lunes, 22 de febrero de 2010

✑ Los Zapatos de Pointe ✍

Poco a poco la casa se fue quedando vacía, deshumanizada. Comenzamos sacando cosas de menester tan importantes como lo eran las prendas de vestir. Luego les tocó el turno a los pesados libros de la biblioteca de mi padre. Aquellos libros, algunos auténticas reliquias literarias, ocupaban cajas y más cajas de cartón. Vajillas, muebles, cuadros, alfombras y demás enseres, fueron desfilando detrás. Toda una vida acumulada en forma de objetos que esperaban dentro del camión de mudanzas para cambiar de escenario.

En el chalé ya sólo quedaban las dos grandes lámparas de araña que colgaban del techo del salón, además de los visillos y las cortinas aterciopeladas que adornaban ventanas y galerías. Ver las habitaciones tan vacías me producía una sensación de amargura en el corazón, pero nosotros no podíamos hacernos cargo de una casa tan grande y costosa. Mi situación laboral no era buena y eran demasiados gastos los cuales no podía afrontar aunque quisiera.

El ambiente era extraño, lúgubre, faltaba la calidez de la familia. Quise respirar por última vez su olor a madera y popurrí de flores secas que mi madre solía colocar en pequeños cuencos de cristal. Era el olor del hogar en el que me había criado y que, a pesar de los años, todavía permanecía allí como anclado en el tiempo. Curiosa como una niña que todo lo toca fui inspeccionando, uno por uno, los rincones de todas las estancias. Sólo se escuchaba el estremecedor sonido del eco de mis pasos al caminar. De repente, el reloj de la torre de la iglesia del pueblo interrumpió mi sosiego con el tañer de las doce campanadas, que indicaban la llegada de la media noche, mi hora favorita. 

Examiné con sumo detenimiento si nos dejábamos algo importante y de gran valor, ya fuera material o sentimental. Me faltaba revisar el desván, que había sido antaño un palomar. Subí el último tramo de la ancha escalera de madera, en su parte más antigua y deslucida, hasta llegar a una pequeña puerta. Giré el pomo de bronce y la abrí, a mi derecha palpé a tientas un arcaico interruptor de la luz que sobresalía de la pared. Con la mano temblorosa, y a pesar del perturbador miedo a electrocutarme, lo pulsé cerrando instintivamente los ojos. Una bombilla que colgaba de un mísero cable, casi por encima del mismo interruptor, se encendió. Mi corazón latía a mil por hora, sentía miedo y emoción a la par. De niña me aterrorizaba subir allí, por los ruidos y porque era la parte más alta y solitaria de la casa. 

La mayoría de lo que quedaba eran trastos y cosas inservibles, sin ningún tipo de valor, excepto un pequeño y bonito cofre negro que, en cuanto lo vi, llamó poderosamente mi atención. El cofre estaba recubierto por una fina capa de polvo y colocado sobre un aparador visiblemente deteriorado y carcomido. Me acerqué para averiguar qué misterio ocultaría en su interior, como la cerradura estaba rota fue sencillo abrirlo, y entonces... las descubrí… 

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, el tesoro que albergaba dentro del cofre eran los zapatos de pointe de mi difunta madre. Ella nunca me confesó que había sido bailarina, nunca entendí por qué se avergonzaba de ello o lo ocultaba, pero yo siempre lo intuí. Una parte de mí sabía que aquel empeño que mostraba en que aprendiese a bailar y tomara clases de ballet, escondía algo más...

Mi mente comenzó a viajar atrás en el tiempo y recordé las clases de danza del colegio de monjas. Clases a las que mi madre me obligó a asistir desde los cuatro hasta los trece años ininterrumpidamente. Pero un día me cansé del sacrificio que conllevaba un arte con tanta disciplina y lo dejé, disgustándola mucho... 

Me hice con el cofre negro y su contenido, apagué la luz del desván, cerré la puerta y bajé los escalones de dos en dos, veloz como una centella. Una vez en el salón, me senté sobre el brillante y recién encerado suelo de parquet y, sin pensármelo dos veces, me quité las botas y me calcé las desgastadas zapatillas de mi madre. Me encajaban en los pies perfectamente, me até las cintas de raso a los tobillos y me levanté. Junté los talones como solía hacer cuando era niña, coloqué mis brazos en posición, respiré hondo y comencé a danzar. Y… demi-plié, demi-poite, grand-plié, glissade, déboulés, pas de Chat, pas de valse, pirouette en dehors, fouetté en tournant,…

En aquel momento ni siquiera me percaté de que me había dejado la puerta principal y la verja del jardín abiertas de par en par, pero no podía dejar de danzar. Una sombra misteriosa se introdujo en el hall, alguien se acercaba sigilosamente al umbral de la puerta del salón, mientras yo, ajena a todo, bailaba como poseída por una fuerza sobrenatural y al compás de la única música que sonaba dentro de mi mente.

Él observaba quedo mis movimientos que le atraían y excitaban cada vez más. De repente, escuché una puerta cerrarse violentamente y entonces percibí su presencia. — No sabía que bailabas danza clásica, nunca me lo contaste.— me dijo.

— Yo tampoco sabía a ciencia cierta que ella la bailaba, jamás me lo confesó, y a mí nunca me gustó asistir a aquellas clases…

— ¿Las conservarás? Me gustaría verte bailar más a menudo, pareces feliz y me gusta verte feliz.

— Sí, por supuesto que las conservaré… Bailar me desahoga mucho y estas zapatillas son lo poco que me queda de mi madre.— hice un silencio.— ¿Sabes? Hay una cosa que me resulta curiosa… Cuando era niña y tenía que bailar por obligación, sólo deseaba no tener que volver a hacerlo jamás. Y ahora, que hacía tantos años que no bailaba, me doy cuenta de que echo de menos el ballet.— le dije dándole un emotivo abrazo.

Mi marido y yo terminamos de recoger las últimas pertenencias de valor de mis padres, entre ellas, el cofre negro con los desgastados zapatos de pointe . 




viernes, 12 de febrero de 2010

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques IIIParte

Brígida, se preparó para la ferviente lucha y la liberación del pequeño rehén. Había que rescatar al niño Ismael cuanto antes de las feroces fauces del clero. Para ello, la bruja, debía de cavilar con fluidez para trazar en su mente, un buen plan de ataque. Pero era una tarea demasiado difícil porque todo acababa de suceder muy repentinamente. Así que tendría que ser algo improvisado.
El tiempo era escaso, había que actuar sobre la marcha. En la villa, el obispo tenía fama de ser un hombre rudo e impetuoso. Se sabía que era un experto manejando la espada.
“Qué pase lo que tenga que pasar” pensó para sí misma, Brígida que con rostro de resignación, terminaba de abotonarse, de abrocharse las hebillas y de colocarse sus atuendos correctamente. Varias correas de cuero cruzaban hasta la cintura, su voluptuoso cuerpo de pronunciadas y perfectas curvas. Correas que utilizaría para sostener su arma fiel. Un arco de madera de arce, fabricado por ella misma y dieciocho flechas puntiagudas. No estaba del todo segura si se encontraría con los dos justicieros que le arrebataron la vida a Hortesia de aquella forma tan cruel. Recuerdo que todavía no era capaz de borrar de su mente.
La hechicera, con mirada tierna, observó queda a Taranis, puesto que le preocupaba el gran riesgo que corrían ambos de ser prendidos y juzgados por el Santo Oficio. Pero el gesto que tuvo él hacia ella, al ofrecerle su ayuda, la llenaba de dicha. Se sentía feliz “Si hace esto por mí, aun sabiendo que se juega la vida, es que realmente me quiere”.
El mago ermitaño, por su parte, no había dudado ni un momento en ayudar a su amada, añadiendo su fuerza física, su magia, su destreza con la espada y la protección de su fiel Cova, la loba blanca. Sentía que debía hacerlo y una espina incrustada en su corazón desde hacía ocho años, le decía que aquel era el momento idóneo para vengar la muerte de Hortensia fuera como fuere. El momento adecuado para dejar de estar en deuda con Brígida, a la que también observaba pensativo… “Por ella hago lo que sea”.
Taranis, se atavió con sus vestiduras y se armó con su pesada espada plateada de empuñadura dorada, de larga y afiladísima hoja, que colocó introduciéndola, con sumo cuidado en su correaje. - Necesitaremos tus caballos….- Apuntó presurosa, Brígida a éste.
El hechicero emitiendo de su boca un característico silbido, hizo que dos imponentes corceles de color negro, apareciesen como de la Nada y se aproximasen hasta ellos. Uno era Trasno, el otro se llamaba Kobolt. Con total predisposición, montaron inmediatamente sobre las grupas de ambos caballos y tras el relinchar a dúo de los equinos, al galope, se perdieron los dos jinetes tras las brumas y la niebla, entre los árboles del espeso bosque.
Al medio, día llegaron a la villa de Betanzos. Pocas gentes merodeaban por las callejuelas, era la hora de comer y el tiempo no acompañaba. Prácticamente todos los vecinos estaban cobijados en sus casas.
Camuflados cada uno con sendas capas oscuras y con las cabezas cubiertas por capuchas, Brígida y Taranis desmontaron de sus caballos cerca de las inmediaciones del Convento de Santo Domingo. En una de las celdas del edificio, era donde se suponía que debía estar encerrado el pequeño Ismael a la espera de ser juzgado de manos del Cardenal de la zona. De ser condenado por hereje y poseído. El padre Sixto, estaba convencido de que el mismo Lucifer habitaba dentro de su cuerpo de infante.
La pareja de magos, ya estaba preparada para derramar sangre por salvar la sangre de un inocente.- “Apertum foris”.- Taranis, abrió la cerradura de la verja de acceso al convento.
Sólo se escuchaba resonar el eco cruzado de sus pasos caminando a lo largo de los corredores. Fuera comenzaba a llover, arreciaba tormenta y las gotas de lluvia caían golpeando incesantemente sobre el enlosado suelo y la piedra de las columnas de los pórticos que cercaban el atrio donde una gran variedad de plantas decoraban el pequeño jardín que imperaba en su centro.
El mago se dejó guiar por su abrumadora intuición y clarividencia. Los frailes dominicos debían de estar casi todos reunidos en el comedor junto al obispo. El Cardenal todavía no había llegado para dictar veredicto. Era un buen momento para actuar sin armar mucho escándalo – ¿Estás seguro de que en este convento hay mazmorras, Taranis?- Le preguntó en voz baja, Brígida.
– Claro, todas las fortalezas, monasterios y conventos las poseen y éste no va a ser la excepción. ¿Qué te crees que es lo que hacen con los clérigos que se portan mal con su Señor Dios? Tiene que existir algún acceso que conduzca a ellas por aquí cerca, estoy casi seguro, prácticamente puedo olerlo...
De repente, al ermitaño le llamó poderosamente la atención una pequeña tabla rectangular. Sus ojos clavaron en ella la mirada. La misteriosa tabla, estaba colocada justamente en el centro del empedrado suelo del oscuro corredor por el que transitaban a la par Brígida y él.
Se trataba de una trampilla de madera, situada a tan sólo unos metros por delante de ellos.- Ven, sígueme…- Le sugirió ávido a la joven. Taranis, tiró de un pequeño picaporte de hierro y levantó dicha trampilla. Una escalera estrecha, muy empinada y de maltrechos escalones, conducía a lo que parecían los subterráneos del convento. Probablemente a las mazmorras en las que el pequeño Ismael permanecía encarcelado injustamente
– Está muy oscuro, Brígida, baja con cuidado…- Musitó Taranis, cediéndole el paso muy caballeresco, mientras la sostenía de la mano cuidando de que no se tropezara.
La bruja se introdujo sin dudar pero sin dejar de aferrarse a la fuerte mano de su amado.
Una vez los dos dentro, Taranis volvió a cerrar la portezuela, colocándola como estaba y antes de que la chica accediera a dar un paso más en falso, pronunció otras tres palabras de nuevo en latín “iter clâritâs nostrum”, y se sucedió un gran resplandor que hizo que el largo túnel de escalinata de piedra caliza, se iluminara.
Cova, la loba blanca, se quedó arriba, en el piso superior; vigilando, ferozmente atemorizadora para que nadie se acercase a la trampilla.
Cuando por fin llegaron a las mazmorras subterráneas, Brígida y Taranis tuvieron que andarse con cuidado y sigilo, dado a que dos guardianes vigilaban las únicas seis celdas pero repletas de personas que allí había. El mago ermitaño y la bruja del los bosques de Irixoa, antes de hacer acto de presencia, permanecieron escondidos los dos tras una esquina.
Brígida, observaba con detenimiento cada uno de los movimientos de los vigías, armados con machetes, que caminaban aburridos de un lado al otro del pasillo. El ambiente era húmedo y cargado, olía a cloaca que apestaba y se hacía bastante difícil respirar. La joven sufría por el pequeño, no estaba dispuesta a que continuara en aquel agujero inmundo y asqueroso ni un minuto más.
Taranis, apreció a Brígida inquieta. Parecía como si la chica fuera a hacer algo salido de contexto, quiso prevenirla, pero sabía que era imposible, demasiado testaruda. Sin cavilarlo dos veces, sacó dos flechas puntiagudas del porta flechas que llevaba atado con cuerdas a su espalda. Primero colocó una flecha en su arco y seguidamente apuntó con decisión con dirección a la frente de uno de los dos guardianes, concretamente al que tenía más cerca y más a tiro. Un disparo fortuito y perfectamente impulsado con el que dio de lleno en la diana. La flecha fina y de madera de arce, voló recta y veloz atravesándole la cabeza al despistado hombre.
Sin esperar ni una milésima de segundo más, sin poder darle tiempo al otro guardián a desenfundar su machete y sin dejarle asimilar que acababan de matar a su compañero; Brígida apuntó de nuevo y lo fulminó del mismo modo. Los dos cuerpos de los hombres con una flecha clavada en sus frentes, yacían inmóviles en el suelo sobre un charco de sangre que poco a poco se iba haciendo más grande.
Las gentes que estaban encarceladas en las celdas subterráneas del convento de Santo Dominico, fueron testigos de lo que se acaba de acontecer frente a sus ojos. Asombrados… rompieron el silencio, con griterío y alboroto, festejando su probable liberación…
- ¡ ¡Deprisa…! ¡Liberemos a todos los reclusos antes de que su euforia llame la atención de los monjes y saquemos a Ismael de aquí!
- ¿Cómo que liberemos a todos los reclusos? Tal vez los haya realmente peligrosos entre estas rejas…
- Si son recluidos por el clero, seguramente no sean peligrosos en absoluto, Taranis, sólo contrarios a sus doctrinas impuestas… Además, así si salta la alarma, el que estén sueltos, nos dará ventaja a nosotros, ellos distraerán a los monjes, a los guardias del sacerdote, no se detendrán a reparar en el más pequeño de los rehenes… Así que ¡vamos!... ¡Vamos, hazlo!- Le insistió Brígida.
- “Apertum foris”… Y las cerraduras de las seis celdas se abrieron dejando en libertad a la muchedumbre.
Brígida cogió en brazos al pequeño que la recibió entre lágrimas y brindándole un sentido abrazo. Presurosa, se dirigió a Taranis y le dijo…- Ahora utilicemos tu magia para llevarle a Esther a su hijo…
- Taranis, Taranis… ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ocurre?...
Brígida bajó al niño inmediatamente de su regazo y zarandeó al mago agarrándolo por los brazos. Éste había palidecido, sus ojos estaban en blanco, gemía aquejado por su cabeza que le estallaba de dolor, al que había que añadir una gran presión sobre su pecho. No era capaz de formular ni una sola palabra. Algo, una fuerza invisible bloqueaba todos sus poderes, le hacía delirar, olvidar los conjuros y hechizos. Parecía como si estuviera catatónico… Fue un visto y no visto, de repente, su cuerpo se desplomó sobre el suelo de la planta subterránea ante la mirada de impotencia de la joven bruja, que para sí, se preguntaba “qué demonios era lo que estaba ocurriendo y por qué”…
Los demás prisioneros liberados, ya habían escapado veloces, sin perder ripio, subiendo prácticamente de dos en dos los maltrechos escalones. Pisándose los unos a los otros, apelotonándose en la estrecha escalera de piedra caliza del largo y angosto túnel que daba a los corredores del convento de Santo Dominico.
A Brígida, le temblaban las piernas, presentía que todo se torcía que las cosas no saldrían tan fáciles. Aquel bullicio llamaría la atención de los dominicos y del mismísimo obispo. Intentó levantar el cuerpo plomizo de su amado, pero fue incapaz. No podía dejar a Taranis abandonado de aquella guisa y a su suerte. Los frailes le encontrarían y no se perdonaría que le condenasen injustamente. El ermitaño no reaccionaba y su cuerpo comenzaba a convulsionar emitiendo impresionantes movimientos retorcidos. El pequeño Ismael, rompió a llorar al verle en aquel estado, el espectáculo era dantesco y tal vez, el niño también lloraba intuyendo el mismo desenlace que la joven.
Cova, protegía fervientemente la trampilla; cuando, alertados por los ruidos, el obispo, su guardia personal, el padre Sixto y un séquito de religiosos se acercaron para ver qué era lo que allí estaba sucediendo.
Antes de avanzar un paso más uno de los dos guardias, exclamó alertando a la comitiva y haciéndola detenerse en seco. -¡Mon Señor, un lobo!
-¡Ya lo veo! ¡Pues Matadlo!- Ordenó el obispo de inmediato.
-Pero mon señor, antes de que le pueda clavar el frío acero de mi espada, se abalanzará sobre mí y me matará de una dentellada en el cuello…
- ¡He dicho que lo matéis!- Replicó el obispo.- Y si el lobo se abalanza sobre vos para mataros que el otro guardián remate al animal, y si aun así, inútiles vástagos, no podéis con ese bicho, no creo que una sola fiera pueda con el indómito acero de varios hombres…

Efectivamente, Cova se inclinó hacia delante y se arrojó sobre el primer guardia hincándole con dureza y en la yugular, sus afilados colmillos blancos. Mientras la loba se ensañaba con él, el segundo guardia, acertó a pegarle una estocada con su sable sobre el lomo, pero no la hirió de muerte y ésta enfurecida se volvió hacia su atacante y se defendió con sus letales mandíbulas, desgarrándole el mismo brazo en el que portaba la espada.

Los espeluznantes chillidos de dolor de ambos guardias, se escucharon en los subterráneos.- ¡Cova!.- Exclamó Brígida.- ¡Cova!...
El obispo, acompañado del párroco y de los frailes que se posicionaron todos a su espalda, no mostraba en su rostro ningún síntoma de pesar por sus hombres recién fallecidos. El religioso era un hombre muy corpulento, de carácter firme, facciones agresivas. Así, dominado por la desesperación y cargado de ira, empuñó su arma, la alzó cual pluma ligera y de un aspado movimiento, decapitó a Cova provocando su muerte instantáneamente.
- Disecad su cabeza, me gustaría colgarla como trofeo en una de las paredes de mis aposentos…
Brígida percibió la muerte… Entonces, el eco entremezclado de varios pasos, se escucharon aproximarse hacia las mazmorras. Ávida, la joven bruja, le dijo al pequeño.- Ismael, agarra de una mano a Taranis, con la otra cíñete a la mía… Creo que no voy a ser capaz de hacerlo, pero intentaré formular uno de sus conjuros. Las flechas no me sirven, no tengo suficientes e intuyo que se acercan demasiados hombres. Seguidamente la hechicera, cerró los ojos y repitió varias veces… “abolesco… aedicula… êmergô”… “abolesco… aedicula… êmergô”… “abolesco… aedicula… êmergô”…
La luz de las antorchas comenzaba a iluminar el pasillo de las mazmorras…
- “abolesco… aedicula… êmergô”… - “Vamos tienes que lograrlo”… se decía para sí, Brígida.
- ¿Qué es lo que tenéis que lograr?...- Preguntó interrumpiendo una impertinente voz de pito. Aquella voz era la del sacerdote, el padre Sixto...
Abrió los párpados, alzó la mirada y las pupilas de sus ojos se dilataron al vislumbrar frente a ella la efigie del fornido y corpulento obispo de Betanzos. Escondido tras él, el primer partícipe de que aquella situación se diera. El padre Sixto que mostraba orgulloso una sonrisa de enorme satisfacción. Brígida temblaba atemorizada ante el rostro impasible del hombre ataviado con sotana negra, fajín de cuero y birrete sobre su cabeza. Del cuello le colgaba una cadena de la cual pendía un gran crucifijo de plata que adornaba sus austeras vestiduras. Con una mano, empuñaba su espada hacia abajo, cuya hoja de acero goteaba sangre sobre el suelo térreo de las mazmorras. Sangre de Cova, la loba blanca de Taranis.
- “abolesco… aedicula… êmergô”…- Repitió una vez más la incansable bruja, dedicándole al sacerdote una mirada de odio supremo. Sin soltarle la mano al pequeño Ismael que a su vez se aferraba con fuerza por el otro lado a la mano del cadavérico e inerte mago. El eco de la penúltima sílaba latina resonó esperanzador.
Esta vez, el hechizo parecía haber surtido por fin el efecto deseado. Pero en ocasiones se dan hechos fortuitos que ni tan siquiera la magia más poderosa puede prever. Desgraciadamente, a Brígida, no le dio tiempo a desaparecer y escapar de las afiladas garras del despiadado clérigo. Porque éste, a un escaso instante de la inminente desmaterialización de los tres cuerpos físicos, logró romper parte del hechizo, quebrando la cadena magnética que la bruja, el niño y el mago habían creado. Con un aspaviento de su pesada arma le propinó un golpe seco y certero en la muñeca. Sesgó de cuajo la mano con la que la joven sostenía la del niño. Al desprenderse el miembro de su extremidad, automáticamente el cuerpo de Brígida quedó fuera del encantamiento, mientras que su mano, el pequeño y Taranis desaparecieron casi instantáneamente. Fue un visto y no visto.
Al punto, un grito angustioso de un dolor ilimitado se escuchó provenir desde las profundidades de los sótanos, repercutiendo en cada uno de los rincones del convento, haciendo vibrar los cimientos del tranquilo enclave.

- ¡Tapadle la boca! ¡Qué deje de chillar, está loca!

- Mon Señor, le habéis amputado una mano…- Se atrevió a decir un joven e imberbe fraile que no daba crédito a lo que acababa de acontecer en las mazmorras.

- ¡Como osáis, descarado! ¿Y qué si le he amputado una mano? No iba a permitir que esa bruja se esfumase ante mis propias narices. Hacedle un tapón en la herida para que no sangre, quiero aguantarla con vida un poco más, no ha sufrido lo suficiente.

- Pero señor…

- He oído hablar de dos hombres de la villa de Pontedeume que no tienen escrúpulos. Dos verdugos inhumanos, crueles y sin piedad. Vamos a darle el merecido que se merece a esta furcia.

-Esto… Mon Señor, ¿no deberíamos de esperar a que llegase el Cardenal?- Interrumpió el padre Sixto al obispo.
- Tal vez, deberíamos… Pero sabéis, se me acaba de pasar por la mente que esta hazaña pueda suponer mi ascenso a Cardenal. El Santo Oficio lleva tiempo detrás de esta presa, pero serán mis manos y mi voz las que dicten la sentencia. Deberías saber que estamos ante una hereje muy peligrosa y en ese coso, los obispos poseemos potestad para juzga…- Concluyó dedicándole al párroco una mirada terriblemente desagradable y sádica.

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques II Parte

Ocho años más tarde…

Un niño de cuatro años de edad, cuyo nombre respondía al de Ismael, yacía en el suelo polvoriento de una cuadra de vacas, próxima a la vivienda familiar. El niño muy enfermo, aislado de sus hermanos por recomendación médica, desahuciado, debatiéndose entre la vida y la muerte, estaba infectado por el virus de la viruela más agresiva y terrorífica. Su cuerpo pequeño y delgaducho, infestado y plagado de repugnantes póstulas gangrenosas de todos los tamaños, amedrentaba a quien lo observaba. Ni tan siquiera el doctor de la villa más cercana, se atrevía a tratarlo directamente.

La familia de Ismael de origen judío pero cristianizados por obligación de la corte, desesperados, ya no sabían qué hacer, a dónde acudir, a quién pedir ayuda. Sobre todo la madre que veía como su hijo se le iba de las manos a pasos agigantados.

Una mañana, Esther, que así se llamaba la mujer; escuchó hablar a un anciano carnicero de la feria de la Villa de Betanzos; de una bellísima jovenzuela que habitaba en lo más recóndito del corazón de los bosques de Irixoa.

El hombre, decía de ella que era la guardiana del lugar, como una especie de ninfa guerrera, protectora de la naturaleza, sabia y hechicera, manejadora de artes oscuras, capaz de hacer resucitar a un muerto con su abrumadora y poderosa magia. Al escuchar aquellas palabras, la desesperada madre, dio un respingo y ella, que sufría por el triste final de su hijo, pensó que no tenía nada que perder si llevaba a Ismael hasta el bosque. Tenía que probarlo todo, jugar su última apuesta… Quizás aquella ninfa de la que hablaba el carnicero, tuviera la respuesta que descifrase la clave secreta para semejante mal. Si la chica era capaz de devolverle la vida a un fallecido, también podría ser capaz de curar a su pequeño Ismael...

Así, al caer la noche, cuando ya todos se acostaron, Esther, se dirigió a la cuadra donde su hijo agonizaba por la elevada fiebre y el dolor de las heridas infectadas y llenas de pestilente pus. La mujer llevó a cabo su plan a escondidas, temía que su marido o alguno de sus hijos mayores, la descubrieran; porque si ella contaba la verdad de a dónde iba a llevar a Ismael, éstos no la creerían. Le dirían que todo eran simples zarandajas, fantasías suyas, una farsa del anciano carnicero de la feria. Por eso, apresuradamente, envolvió al pequeño con una manta y le subió al carromato que tirado por un caballo viejo de color grisáceo, fue como atravesaron la fronda y llegaron hasta la misma cabaña de la misteriosa mujer guardiana de los bosques.


Esa noche llovía demasiado y Brígida no podía dormir. Las goteras inundaban poco a poco, el suelo tierrero de la alcoba, mientras ella, daba vueltas y más vueltas sobre el colchón de pajas de su viejo camastro. El rodaje de unas ruedas de lo que parecía un carro de madera y las pisadas fuertes de los cascos de un caballo, la desvelaron por completo y la pusieron en alerta; un forastero se acercaba a la vivienda. Sabía que alguien necesitaba su ayuda.

Se hizo un largo silencio, como si hubiera pasado un ángel y de repente, se escucharon unos insistentes golpecitos... Brígida, se levantó de su lecho, encendió la vela del candelero que había sobre su mesilla de noche y portándolo en una mano, se dirigió descalza y en camisón hasta la entrada. Abrió el ventanillo de la puerta con desconfianza, tragó saliva y observó queda durante unos segundos… Afuera estaba muy oscuro, parecía no haber nadie, pero muy cerca se escuchaba relinchar a un caballo. Todo le pareció extraño y cuando iba a cerrar el ventanillo, inmediatamente un rostro de mujer con lágrimas en los ojos apareció justo enfrente de su cara. La joven se asustó ante la repentina aparición que la hizo sobresaltar de golpe haciéndole emitir un leve chillido.
– ¡Necesito ayuda urgentemente!.- Exclamó la voz triste de la mujer.

- Intuía que tendría visita pero no estaba segura de quién se trataba. - La joven le abrió la puerta rápidamente. – Venga, date prisa, estáis a la intemperie, llueve y hace mucho frío para el pequeño…

- Soy Esther... Y tú... ¿Quién eres? ¿Una especie de bruja?

- Mi nombre es Brígida, pero ahora no hay tiempo de dar explicaciones, dime ¿cómo está el niño? Rápido, túmbale sobre mi mesa y quítale esas sucias mantas; quiero observarle las póstulas…

- ¿Así sin más?, tiene la viruela y es muy contagiosa…

- Lo sé. Túmbale sobre mi mesa y tranquilízate. No pasará nada, no tengas miedo…

- ¿Le curarás? Escuché en la feria que con tus poderes eres capaz de resucitar a un muerto...

- Lo curaré.- Contestó la joven con rotundidad y frunciendo el ceño. Acto seguido, cogió un extraño ungüento de color verde oscuro que había dentro de un cuenco de barro y una cataplasma casera con efecto calmante que llenaba un tarro de cristal. – Tendréis que quedaros aquí un par de días por lo menos.

- Pero mi esposo sospechará si no vuelvo a casa antes del alba para atender a mis labores.

- Pues vete tú y déjame al pequeño aquí. Estará en buenas manos.

- ¿Qué le harás? ¿Sufrirá? - Le preguntó la madre con preocupación.

- No más de lo que sufre ahora. Las heridas están muy mal... Primero le untaré el cuerpo, mezclando estos compuestos a base de plantas, hierbas y semillas; le escocerá muchísimo, pero se curará. Mañana se beberá una poción especial que elaboraré sólo para él y antes del atardecer le daré un baño con agua caliente y sales.

- ¿Estás segura de que eso le hará sanar? No sé… ¿Te has fijado bien en su cuerpo?

- Sé paciente, mujer; y al segundo amanecer regresa a mi cabaña a por tu niño. Ismael regresará a casa cogido de tu mano y sin una marca sobre la piel...
El niño Ismael, totalmente desfigurado por las agresivas erupciones de la piel, yacía inmóvil sobre la mesa de madera; parecería que estaba inconsciente si no fuera por los delirios que le producía la fiebre tan elevada. No cesaba de emitir toda clase de sonidos por la boca, que semejaban palabras, aunque no se le entendía absolutamente nada de lo que decía.

Brígida, se lavó las manos en una palangana blanca que había sobre una encimera de mármol cerca de la chimenea. El recipiente estaba lleno de agua con flores y toda clase de hierbas olorosas sumergidas dentro. Después, las secó y untó la palma de sus manos con el ungüento de color verde oscuro. Sin apretar y con delicadeza, extendió la crema por cada uno de los rincones del cuerpo del niño, inclusive hasta en la lengua. Encima del ungüento, añadió la cataplasma que era como una especie de arcilla de color blanco que a medida que la iba aplicando, la sustancia se secaba, creando una película dura. – Sé que te escocerá…- Le dijo Brígida al pequeño, aún a sabiendas de que éste no se enteraba absolutamente de nada.-… pero también te curará…

Durante la madrugada, los quejidos del pequeño se hicieron notar y resonaban entre las cuatro paredes de la alcoba. La lumbre, era la única luz que alumbraba el interior de la cabaña, dándole un aspecto demasiado lúgubre. Brígida, fue incapaz de dormir, ya no sólo por los alaridos de dolor del pequeño, sino porque su corazón presentía algo que la inquietaba. Su cabeza le daba vueltas a una premonición. Sabía que alguien la iba a descubrir, pero no sabía si sería cuando fuera a buscar el agua al río para bañan a Ismael. Temía que la autoridad, la acusase por hereje como a Hortensia, pero no podía dejar a su suerte al pequeño.

Pronto amaneció y si la noche anterior había llovido ininterrumpidamente, la mañana se presentaba soleada. En el cielo azul y sin una nube de por medio, brillaba un sol justiciero y abrasador.

El niño, por fin había dejado de quejarse. Marlon, el gato, le relamía una mano que le caía colgando de la mesa. Brígida, al verlo, espantó al animal con la escoba.- ¡Venga, Marlon déjalo ya!- Exclamó, luego, se acercó cuidadosamente hasta el pequeño y lo observó con quietud, le colocó bien el brazo, creía que estaba durmiendo.
De repente, Ismael abrió los ojos y se asustó al ver el desconocido rostro de la joven; la dura y seca cataplasma le impedía articular palabra, intentaba moverse pero tampoco era capaz. Ella le tranquilizó con su dulce voz.- No te asustes Ismael, soy Brígida, una amiga de tu mamá que va a curar tu cruel enfermedad. Los ojos del niño parecían calmarse y automáticamente se llenaron de lágrimas que una tras otra comenzaron a brotar, deslizándose por sus sienes. Brígida sonrió y se las limpió con los dedos de sus finas manos. La fiebre había desaparecido y era momento de ir al río a buscar el agua para el baño. – Escúchame bien, Ismael.- Le dijo.- Voy a ir a llenar unos cubos de agua al río; en cuanto regrese, la verteré dentro de la marmita y la calentaré al fuego. Te lavaré el cuerpo con ella bien caliente para quitarte la cataplasma. Pronto todo habrá terminado y esas horribles pústulas infecciosas, habrán desaparecido para siempre...
El pequeño asintió, aliviado, con la mirada.

Brígida, todavía en camisón, ni siquiera esperó a vestirse con sus ropas, se calzó los zuecos y tal cual, cargó con dos grades cubos de madera totalmente vacíos; portando uno en cada mano. Apresuradamente, salió hacia el río para buscar el agua. Poco tardó en llegar a un caudaloso y claro remanso. Miró hacia los lados y observó, con insistente cautela, uno por uno los troncos y ramas de los árboles que la rodeaban. Temía que pudiera haber alguien escondido y espiándola en ese momento. Se descalzó y colocó los zuecos sobre una roca. Con cuidado, poco a poco se introdujo con los cubos en la friísima agua cristalina.


Algo se movió entre las ramas de un tejo que la hizo asustarse y alzar la vista. Era una lechuza blanca que aleteaba sus hermosas alas como queriendo llamar su atención. A Brígida le sorprendió ver aquella ave rapaz despierta a pleno sol. Todavía sentía el presentimiento que le había rondado la cabeza y mantenido en vilo toda la noche. Y entonces él regresó a su memoria, después de tanto tiempo sin saber nada de su vida.- ¿Taranis?.- Se dirigió Brígida a la lechuza.


El ave voló de la rama hasta la piedra donde la joven hechicera había colocado sus zuecos de madera, y en pocos segundos, se materializó en el famoso mago ermitaño.
Los ojos de Brígida se posaron clavándose como flechas en los de Taranis y una extraña fuerza energética la traspasó; acompañada de una sensación de hormigueo que le recorrió a ambos todo el cuerpo.

- Ha pasado mucho tiempo…- Dijo él.

- Lo sé.- Contestó ella.

- Has cambiado, ya no eres una niña.- Apuntó observándola detenidamente.

- En cambio tú sigues siendo el mismo…- Musitó, agachando la cabeza y con las mejillas sonrojadas.

- Al final, crees en la magia.

- A raíz de la muerte de Hortensia, comencé a pensar de forma distinta. Mi mente me pedía seguir sus pasos, tomar las riendas. Era algo que debía hacer. Entonces, me dediqué a estudiar todos sus escritos y a practicar todos sus hechizos. Durante estos últimos ocho años, he experimentando cosas nuevas y las he ido añadiendo a sus recetas para hacerlas más eficaces. Los que ya conocían a Hortensia y acudían a ella en busca de ayuda, empezaron a exigírmela a mí y la voz se fue corriendo poco a poco.

- Lo sé, Brígida guardiana de los bosques de Irixoa. Durante estos ocho años, he estado velando por ti, por tu seguridad; y fui testigo de todos tus avances.

- ¿De verdad? Pensaba que me odiarías por haberte echado aquella tarde de mi morada.

- Durante todo este tiempo, pensabas que no me volverías a ver…

- Sí, lo pensaba; a fin de cuentas eres un ermitaño al que le gusta estar solo… Pero sé que fui injusta contigo y me arrepiento por ello. - Contestó la muchacha con los ojos inundados por las lágrimas, mientras intentaba salir del agua cargada con los dos cubos llenos.

- Eso fue hace mucho tiempo, no pienses más en ello.- Inquirió él.

Brígida posó los dos cubos en el suelo, sobre la hierba mojada y se abalanzó en brazos del mago, Taranis que la rodeó y abrazó fuerte contra su pecho.- Pero, ¿por qué apareces justo ahora, Taranis?

- Porque quiero ayudarte. Sé que desde hace un par de años preparas tu venganza para honrar la muerte de Hortensia y quiero participar en ella.

- ¿Estás seguro que sólo te has dejado ver por eso?- Le preguntó, tímida y con voz temblorosa.

El ermitaño y la guardiana, se miraron a los ojos. Atraídos por un magnetismo imparable, sus bocas se fueron acercando lentamente hasta juntarse y fundirse en un apasionado beso húmedo.
– Te amo, Brígida. – Le confesó él.
El camisón totalmente mojado, se le ceñía apretado, al pegarse a su sugerente cuerpo de mujer de inolvidables curvas, visándosele, a través de la fina tela blanca, sus voluptuosos y prominentes pechos de marcados pezones de aureola rosada.- ¡Rápido, el niño Ismael! ¡Debo de bañarle cuanto antes!- Exclamó Brígida nerviosa, dando un quiebro sobresaltada, después de haber escuchado de la boca del ermitaño aquellas dos palabras que le descolocaron los sentidos. que la hicieron estremecerse. La joven bruja, estaba encantada de que él hubiera sucumbido a sus encantos.

Taranis dio un respingo y despertó de su deseo más masculino y animal, de poseerla en aquel mismo momento a orillas del río o dentro del remanso... Raudo, agarró los dos cubos llenos de agua hasta los cantos y portó uno en cada mano.

Brígida, dentro de la cabaña, preparó el caldero en el que vertió el agua para calentar al fuego de la chimenea. Una vez cogió la temperatura adecuada, de nuevo la vertió, esta vez, en la mitad de un viejo barril de vino de gran diámetro de ancho.

- Ayúdame a meter al pequeño en el agua, Taranis.- Le sugirió la joven al mago. Éste accedió vehemente. Una vez estaba el niño, de cintura para abajo, introducido en la improvisada bañera; Brígida, cogió una especie de esponja trenzada, elaborada con hojas secas de encina y con ella, le frotó, muy delicadamente, la piel al pequeño. El calor del agua, hacía que la dura plasta verde que lo cubría totalmente de pies a cabeza, se fuera desprendiendo por trozos y con ella, desapareciendo las póstulas, ampollas y heridas.
La epidermis de Ismael, quedaba limpia de marcas y muy suave. Taranis, observaba embobado y fascinado al mismo tiempo.

- Como ves yo no utilizo las palabras como haces tú, prefiero los métodos caseros. – Musitó Brígida, dándose cuenta de que éste no salía de su embeleso.

El niño que había recuperado la conciencia volvió a sonreír al verse sanado. Su madre llegó a la cabaña poco antes del atardecer y cuando se lo encontró sin una marca sobre su piel, no se lo podía creer y rápidamente, se deshizo en llantos de alegría.

- ¿Cómo voy a agradecer lo que has hecho por mi hijo, Brígida? Eres una diosa, la guardiana de nuestros bosques. Un ser maravilloso…

- No soy una diosa, ni una guardiana. Sólo soy una bruja, como lo fue Hortensia. La única forma con que me puedes agradecer lo que he hecho por ti y sobre todo, por Ismael, es mantener mi identidad en secreto. No quiero acabar como acabó ella…Esos sacerdotes siguen cobrándose víctimas a sus anchas.

- Lo sé y te entiendo, soy judía…- Contestó Esther, que cogió al pequeño de la mano y después de despedirse de la joven con un fuerte abrazo; subió al carro y se perdió alejándose por un estrecho sendero, desapareciendo tras el espesor de la niebla…

El sol se escondió en un instante, dando paso a la noche más oscura y estrellada. El mago y la bruja se quedaron solos por fin.

- ¡Bonita noche! – Apuntó Taranis alzando la vista al cielo.

- Hoy parece que se pueden vislumbrar todas las estrellas... – Percibió Brígida.

- Sí eso parece, aquí cuando eso sucede es todo un espectáculo.

- Claro, normalmente suele estar el cielo nublado, pero esta noche está limpio, totalmente despejado, como la piel del pequeño Ismael, es curioso…- Dijo ella meciéndose su cabello. – Creo que será mejor que entremos dentro, hace frío…- Sugirió.- Me gustaría que te quedaras a dormir…

Taranis sonrió con picardía.- ¿De verdad quieres que me quede?
Brígida insinuándose, le tendió la mano al mago y éste la tomó muy gustosamente a pesar de que una extraña sensación de miedo se apoderaba de su mente como advirtiéndole que no lo hiciera. Él había nacido para vivir en soledad, pero su corazón no obedeció al mandato de su cabeza. Y sus pieles se rozaron y nada más tocarse, sintieron burbujear su sangre, la química que les recorría a ambos por todo el cuerpo, era tan fuerte e intensa que prácticamente se podían hacer el amor con la mirada. Taranis, se dejó arrastras por ella hasta el interior de la vieja cabaña. La quería desde siempre, el recuerdo de aquella niña terca que fue en su busca; ahora que se había convertido en una hermosa e inteligente mujer, la adoraba como a una diosa…

Nada más traspasar el umbral y cerciorarse de cerrar la puerta con el pestillo, al abrigo del calor del hogar, no tardaron en fundirse en un enérgico abrazo que provocó una continua explosión de apasionados besos húmedos y salvajes. Las manos de Taranis recorrían furtivas y veloces de arriba abajo la espalda (todavía mojada por el agua del río) y la terminación de las caderas de la joven bruja, a la que le apretaba las nalgas duramente con sus fuertes manos, totalmente excitado. Su sugerente escote le volvía loco como un animal en celo. Brígida, con su voz dulce, le susurraba una tierna y hechizante melodía al oído canturreada en lo que parecía una lengua muerta, a la vez que le mordisqueaba con suma suavidad el lóbulo de la oreja, rozándole con la punta de su nariz el cuello, recorriéndoselo con su lengua... El fuego quemaba... - ¡Hazme el amor, Taranis! – Le susurró ella.


- ¿Estás segura de lo que me pides?

La bruja hizo un gesto de asentimiento. El ermitaño perturbado por los impulsos más pecaminosos de poseerla y de hacerla suya; hizo girones el camisón de Brígida y empezó a besarle los pechos, chuparle y lamerle los pezones; y tomándola en sus brazos la llevó hasta el camastro, sobre el cual la tumbó.


Taranis, se desprendió de sus ropas en un instante, dejando al descubierto su escultural cuerpo masculino de hombre robusto. Su enorme pene duro y erecto, hacía estremecer las entrañas de Brígida que tumbada boca arriba, con las piernas abiertas de par en par, mostraba su vagina absolutamente estimulada, ansiosa por notar como él la penetraba, la traspasaba con su sexo hasta profanar su alma pura de mujer virgen. Entonces el mago, se caer sobre su cuerpo desnudo y en automático su miembro viril encajó todo en la empapada cavidad de la chica que al sentir la presión, el tacto y la dureza, dejó escapar de entre sus labios un gemido de gusto infinito.

Taranis y Brígida se amaron como locos amantes durante toda la noche. Primero él encima, luego ella le montó a él a horcajadas, poseyéndole, haciéndole suyo... Y unieron sus cuerpos y se convirtieron en un solo ser hasta que con la primera luz del alba, alguien les sorprendió de repente...
Brígida yacía profundamente dormida, apoyando su cabeza sobre el pecho del ermitaño, abrazada y acurrucada al calor de su cuerpo desnudo; hasta que unos fuertes golpes propinados en la puerta de la cabaña, desvelaron a los dos amantes y sobre saltaron a Taranis que se levantó del camastro sin hacer ruido, poniéndose en guardia, agarró un grueso palo que estaba de pié, apoyado contra una de las esquinas de la estancia. Estancia que empezaba a iluminarse con los primeros rayos de sol que conseguían colarse por entre las rendijas de las contras de los dos únicos ventanucos que poseía la vivienda.

Los golpes eran tan continuos e insistentes que parecía que quien quiera que fuere el que estaba al otro lado, quisiese derribar la puerta. El mago quitó el pasador del pestillo y sin mirar siquiera por el ventanillo, abrió la puerta de golpe. Al momento reconoció el rostro de la mujer desdeñada que le empujó apartándole hacia un lado y milagrosamente, gracias a eso no le estampó con el palo en la cabeza.
La mujer, era Esther la madre del niño Ismael. La pobre, tenía tal estado de nervios que ni siquiera reparó en que el hombre al que empujó, estaba desnudo. Decidida e impetuosa, entró hasta el interior de la cabaña como una exhalación, gritando y llorando al mismo tiempo.

Brígida, sin todavía entender y ruborizada por la situación, se tapó como podía con la manta e intentó calmar a la alocada madre de Ismael.

- Pero Esther, ¿qué es lo que ocurre? Ven siéntate a la vera de mi cama…

- ¡Mi hijo, mi hijo!- Vociferaba con desesperación, alzando las manos y mesándose fuertemente sus cabellos cuando se dejó caer sentada sobre uno de los lados del lecho de la bruja.

- Respira hondo y dime, mujer; ¿qué es lo que le ha ocurrido a tu hijo?- Le preguntó Brígida.

- Mis vecinas…- comenzó la mujer a relatar entre lágrimas, algo más calmada.- ayer, me las encontré de camino a casa y vieron al niño, no se podían creer que se hubiera curado de la viruela, que no le quedase ni una sola marca sobre la piel. Cuando llegaron a la aldea empezaron a decir que era cosa de brujas y acudieron a ver al padre Sixto, se lo contaron. El párroco presuroso, vino a la casa y empezaron a decir que mi hijo estaba embrujado, se lo llevaron al obispo de Betanzos, Brígida. Me quitaron a mi hijo… ¡Me lo robaron!

La joven bruja tragó saliva y con los ojos humedecidos, le preguntó.- Esther, ¿les hablaste de mí al párroco y a tus vecinas?

- No, pero casi lo hago… Era mi hijo, Brígida. Pero sabía que te traicionaría y cargaría con la culpa toda mi vida. Y lo peor de todo es que probablemente lo ejecuten en un par de días. Ese sacerdote de Betanzos es un sanguinario. Mi marido se ha llevado lejos a nuestro otros hijos, pero yo no puedo dejar solo a Ismael. Vine hasta aquí, porque sé que tú me puedes ayudar, una vez le salvaste, sálvalo ahora de esos asesinos.

- Bien, harás una cosa… Te irás junto a tu marido. Taranis y yo nos encargaremos de Ismael. Aunque cristianizados, sois judíos y puede que tú también estés en peligro, estos indecentes sólo su Dios sabe de qué más cosas son capaces…

- Pero si yo me voy junto a mi esposo, para que no nos encuentren, ¿cómo me encontrarás?

- Créeme, te encontraremos y te llevaremos al niño. Palabra de bruja. Márchate cuanto antes, no es bueno para mí que estés aquí, podría haberte seguido alguien… Por lo demás no te preocupes, tarde o temprano me tendría que ver las caras con los asesinos de mi Nana...

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques I Parte

Cuenta una leyenda que allá por la Edad Media; en mitad de un espeso bosque del Noroeste de Galicia, habitaba una extraña mujer, de aspecto desvencijado. Tenía los ojos saltones, la boca grande y desdentada y llevaba el pelo enredado en una melena larga y totalmente encanecida. Era una anciana huraña y de mal carácter. Una hechicera famosa en el lugar por sus impresionantes poderes mágicos; pero no todas las gentes se atrevían a visitar a la poderosa bruja, en busca de alguna ayuda mística para combatir sus propios males, como el mal de ojo y sanar sus problemas de salud, como la tuberculosis o la peste. La mayoría la temían porque estaban convencidos de que practicaba la magia negra, siendo discípula del mismísimo Lucifer. Los vecinos la apodaron, la Señora Oscura de los Bosques de Irixoa.

Se creía que el hogar de la hechicera; una cabaña fabricada por ella misma, con piedras y troncos de árbol, situada cerca de la ribera de un pequeño río; estaba maldito. Nadie se atrevía a merodear por sus alrededores ni a morar tierras cercanas. Todos; soldados, campesinos, labriegos, mozos, doncellas, lavanderas, sirvientas, lecheras y pastores; hablaban de que en la cabaña de la vieja, se sucedían toda clase de fenómenos extraños, pues tal vez, sus muros húmedos y mohosos habían sido testigos mudos y fieles de cómo la bruja elaboraba sus ungüentos, pócimas, afrodisiacos y elixires secretos, además de practicar infinidad de sacrificios animales y puede que hasta humanos….

Pronto, en el año 1478, los Reyes Católicos junto con la aprobación Papal, instauraron en el Reino de Castilla, la Santa Inquisición, con el fin, en un principio, de perseguir a los judíos que se negaban a convertirse al cristianismo. Pero con la entrada de Tomás de Torquemada, el mayor inquisidor conocido en la historia del Reino, peligraría todo aquel que practicase la brujería, la bigamia, la usura o cualquier tipo de herejía…
I
La familia Piñeiro, acababan de recibir al último miembro del clan, que no hacía ni una hora que había llegado al mundo, esta vez, para su desgracia, sin un pan debajo del brazo. Los padres, no podían hacerse cargo del bebé. Ocho hijos eran demasiados, mucho sacrificio, poco dinero, escasez de trabajo y una boca más que alimentar. A la madre, desahuciada y moribunda después de parir, se le dijo que el bebé había fallecido al nacer, para que no sufriera más de lo que ya de por sí soportaba la pobre mujer…

El padre, envolvió al recién nacido entre unos trapos sucios y roídos por los ratones ante la atónita mirada de tres de sus hijos varones. Les hizo un gesto de silencio con el dedo índice de la mano derecha para que no dijeran absolutamente nada ni a su madre ni a los demás hermanos. Éstos asintieron con la cabeza, mientras observaban como su padre, con el fardo bajo el brazo, salía de la humilde choza de madera.
El hombre que tenía cara enfermiza y cuerpo esmirriado, se subió al carromato que tirado por una mula vieja y medio coja, puso rumbo hacia el bosque. Debía darse prisa ya que la tarde se cerraba, el tiempo de tormentas acechaba y además, estaba a punto de anochecer.

El patriarca de los Piñeiro, no se adentró mucho en el bosque, su espesura guardaba mil y un peligros, demasiados para un solo hombre. No se detuvo mucho tiempo y fue al comienzo de uno de los caminos que conducían hasta el corazón de la fraga, justo a los pies de un enorme arce, sobre la hierba humedecida, donde depositó cuidadosamente al bebé que no cesaba de llorar angustiado.
Después de rezarle unas escuetas oraciones, con los ojos inundados por las lágrimas, el padre, dio media vuelta y se marchó sin retroceder ni un solo paso, sin echar la vista atrás, perdiéndose en la lejanía…

En pocos minutos, se levantó el fuerte viento del norte, silbando con furia su tétrica melodía, tronzando las pequeñas y secas ramas de los árboles, elevando del suelo, cegadoras nubes de polvo y tierra. En lo alto, en el firmamento, el dios Eolo, seguía haciendo de las suyas, empujando a las nubes grises con vehemencia, haciéndolas correr veloces y encapotando con su espesor el anaranjado color del cielo, pronto oscurecido, convertido en la penumbra más absoluta, si no fuera por la luna llena que jugaba a esconderse entre los grises algodones a punto de estallar, a punto de bramar truenos y relámpagos.

- Pronto llegará la tormenta y la Madre Natura nos bendecirá con su agua pura y fresca, pero, no sé, la noto enfadada, irritada, es como si más que bendecirnos quisiera ahogarnos con su ira, con su rabia, con su cólera, con su furia… Algo no va bien, lo presiento. Hasta mí llega un llanto, creo que es el llanto de un recién nacido que pide ayuda desconsoladamente. Está en el bosque, le siento… ¿Qué debo hacer, Marlon?- Le preguntaba la anciana de los ojos saltones a su gato negro. – Mi corazón me dice que debo salir en su busca… -Sus ochenta años no eran impedimento para lanzarse al bosque en una noche de tormenta. Hortensia, que así se llamaba la mujer, se tapó la cabeza con una austera pañoleta de color negro y cogió su indispensable cayado de madera. – Vamos Marlon, tenemos que encontrar al bebé antes de que sea demasiado tarde…- Apuntó.

Poseedora de un olfato infalible cual canino sabueso y un excelente sexto sentido de bruja médium que no fallaba jamás, Hortensia, dio con el bebé a los pies del enorme arce. La pequeña criatura, estaba destapada, empapada por la lluvia y su pequeño cuerpecito amoratado, temblaba a consecuencia del frío y la hipotermia. – Por la Madre Natura, pero si es una niña...- Exclamó la mujer con desasosiego y horrorizada, al ver a tan pequeño e indefenso ser de aquella guisa.
La anciana la estrechó fuertemente entre sus brazos y regresó a su cabaña lo más rápido que pudo. Marlon, su fiel gato, pingando de agua, la seguía detrás maullando como un loco.

Nada más llegar a la cabaña, Hortensia, colocó a la bebita, sobre una gruesa mesa de madera que imperaba en el centro de la estancia, la única de la que disponía la pequeña construcción. Allí, le secó el delicado cuerpecito y la envolvió con una manta de lana virgen que previamente había estado calentándose cerca del fuego de la chimenea. Luego, la metió dentro de un gran cesto de mimbre que situó al amparo del calor de la lumbre.
La bruja, inmediatamente se puso a preparar una de sus mágicas pociones en su gran caldero. – ¿Qué desalmados padres son capaces de abandonar a un hijo, fruto de sus semillas?… Los míos… Pero no voy a consentir que tú te críes como yo lo hice, sola en el bosque desde los seis años y sin familia alguna… A partir de ahora, yo seré tu familia, tu mentora y te instruiré en las artes esotéricas, la magia blanca y la magia negra. Te llamarás Brígida, como la diosa celta, guardiana y protectora, fuerte y sabia. Y sanarás con esta pócima a base de hierbas que ingerirás para siempre gozar de buena salud...

Una década más tarde…
Brígida, ajena a lo que se avecinaba; recogía flores silvestres en mitad de una pequeña pradera de suave hierba y bañada por los rayos del sol, que se abría paso entre las frondosas copas de los árboles, convirtiendo el enclave en el más mágico rincón de todo el bosque. La rítmica melodía del agua rompiendo sobre la piedra de una de las cascadas del río, se escuchaba de fondo haciendo las delicias de los oídos de la niña. Hacía un par de días que se habían cumplido diez años desde que Hortensia o Nana que era como ella la llamaba, se la encontrara abandonada a los pies del gran arce.

Aquel bebé tiritón e indefenso, se había convertido en una niña fuerte, de tez pálida y largos cabellos oscuros. Sus ojos de un azul penetrante transmitían una paz capaz de amansar a las fieras más salvajes y sus delicadas manos, provocaban un halo de ternura con cada movimiento. Para Brígida, Hortensia era la persona más importante sobre la faz de la Tierra. La que la había recogido, la que la había salvado. La anciana nunca le ocultó su historia y ella, en el fondo de su corazón, no podía perdonar a sus padres el gran daño que le habían hecho.

De repente, un fuerte estruendo se sintió en la lejanía que hizo que Brígida se sobresaltara. Su corazón intuía que algo no marchaba bien. Se quedó un rato mirando hacia uno de los lados como en trance y con los ojos abiertos de par en par. Entonces, se acordó de Nana, a sus noventa años de edad no coordinaba como tiempo atrás, pensó que podría estar en peligro. Quizás fueran bandoleros o contrabandistas… La pequeña que continuaba de cuclillas, se incorporó de inmediato, tiró las flores que quedaron todas esparcidas por el campo y echó a correr hacia la cabaña de Hortensia. El pecho le palpitaba más fuerte que nunca.- ¡Nana! ¡Nana!...- gritaba a la par que corría.- ¡Nana!...

Cuando por fin llegó, Brígida se sorprendió al ver tres caballos apeados cerca de la choza de la bruja y con caras monturas sobre sus lomos. La puerta de la entrada la habían derribado y había quedado hecha trizas. Asustada, la niña se escondió detrás del grueso tronco de un carvallo para espiar sin ser vista. Fue entonces cuando de la casa salieron dos soldados y apresando, uno por cada lado a Hortensia que prácticamente no se podía poner en pie.

- ¡Caminad “hereje” subid a ese caballo!- Le ordenaba a la anciana uno de los hombres.
- Pronto recibiréis lo que os merecéis, vieja mal oliente.- Le recriminaba acto seguido el otro.

Los soldados ataron a la mujer con una soga fuertemente amarrada en pies y manos; pronto, entre los dos la subieron a lomos de uno de los caballos que iba sin ensillar. Los hombres, manejaban a la mujer como si estuvieran manipulando un gran saco de harina. Después de dejar a la anciana bien apresada, como almas que lleva el diablo, desaparecieron galopando a través de la fronda del bosque en dirección norte.

Brígida tragó saliva y con los ojos henchíos en lágrimas, avanzó hasta la cabaña. Estaba confusa y temblorosa, ante el temor de encontrarse a alguien más allí dentro. Pero por suerte, no quedaba nadie.

El interior de la casa estaba patas arriba, parecía como si un ciclón se hubiera colado por una de las celosías de los dos únicos ventanucos que poseía la cabaña, uno a cada lado de la puerta, en la fachada principal. Cuencos, tarros, utensilios variopintos y pergaminos escritos por Hortensia con antiguas recetas de pociones, ungüentos y elixires; yacían esparcidos por el suelo. Marlon, el gato negro, salió de un hueco de debajo de la gran mesa de madera que, ahora, imperaba el centro de la estancia, totalmente volcada y con la palabra “bruja” escrita al carbón piedra sobre su tablero carcomido.

La niña cogió a Marlon en brazos y sin pensárselo dos veces corrió en busca de Hortensia. Tenían que habérsela llevado a alguna parte, a algún sitio concreto. Durante todos los años que Brígida, había estado conviviendo con la anciana, hasta el lugar se habían acercado algunas personas en busca de los poderes de la vieja. Todas aquellas gentes decían provenir de las cercanas villas de Pontedeume o de Betanzos; y a una u otra, sabía que debía acudir en busca de su Nana. Pero necesitaba un caballo, era un viaje muy largo para realizarlo a pié, sobre todo para una niña de tan sólo diez años… - ¿Cómo voy a rescatar a Nana, Marlon? Pronto entrará la estación de invierno y ya se nota el frío en el rostro…

Entonces, Brígida se acordó del ermitaño del que le había escuchado hablar a Hortensia y que habitaba en lo más recóndito de las Fraguas del Eume. La anciana, decía que el joven, tenía fama de sabio y bueno. Por eso, la niña pensó que siguiendo el transcurso del río podría llegar hasta él y solicitar su ayuda para encontrar a su mentora.

Brígida no esperó más tiempo y seguida del fiel gato Marlon, salió desesperada en busca de la ayuda del mago Taranis.
La pequeña caminó descalza durante horas bordeando la ribera del río, siguiendo su transcurso. Entrada la tarde, la luz natural todavía era bastante buena. El único inconveniente era que la tierra y el campo estaban demasiado húmedos de llover abundantemente durante los últimos días. Pero Brígida, siempre había sido una niña muy sana. En diez años, jamás había enfermado. Ni un dolor, ni una tos, ni una fiebre; nada. Lo mismo le sucedía a Hortensia a pesar de su avanzada edad, algo extraño, dado a que no era normal ser tan longevo en aquella época de pandemias varias.

Al llegar a uno de los remansos del río, a Brígida, le entraron ganas de bañarse. Dejó la capa colgada de un arbusto y se metió en el agua impulsivamente con su vestido blanco. El gato Marlon, sentado, la observaba fijamente con sus ojos amarillos desde la orilla. – Venga, Marlon; no me mires así. Tengo que aprovechar el último baño en el río antes de que llegue el invierno, luego no hay quien se meta en el agua de lo helada que está. Además brilla el sol.

Pero de repente, el tranquilo baño de la niña fue turbado. Como salidos de la Nada, en el lugar irrumpieron tres niños orejones y delgaduchos, uno rubio y dos morenos, con edades comprendidas entre los ocho y doce años. – Vaya, vaya… Mirad a quién tenemos aquí.- Dijo uno señalando a Brígida, luego prosiguió.- ¿Tú no serás la niña salvaje de la que hablan algunos en la aldea?

- ¡No sé de qué me hablas! Además. Si lo fuese, ¡a ti qué te importa!- Le contestó Brígida al niño. Marlon, estaba totalmente erizado y ululaba maullidos sin cesar como queriendo defenderla.

- ¿Cómo te atreves a hablarle así a un hombre?- Dijo el rubio y más mayor de los muchachos.

- ¿Hombre? Yo no veo hombres aquí, sólo un trío de niñatos feos y mal criados.

- ¿Ah, sí?, ¡te vas a enterar petarda!- Contestó amenazante y ofendido el primero, que cogió una piedra y se la lanzó a Brígida con la intención de darle en la cabeza. La puntería le falló al primer intento, al segundo, al tercero, al cuarto.- ¡Qué malo eres! ¿Qué te pasa? ¡Hoy no das ni una!- Le decían los otros dos.

Viendo que no conseguía darle a la niña, probó suerte con el gato, pero siguió sin poder ajustar la puntería. – No lo entiendo, parece cosa de brujas…
- ¡Anda déjalo ya!- Le convenció el rubio.

Y al final por aburrimiento y ante las fuertes carcajadas de Brígida burlándose de ellos, los tres se marcharon, no sin antes hacer una fechoría: robarle la capa a la niña.- ¡Eh! ¡Dejad mi capa en el arbusto! ¡Volved!- Gritaba enfadada al verles escaparse corriendo.- ¡Malditos seáis por siempre! ¡Malditos!...

Brígida tuvo que esperar secándose al sol antes de emprender nuevamente el camino en busca de Taranis, el hechicero ermitaño. Cavilaba y se preguntaba cómo sería él, si sería cierto que existía, si realmente lo encontraría, si la recibiría bien o mal y sobre todo si la ayudaría a encontrar a Hortensia… - Vamos Marlon, el camino es largo y pronto oscurecerá, además, ya no tengo la capa para protegerme del frío…

En ese mismo instante en el que Brígida se puso en pié; en uno de los más recónditos lugares de las Fraguas del Eume, un joven hombre de complexión fuerte, ojos verdes y largo cabello lacio y negro como el azabache; soltaba de golpe su caña de pescar. Taranis, el brujo, tuvo una visión en la que vislumbraba a una preciosa niña de pelo marrón oscuro, ojos azules, y vestida con ropajes claros. La niña caminaba descalza; sorteando malezas y grandes helechos; por el sendero que bordeaba la ribera del río.

Un sentimiento de súper protección ante un inminente peligro invadió el corazón del ermitaño que emitió un singular silbido y Cova, su fiel loba albina, corrió en busca de la pequeña enviada por su amo ante el temor de que los salvajes y peligrosos jabalíes, pudieran provocar alguna desgracia irremediable.
Brígida estaba más cerca de la casa de Taranis de lo que realmente creía…
Brígida se detuvo en seco. Muy cerca, a escasos centímetros de su posición, tras unos matorrales parecía esconderse algo o alguien que no paraba de moverse alborotando las hojas de las ramas. - Esto no me gusta, Marlon.- Dijo en voz baja ella.

La niña intentó pasar desapercibida cruzando por delante, de puntillas e intentando no hacer el menor ruido. Y cuando creía que ya había sorteado cualquier riesgo, unos fuertes ronquidos tras su espalda provocaron que se le erizara la nuca y helara el corazón que junto con la respiración, se le aceleró más que nunca. Marlon, asustado huyó despavorido nada más ver aparecer al feroz animal y fue directo hasta el tronco del árbol más cercano por el cual trepó para salvaguardarse. Tras la pequeña, que no era capaz de dar un paso, retozaba furioso un enorme jabalí de color grisáceo y colmillos afilados.- Este es el fin…- Pensó Brígida para sí misma. Cerró los ojos y apretó fuertemente sus párpados intuyendo el peor de los desenlaces.

Pero Cova, la loba blanca de las fraguas, llegó justo a tiempo para abalanzarse sobre el violento animal hasta derribarlo e hincarle un mortal mordisco que dejó al puerco inconsciente en el acto, mientras se desangraba y agonizaba sobre la hierba.

Brígida alertada por los chillidos del jabalí y los gruñidos de Cova, a la que no había visto entrar en acción; abrió los ojos y se volvió al no sentirse atacada por ningún animal. ¡Vaya!...- Exclamó asombrada.- Jamás había visto un lobo tan blanco con unos ojos tan azules y cristalinos como los de ella.- ¿Quién eres? – Le preguntó. La loba mansa se acercó a la niña e hizo un gesto con su hocico en la punta de los dedos de la mano derecha de Brígida para que ésta la acariciase en la cabeza. Cova movía el rabo contenta y mordiéndole muy suavemente sus faldas, tiró de ella para indicarle la ruta que debía tomar en su compañía.

La muchacha no comprendía por qué el animal se empeñaba en acompañarla, pero no le vendría mal su ayuda, puesto que le había demostrado que era una buena protección para enfrentarse a los mil y un peligros que encerraba el bosque, sobre todo en la noche; así que hizo bajar a Marlon de la rama del árbol al que se había subido y embobada por la belleza de la loba, la obedeció y la siguió sin rechistar.- Espero que me lleves por buen camino, amiga…

Por fin se hizo la noche envolviendo las copas de los árboles de la fragua como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en lo alto haciendo del firmamento un hermosos espectáculo; y las luciérnagas iluminaban con la magia de su luz el pedregoso camino, hasta llegar a un largo puente colgante de tronquitos de madera que cruzaba el Río Eume de uno a otro lado. - ¿No creerás que vamos a cruzar por ahí?- Apuntó Brígida a la loba que insistía en avanzar por allí.- No te ofendas, pero hay demasiada altura, está muy oscuro y no me atrevo.

- ¡Cruzad, no os pasará nada! Todos estáis bajo mi protección.- Se escuchó una voz de varón que provenía desde la otra orilla.

Brígida comprendió. Aquella era la voz de Taranis. La loba la había llevado hasta él. Por fin le había encontrado y la satisfacción de haber dado con el famoso ermitaño la hizo cruzar el puente colgante con paso ligero y sin pensárselo dos veces. El hechicero la esperaba portando una antorcha. Ella se abrazó a su cintura y rompió a llorar con desconsuelo, pero éste se apartó, era un hombre frío y solitario.

- Cálmate Brígida, no llores más y sígueme…

- ¿Cómo sabes mi nombre?

- Yo lo sé todo de todo el mundo.

- ¿Y cómo es que no tienes el pelo blanco?, pensaba que los ermitaños eran todos ancianos…

- Pues ya ves que no…

- Pero entonces, ¿cuántos años tienes? ¿Veinticinco tal vez?

- Llevo en las fraguas desde que tenía más o menos tu edad, me quedé huérfano. Mis padres eran mi única familia, por eso, al quedarme solo me mudé a este lar. Desde entonces habrá pasado poco más de una década. Haces demasiadas preguntas, ¿no crees Brígida, diosa celta?

- ¿Cómo sabes que mi nombre es el de una diosa celta? No me lo digas, lo sabes “todo de todos”…

- Taranis, también fue un dios guerrero celta, dios de la noche, señor de los árboles; representaba el ruido, la destrucción y la fuerza sobre natural de las tormentas.

- A mí Brígida me lo puso mi Nana. ¿A ti te lo pusieron tus padres?

- Sí, mi padre fue mercader, murió en un naufragio y mi madre se volvió loca por ello. Se quitó la vida ahorcándose de una viga de madera. Nana… ¿es la bruja Hortensia?

La niña asintió con la cabeza dibujándose en su rostro una expresión de tristeza. – Ella es mi única familia, la que ha cuidado de mí hasta ahora, fui abandonada bajo los pies de un gran arce.

Taranis conmovido intentó animarla.- Pues tu nombre es el nombre de la diosa con más entidad de la mitología celta. Su nombre significa “la poderosa”; señora de la poesía, de la adivinación y de la sabiduría… Encontraremos a Hortensia, no te preocupes. Mañana, antes del amanecer partiremos en su busca…

- ¿Es que tienes alguna idea de dónde puede estar? Dos hombres la apresaron ayer poco después del amanecer y no sé qué ha sido de ella.
- Ya te dije que lo sabía todo de todos. Sé donde la tienen. Intentaremos liberarla de la mazmorra en la que la han encerrado y mis labores para ti habrán terminado, ¿de acuerdo?

- Y la loba blanca, ¿es tuya?

- Sí, su nombre es Cova. Un cazador mató a su madre y yo me la encontré cuando sólo era un cachorro. Desde entonces no se separa de mi lado. ¿Alguna pregunta más?

- ¿Es verdad que sabes hacer magia? y ¿cómo es que conoces todas esas cosas sobre mitología celta?

- Anda, entra en mi humilde casa y lo descubrirás…
Taranis, le cedió el paso a la pequeña Brígida para que caminara delante de él y accediera primero al interior de su morada. El hombre. Vivía en una austera casa de piedra con tejado de madera, situada justo al borde de un estrecho camino de herradura; luego, colocó la antorcha en el candelero de hierro con forma de araña que sobresalía de la fachada a uno de los lados de la entrada principal. El ermitaño entró dentro y cerró la puerta con pestillo.

Un bonito candelabro de pié de forja, que portaba un gran velón, iluminaba el interior de la estancia común. En la chimenea de piedra labrada, un caldero lleno de lo que parecía sopa hirviendo, se calentaba sobre el fuego que estaba encendido y caldeaba el ambiente. Había también, una mesa pequeña de madera cuadrada puesta casi en el centro, bajo la que se encontraba una única banqueta redonda de tres patas. Una vieja alacena con los estantes cedidos por el peso de infinidad de tarros de cristal y vasijas de barro. Y un humilde camastro para dormir. Pero lo que más llamó la atención de la niña fue una extraña trampilla que había sobre el suelo, justo en el centro de la estancia.

- ¿Qué hay ahí?- Le preguntó la niña al mago.

- ¿Te gustaría verlo?

- ¡Claro!

Taranis encendió la velita de un pequeño candelero y con la otra mano tiró de la argolla que abría la trampilla. Unas maltrechas escaleras de escalones irregulares, comunicaban la habitación superior con el sótano oscuro.- Ven, sígueme y baja con cuidado…- Le sugirió el ermitaño a la muchacha. Cuando por fin llegaron abajo, Brígida no podía creer lo que tenía ante sus ojos… Una inmensa biblioteca con estanterías a rebosar de toda clase de libros, pergaminos, mapas y documentos escritos forraban las paredes de la gruta.

- ¡Esto es increíble, Taranis!- Exclamó ella.- ¿Lo has hecho tú?...
- Sí. Poco a poco fui recabando todos estos libros. Algunos me los encontré, otro son robados y los demás los escribí yo. Muchos son recetarios.

- Ahora entiendo que digas que lo sabes todo de todos.

- Me gusta leer, estudiar…

- Nana me enseñó a leer, ella no sé cómo aprendió, el caso es que me enseñó; pero en su cabaña no había ni la mitad de todos los que hay aquí. La mayoría eran pergaminos de recetarios, como tú dices, y libros de hechizos…- En el rostro de la niña se volvió a dibujar una expresión de tremenda tristeza.

- No desesperes, Brígida. Mañana encontraremos a Hortensia. Será mejor que subamos y te acuestes en mi camastro. Al alba partiremos hacia el castillo del Conde de Andrade, la liberaremos de su celda y todo habrá terminado.

- Pero si me acuesto en tu lecho, ¿tú dónde dormirás?

- No te preocupes por mí, estaré bien. Echaré una manta en el suelo.

La niña se dejó caer sobre las míseras mantas de la humilde cama del ermitaño y cerró los ojos dejando escapar unas tenues lágrimas. Cova, la loba albina, se subió junto a ella y se tumbó acurrucada a sus pies. Taranis, sopló las velas y se echó en el suelo, sobre una manta al calor de las brasas de la chimenea.
La noche transcurrió tan rápida como una estrella fugaz, cruzando el firmamento. Cuando se quisieron dar cuenta, la niña y el ermitaño, debían de prepararse eminentemente para partir lo antes posible…

Marlon, el gato negro y Cova, la loba blanca; se quedaron guardando y vigilando la morada del mago Taranis. Brígida y él, se pusieron en camino con los primeros rayos dorados del sol al amanecer. Montados los dos sobre la grupa de un robusto caballo negro que tenía un lucero blanco dibujado en la mitad de su frente. El equino, relinchaba furioso, cada vez que el ermitaño pronunciaba su nombre en voz alta, Trasno. Galopando sin detenerse, atravesaron el frondoso bosque de las fraguas, en busca de la anciana bruja, Hortensia. La niña iba delante agarrada de las oscuras y rizadas crines de Trasno. El mago que sostenía las riendas, con sus fuertes y torneados brazos, rodeaba la cinturilla de la pequeña para que no se precipitara al suelo. El viaje duró casi tres horas y a mitad de la mañana, llegaron a las inmediaciones del castillo del Conde de Andrade.

La fortaleza, situada en lo alto de un monte; estaba vigilada por impertérritos soldados y parecía infranqueable. Taranis y Brígida desmontaron del caballo con cuidado de hacer ruido y se acercaron agazapados y con sigilo. No podían ser descubiertos por los atentos milicianos que rondaban de guardia en sus puestos. Entonces, el ermitaño, antes de seguir, se detuvo de repente, agarró a la niña de la mano apretándola muy fuerte y pronunció tres palabras en latín… “abolesco… aedicula… êmergô”. Fue visto y no visto, de estar fuera a estar dentro. Aparecieron mágicamente al otro lado de los muros de la fortaleza, concretamente en los corredores subterráneos que conducían a las famosas mazmorras.


- ¿Cómo has hecho eso?- Le preguntó asombrada la niña.

- No es difícil, ¿tu Nana no lo hacía?

- Yo al menos nunca se lo he visto hacer…

- Sólo necesitas un poco de concentración, confianza en ti misma y decir las palabras clave...

- Dudo que yo consiga hacer algo parecido, sólo aprendí a elaborar algún ungüento, infusiones, medicinas naturales y cosas de esas, lo normal…

- ¿Lo normal? ¿Piensas que la magia no es normal? ¿Acaso no crees en ella? Todo está nuestra mente, Brígida

- Bueno, sí…; pero es que yo…

Taranis la interrumpió y no dejó que la muchachilla terminara la frase. Volvió a repetir en voz alta, un par de palabras en latín “dedisco… omnis…” que hicieron que la mente de Brígida olvidase para siempre, sólo lo vivido cinco minutos antes. Al momento, tres segundos se quedó cataléptica y vuelta en sí, exclamó impacientemente - ¡Rápido, Taranis!, ¿qué haces ahí parado como un pasmarote? ¡Tenemos que encontrar a mi Nana, urgentemente!..

El sonido de unos pasos firmes, se escuchaban aproximarse a través del frío y oscuro corredor. Y la niña que tiraba del brazo del hechicero para hacerle avanzar, cuando miró hacia atrás, descubrió que estaba tirando de otra persona, un hombre con otro rostro y otra indumentaria diferente. Taranis, se había transformado con otro de sus hechizos mágicos en un soldado. Los pasos que cada vez se escuchaban más cercanos, eran los del mismísimo alcaide del castillo y jefe de la milicia.- ¡Eh tú, soldado!- Chilló exaltado.- ¿Qué hace aquí esta mocosa? ¿Es que no sabes que está prohibido el acceso de los niños a los calabozos?

- Sí, señor alcaide; no sé cómo habrá podido franquear la puerta…

- No te he visto nunca por aquí, ¿eres nuevo?- Le preguntó el hombre de complexión fuerte y poblada barba.

- Sí, señor alcaide; me enviaron de la fortaleza que el señor conde posee en la Villa de Moeche…- Improvisó, el mago, para evitar ser descubierto.

- Pues echa a la muchacha de aquí de una santa vez, ¡deprisa!…

- Señor alcaide, ya mismo la iba a echar de estas dependencias; pero la niña dice venir desde muy lejanas tierras en busca de esa anciana que apresasteis ayer al alba, por lo visto es un miembro de su familia y está muy angustiada por ella…

- ¿Familia? No había constancia de que esa zorra tuviera familia… ¿Tú también practicas la brujería, niñata?

- No, señor…- Le contestó Brígida asustada.

- ¡Pues llegas tarde!- Musitó el alcaide, escupiéndole perdigones de saliva al hablar en su cara.- A esa vieja bruja, los verdugos le están dando su merecido en la sala de torturas. Ayer mismo se dictó sentencia y se la condenó por blasfema y hereje.

El alcaide pasó de largo con aire chulesco y mirando por encima del hombro; cuando desapareció del lugar, Taranis volvió a recobrar su forma habitual.

- ¿Qué le estarán haciendo, Taranis? ¡Vamos a esa sala! Busquémosla, quizás estemos a tiempo de liberarla…


El ermitaño hechicero se quedó unos segundos en blanco y después apuntó.- Será mejor que nos vayamos, Brígida…- Él, sabía que habían llegado demasiado tarde…

- ¡No, yo no me voy!- Contestó negándose con rotundidad ella.- Si es necesario la encontraré sola, no necesito la compañía de un mago que se caga de miedo.- Y la niña, enrabietada y desesperada, echó a correr en busca de Hortensia, a la que halló, desgraciadamente, justo al doblar una esquina…


De una de las estancias carcelarias, provenían unos ahogados gritos de mujer mayor, que pedían auxilio y que transmitían total y absoluta humillación. Dentro, a cara descubierta, los dos verdugos encargados de torturarla, disfrutaban diciéndole y haciéndole perrerías de toda índole a la mujer; antes de comenzar con la pena impuesta por el cardenal.


Crispín y Aurelio, brindaban chocando sus sucios cálices de latón repletos de vino fermentado, totalmente borrachos. – Te vamos a mandar directamente al infierno, jodida hija de puta.- Le decía Crispín, un hombre más bien feo, estrábico, bajito, calvo y gordo.
- ¡Eso marrana!- Exclamaba Aurelio; el verdugo de complexión más fuerte, narigón y chepado; mientras animaba a su compañero.


Brígida, muy temblorosa, con los vellos de punta y el corazón en un puño; se acercó a los barrotes de la enrejada puerta de hierro de sala de torturas, donde aquellos desgraciados se lo estaban pasando en grande y disfrutando de su labor. Lo que allí vio, la niña, jamás podría borrarlo ya de sus retinas…


- ¡Eh, Aurelio!; ¿te has fijado en su coño?

- ¡Sí, parece una ciruela arrugada!

- ¿Igual la vieja es virgen?

- ¡Pues vamos a averiguarlo! Je, je, je…

Hortensia, totalmente desnuda y colgada boca abajo de una traviesa que había en el techo, a la que ataron por los pies como si fuera un trozo de carne; con las piernas abiertas era violada por el ano y la vagina al mismo tiempo con unos gruesos y astillados palos de madera que manipulaban muy contentos, uno cada uno, los martirizadores.

Los berridos desgarradores de la mujer, eran tan fuertes e intensos que hacían que se le encogiese el corazón y helase el alma a todo aquel que los escuchase. Después de masturbarla contra su voluntad y una vez que se cercioraron de que la sangre, de estar colgada boca abajo, le había llegado al cerebro; procedieron a serrarla por la mitad de su tronco, empezando por los genitales. Los gritos se elevaron de tono más todavía, eran tan ensordecedores que ni ruido del trueno más estrepitoso, se hubiera podido oír…

Brígida, envuelta en un océano de lágrimas, se abrió a vómitos ante la dantesca imagen y a Taranis, no le quedó otra opción que sacarla de allí. La abrazó por detrás contra su pecho y la levantó en peso. La niña se negaba a abandonar el lugar- ¡Suéltame, déjame en paz!- Le recriminó, mientras guerreaba y pataleaba.


- “abolesco… aedicula… êmergô”.


Trasno, les aguardaba apeado al lado de la mitad de un tronco caído y bajo la sombra de un castaño. - ¡Suéltame, que me dejes, te digo!- Seguía quejándose Brígida, que no podía parar de llorar y pegar pequeños puñetazos contra Taranis.

El mago quiso recitar el hechizo para hacer que la niña se olvidara de todo, pero ella no se lo consintió ni se lo permitió, desconcentrándole con sus chillidos.- ¡No, Taranis!, ¡no lo hagas! Sé que antes hechizaste, algo que no puedo explicar porque es como un recuerdo confuso, todo me arecía una especie de sueño, pero ahora, lo que acabo de ver me ha abierto demasiado los ojos… Me vengaré, vengaré la muerte de Hortensia y a ti… ¡A ti no te quiero volver a ver jamás en toda mi vida!, ¿te enteras? Eres un mago nefasto… Tenía todas mis esperanzas puestas en ti, en tu sabiduría, en tus artes… Ahora, me he quedado totalmente sola. Ya no me queda a nadie. No me ayudaste, Taranis…

- Yo no sé resucitar a un muerto, Brígida. Si supiera, sin más dilación, hubiera entrado en esa sala, la hubiera liberado y dado una buena lección a ese par de imbéciles asesinos sin escrúpulos…

- Pues si no sabes resucitar a un muerto, ¿qué clase de mago se supone que eres?...- Brígida negó con la cabeza y se marchó caminando cabizbaja por el bosque. Volvía a la cabaña de Hortensia, su único hogar.

- Por favor, Brígida; no te vayas así…- Le suplicó él.
Pero la niña, siguió avanzando sin retroceder un paso, sin echar la vista a atrás...
Pasaron un par de semanas, cuando una tarde, Taranis se armó de valor y decidió ir a visitar a la pequeña Brígida al corazón de los bosques de Irixoa. Él, estaba sumamente preocupado ella, por su salud, por su vida; a fin de cuentas, tan sólo se trataba de una niña. Además, le llevaba alimentos y al único vestigio vivo que le quedaba de Hortensia, su gato Marlon...
Cuando llegó a la cabaña, el mago llamó a la maltrecha puerta arqueada con tres golpes secos; pero Brígida, aunque estaba dentro, no le abrió.- ¿Qué es lo que quieres? – Se escuchó su voz, malhumorada, desde el otro lado.

- Vine a traerte a Marlon ¿es que, acaso, ya te has olvidado de él? A Hortensia le hubiera gustado que lo cuidases tú y no yo; además, en mi casa no hacía otra cosa que maullarle a la luna por las noches. Contigo estará mejor que conmigo…

- Pues si sólo has venido a eso, deja al gato y márchate.

Taranis suspiró y musitó.- Bueno, también vine a traerte algo de comida… Es un poco de pan y un par de truchas frescas que pesqué esta mañana en el río.

- ¿Piensas que no sé subsistir yo sola? No soy una inútil, Taranis…

- Brígida, por favor, ábreme la puerta; sabes perfectamente que aunque no lo hagas puedo entrar de igual modo.

- Ya lo sé, pero no te consiento que pongas un solo pié dentro de mi morada. Te juro que como entres en la cabaña, te golpearé fuertemente en la cabeza con una azada, así que ni se te ocurra hacerlo. Creo que ya te dije que no te quería volver a ver jamás; además hoy no me encuentro bien. Así que vete ya, ¡pesado!

Taranis, dejó el hatillo en el que portaba los alimentos, apoyado a la pared, en uno de los lados de la puerta. Antes de marcharse definitivamente del lugar, el ermitaño, mosqueado ante la insistencia de Brígida para que no entrase en la cabaña; se concentró, meditó y comprendió… La niña, se había hecho mujer aquella misma tarde; no hacía ni un par de horas, que le había bajado su primera menstruación. Atrás quedaba la niñez, su truncada infancia… Y el hechicero de las fraguas desapareció.