojos se me abrieron como platos, me dio la risa tonta, esa que te sale cuando te cagas de miedo y me pregunté “¿Y ahora qué?, ¿salgo o no salgo de aquí?” 

Caminé con un ligero temblorcillo en las piernas y el corazón en un puño hacia uno de los lavabos, abrí el grifo y me enjuagué el rostro con agua muy fría, respiré hondo, conté hasta diez un par de veces y me dispuse a salir como quien no había visto nada. “Fue mi subconsciente”, “fue mi subconsciente”, me repetía una y otra vez.

En los módulos todo estaba tranquilo, nadie se había levantado y ninguna de las chicas estaba despierta. En la escalera no veía movimiento, ni se escuchaba bajar, ni subir a ninguna persona. Me senté en la fría y dura silla agarrotada como un palo, casi sin pestañear, hasta que, un cuarto de hora más tarde, apareció la cabo que me dijo al verme: "¿Qué te pasa, Raquel, estás muy pálida?, ¿te encuentras bien?, ni que hubieras visto un fantasma". Podéis haceros una idea de mi cara. 

A la semana nos trasladaron de cuartel y no volví a montar más guardias allí, menos mal. Pero a raíz de aquello, las guardias se volvieron más interesantes y estaba más pendiente de todo, lo que pasa es que nunca me volvió a suceder nada parecido, quizás, porque ya lo esperaba y ya se sabe, basta que esperes algo para que no suceda.






miércoles, 18 de noviembre de 2009

✪ Llamadores de Ángeles ✪


Los Llamadores de Ángeles son unas esferas de plata de ley que albergan en su interior un cascabel relleno de pequeños trocitos de plata.

Una preciosa mañana soleada de primavera paseaba tranquilamente con mi niña de la mano, cuando una energía invisible hizo que me acercara hacia el escaparate de un pequeño comercio de bisutería, más bien “hippie”. Entre pulseras de cuero, pendientes, brujitas de la fortuna, hadas en miniatura, colgantes con simbología celta, collares, pañoletas y demás complementos variopintos; mis ojos no pudieron evitar fijar la vista en tres extrañas y relucientes esferas plateadas, cada una distinta de la otra, que colgaban independientes en sus respectivas cadenas de plata. Atraída por aquellos curiosos colgantes, de entre ellos uno en especial, entré en la tienda.

Un atrapa-sueños sonoro, parecido al que colgaba en la entrada a mi antigua casa, hizo sonar sus campanitas nada más empujar la puerta y el olor a incienso de flores embriagó mi olfato por completo.

— Buenas.— le dije tímidamente al dependiente, un hombre de mediana edad, de pelo cano, alto y  muy delgado.— ¿podría enseñarme esos colgantes de plata que tiene en el escaparate?— le pregunté mientras mi niña jugueteaba por la diminuta tienda, tocándolo todo, como siempre.

— Claro —me dijo— ¿te refieres a los llamadores de ángeles?

— Sí, eso.— le contesté sin saber muy bien si hablábamos de la misma cosa.

— No hay dos modelos iguales.—me explicó.— Ahora mismo sólo me quedan estos tres.

— ¿Cuánto cuestan?— pregunté sin más y sin dejar de mirar el que tenía la piedra roja.

— Sin la cadena 35 euros, son de plata de ley.

En un principio el precio me echó para atrás, me parecieron caros y pensé para mí "ya pueden llamar a los ángeles, arcángeles y a toda la corte celestial con ese precio". Lo cierto es que no me pude resistir, me gustaba tanto que me lo compré.

Junto al Llamador de Ángeles, el dependiente me entregó una estampita con el dibujo de unos angelitos muy bonitos. En ella estaba escrito:

“A veces, al amanecer, cuando no sabemos con certeza si estamos dormidos o despiertos, o a la hora del crepúsculo, cuando las sombras nos hacen dudar de nuestros sentidos, adivinamos invisibles presencias, susurros, aleteos, risas contenidas, y hasta puede rozar nuestra mejilla algo que no podemos definir. Son los ángeles que vienen y van, escuchando nuestros secretos y susurrándonos melodías. Ahora si tal vez los perdiste en el apuro de vivir, aquí hay para ti un llamador de ángeles para que puedas convocarlos…”

Me hubiera gustado verme la cara después de leerlo,  se me pusieron todos los pelos del cuerpo como escarpias. Pero la cosa, no terminaba ahí por la parte de atrás también decía:

“Cuenta la leyenda que hace miles de años unos duendes, que compartían amistad con los ángeles, tuvieron que huir del bosque en el que vivían, por ello sus amigos como símbolo de protección, les regalaron unos cachivaches que sólo ellos podían llevar colgados. Los ángeles explicaron a los duendes que siempre que se viesen desprotegidos o en peligro, debían de agitar la bolita y ellos acudirían a protegerles. Pero también les advirtieron que jamás podrían prestarle el colgante a nadie, ya que entonces, la magia que contenían desaparecería y de esta forma la protección de los ángeles”.


Buscando en Internet información sobre estos artilugios, encontré las mismas palabras escritas en la estampita de mi colgante y mayor fue mi sorpresa cuando descubrí que hasta en la India, las mujeres embarazadas los llevan a la altura del ombligo para proteger a su futuro bebé de cualquier negatividad externa.

Por lo visto, los Llamadores de Ángeles ya eran usados en la Época Medieval como protectores. Se decía que su sonido traía la paz y la alegría al espíritu, y sólo se debía de hacer sonar con la mano (siempre la derecha) cuando se desease algo de corazón.