domingo, 2 de mayo de 2010

Tres Lolitas. Capítulo 24 "El Sepelio de Cristal II parte"


A Gerard se le hizo un nudo en el estómago al ver alejarse a la monja por el lúgubre corredor en adelante.

Recuerdo que Lili y yo, ya estábamos terminando el desayuno que las hermanas cariñosamente nos habían preparado, cuando de repente apareció Sor Mercedes en mitad del comedor, notablemente emocionada. Mi sexto sentido percibía algo que no sabía descifrar con exactitud. Mi corazón notaba acelerado que se acercaba una cosa inesperada, un suceso que marcaría el principio de una nueva etapa en nuestra vida. Una noticia que nos cernía tanto a mí como a mi hermana. Observé queda y seriamente a la monja sin quitarle los ojos de encima, no fui capaz de desviar de ella mi mirada ni tan sólo una décima de segundo. 

Sor Mercedes se acercó hasta la silla trono donde estaba sentada a la mesa, la Madre Superiora.  Entonces, la monja se agachó con cuidado para susurrarle unas palabras imperceptibles al oído. Aquella  acción me hizo sospechar más si cabe y mirarlas a las dos con determinación, mientras fruncía el ceño sin darme cuenta.  Mi mente maquinaba sola...

– Se está haciendo demasiado tarde.- Espetó levantándose de la mesa la Madre Superiora notablemente sobresaltada.- Es mejor que vayáis terminando de desayunar, niñas. A las once comienza el funeral por vuestra hermana. El padre Benito ya lo tendrá todo dispuesto para oficiarlo, así que deberíais id yendo a la capilla.  

-          ¿Es que usted no va a venir, Madre?- Pregunté con la única intención de escudriñar qué era lo que nos ocultaba. Sabía que su mirada escondía algo que era de nuestra incumbencia.

-          Yo, antes debo de ocuparme de un asunto, id antes vosotros…- Contestó con el rostro visiblemente desencajado y compungido.

La hermana Sor Isabel no se despegó de mí en toda la mañana desde que llegué al convento. Me había echado mucho de menos y yo a ella también. En seis años se habían sucedido un sinfín de cosas, quizás demasiadas. - Jamás me hubiera imaginado este final para Cristal.- Me dijo mientras caminábamos cogidas del brazo.

El convento seguía igual de vetusto que antaño, envolviéndolo todo con su olor a madera vieja y humedad. A cada inhalación de aire, se me venía un recuerdo diferente de nuestra infancia entre aquellas paredes. Flash Backs que me devolvían a mi hermana de entre las sombras, dedicándome una sonrisa o una carcajada voraz. Recuerdos de cuando trasteábamos por el lugar, poniéndolo todo patas arriba. Aquellos  nervios  y miedo que sufríamos encantadas, cuando entrábamos en las cocinas para robar el chocolate casero que las monjas fabricaban y después, nos escondíamos en la despensa, para comerlo mientras nos descojonábamos de risa. Los días de colegio cuchicheando en clase, inflando de notitas de amor, al compañero de pupitre más guapo. Y cómo odiábamos las tres el serio uniforme escolar, con  la dichosa faldita de cuadros y tablillas.  Hasta que cumplimos los catorce años, que nos subíamos la dichosa faldita por encima de las rodillas y la Madre Superiora nos regañaba por ello... Sobre todo a Lili que de las tres, era la más provocativa porque se la ponía casi de cinturón…

-          Estaba enganchada a las drogas, Isabel. En parte era de esperar…- Le dije emergiendo de tantos recuerdos fugaces que hicieron humedecer mis ojos y quebrar mi voz.

-          Habéis vivido muy rápido en muy poco tiempo, ese sueño de Lili… ¿no crees que ha sido eso? Tal vez,  si no hubierais empezado nunca con las 3 LOLITAS, ahora Cristal estaría viva…- Apuntó Sor Isabel.

-          Hermana, yo creo que hubiera caído igual. Puede que hubiera llegado de otro modo, pero a fin de cuentas hubiera caído en el foso… Lo de Carlos y la brasileña le marcó mucho, por no hablar de su último romance. Una relación complicada con un hombre casado que la acababa de dejar. A lo que obviamente habría que sumar lo de la monja “Nariz de Pimiento” y el empujón que le pegó a posta...

-          ¿Quién, Alma? ¿Qué empujón?

No me había dado cuenta de lo que acababa de soltar por mi boquita de piñón y me mordí los labios con desesperación. Mi cara era una mezcla de sorpresa y preocupación.  Mi rostro era todo un poema. Intenté hacerme  la sueca, la acababa de cagar. Así que le solté casi al momento.- Nadie… no dije nada. ¿Qué dije? ¿Qué empujón?

-          Has dicho lo de la monja “Nariz de pimiento” y el empujón que le pegó a posta… ¿Tu hermana empujó a una monja? No será esa la monja esa que se mató en las escaleras, ¿verdad?…

Me quedé callada durante unos segundos. Dicen que el calla, otorga...-          ¿Sabes lo de esa monja?

- Algo...- contestó ella. 


- Yo… Olvídalo Isabel, no es nada… Además tú no la llegaste a conocer a esa mujer. De aquella  creo que ni tan siquiera, pensabas en ser monja. Además, no me  apetece hablar más del tema… Las dos están muertas, ya no se solucionaría nada…

-          De acuerdo, como quieras, no te forzaré a hablar del tema si no quieres… Pero, ¿estás bien, Alma?

-          Sí, estoy bien, de verdad…

-          Pues, ¿sabes una cosa? De niña siempre quise ser religiosa, pero ahora… - Sor Isabel dejó la frase inacabada y su mirada se desvió hacia el suelo perdiéndose entre los dibujos de las baldosas.

-           ¿Pero ahora?...- le insté a que continuara, ansiosa por saber.

-          Ahora no estoy tan segura de ello...- Me confesó ante mi cara de asombro.

-          ¿Por qué? ¿Te has enamorado de un hombre?

Sor Isabel dejó escapar una sonrisilla.- Todavía no, pero me gustaría… No sé cómo llegó a mí éste sentimiento, pero verás… Un día,  una vez que os emancipasteis; me encontré un libro de Marx en uno de los cajones de vuestro dormitorio. Debía de ser de cuando estudiabais filosofía…
-          ¿Y? Sabes que yo no creo de la misma forma que creéis los católicos, pero no por ello me gusta Marx, de hecho no me gusta nada su ideología, exceptuando algunos razonamientos, claro...

-          A mí sí, Alma. Y voy a colgar los hábitos, está más que decidido. Lo de Cristal ya me ha hecho dar el paso definitivo. Mañana mismo lo dejo todo, tengo veintinueve años y toda una vida por delante. Quiero trabajar, llevar una vida normal, salir de fiesta,  conocer gente, viajar, enamorarme, follar…

-          ¡Isabel!- Exclamé.

-          ¡Por favor, Alma! ¿Te asustas tú?

-          No...

Se hizo un gran silencio entre nosotras, mientras nos mirábamos fijamente a los ojos… Entonces, nos rompimos los huesos de la risa. Las carcajadas resonaban por todo el convento. Lili que caminaba más adelantada, se volvió para mirarnos recelosa, con la boca abierta por el énfasis de nuestras risas y frenó en seco. – Pero, ¿qué os pasa? Yo también me quiero reír.

-          Isabel dice que cuelga los hábitos mañana, porque quiere follar ¿Cómo te quedas? –Musité rompiéndome nuevamente de risa.

-          ¿Estáis de coña?- Preguntó mi hermana en tono serio y arqueando una ceja, como ella solía hacer, mientras que se le dibujaba una sonrisa traviesa en los labios.

-          ¿No te lo crees?- Le preguntó Sor Isabel en un tono burlesco.

-          Bueno.- Comenzó en el mismo tono.- Siempre te he visto demasiado joven para entregar tu vida al Señor y demasiado cachonda para vestir de sotana… Creo que en el fondo me olía que tú, a pesar de mucho cantar el “alabaré”, lo que te gustaba más era “el mambo”.

“Ja, ja, ja”… Risas, carcajadas, risotadas, risadas, descojone padre. A Cristal le hubiera gustado escucharnos y unirse al risoteo;  quizás, desde donde quiera que estuviera, nos acompañaba.  Así empezó su funeral, pero al pisar la capilla y toparnos con su urna funeraria, cesaron las alegrías de golpe y volvimos a la realidad del momento…



La Madre Superiora se acercó a Gerard. Éste se presentó con timidez. La monja no podía creer lo que veía. Probablemente las chicas querrían hacerse las pruebas de paternidad como era obvio, pero el parecido físico que aquel hombre guardaba con Alma, la dejaron sin palabras. No sabía cómo explicarle lo de la muerte de Cristal y que en diez minutos se daría una misa por ella.  No las había criado, pero al fin y al cabo, era su padre.- Gerard Florit, acompáñeme usted a la Capilla. Entenderá por qué están aquí sus hijas. Sé que ha venido en busca de respuestas desde muy lejos, supongo que se habrá enterado de su paternidad por los medios. Aunque no sé qué es lo que le ha empujado a buscarlas ahora, después de tantos años sin hacerlo…- Terminó seria.

-          No sabía que era padre…  Sólo pasé una noche con su madre, no la volví a ver jamás. No le dejé contacto alguno y sé que fui un cabrón.

Sor Mercedes dio un respingo y dijo.- ¡Por el amor del Señor! No, no, no diga usted eso buen hombre. ¿Qué sabía? Dios es bondadoso y perdona todos los pecados…

-          No creo en Dios, hermana.

-          Pues debería de creer, dado a que fue Él quien le trajo hasta aquí.- Intervino la Madre Superiora.

-          En verdad no me trajo Dios, fue mi madre viendo el canal internacional e Internet.

-          ¿Usted sabe los “Gerard” que habrá en Francia?- Le preguntó la Madre Superiora.

-          Muchos, supongo, pero no con estos ojos verdes, Madre. He viajado mucho a lo largo de toda mi vida y jamás observé mis ojos reflejados en la cara de otra persona hasta que la vi a ella. A mi hija Alma…



La urna con las cenizas de Cristal reposaba sobre un atril con el retrato de una fotografía puesta al lado que había colocado sor Isabel una hora antes, para recordarla durante la solemne ceremonia.

Yo no me encontraba bien; sentí una angustia horrorosa y ganas de vomitar nada más entrar en la capilla. Sólo veía a la monja cayendo escaleras abajo, partiéndose la nuca. La cara de mi hermana encolerizada, yo asustada. Todo me daba vueltas. Me parecía escuchar su voz diciéndome “No dejes que me entierren, Alma…” “Yo lo que quiero es volar con el viento” “Ser libre”… Por un momento pensé que me estaba volviendo loca, pero aquellas frases cogían más fuerza en mi mente…

En el pequeño templo entró un hombre bien parecido, moreno y de pelo largo, parecía afectado por la muerte de Cristal. Acompañaba a la Madre Superiora y a Sor Isabel. No pude evitar observarle, me atraía como el imán atrae al acero. Aquel señor, me miraba con cierto miedo. La capilla era oscura y no podía reparar bien en su rostro, pero había algo especial en él. A medida que se iban acercando, me centelleaban más los ojos. Lili giró la cabeza para interesarse por lo que yo observaba con tanto detenimiento y también fijó sus ojos en él.- ¡Joder, como está el maromo ese!.- Me dijo ella al oído.

-          ¡Lili, podría ser tu padre!.- Le dije yo en voz baja.

-          Sí, claro, sobre todo ese…- Apuntó ella sin ganas.- Además, ¿a ti Robert te saca diez?

-          Pero diez no son veinte…

-          Diez arriba, diez abajo, si el tipo está bien… ¿Qué importancia tiene la edad?...

-          Eso digo yo. –Intervino Mario desde el banco de detrás de nuestra.  

 El padre Benito se dio cuenta que estábamos  desatendiendo las dos a la oratoria y carraspeó fuerte para llamar nuestra atención. Pero fue en ese momento, cuando mi hermana se quedó perpleja al observar que el extraño hombre de coleta, la miró y le apartó la vista de golpe. Fue una sensación de como si ya la conociera de antes… 

Me empecé a marear, sentí un sudor frío caer por mi frente y la vista se me nublaba. Las voces de Cristal no cesaban de resonar en mi cabeza y lo hice.

-          ¡Se acabó!- Grité irrumpiendo la misa. Me acerqué hasta el atril en el que reposaban las cenizas de mi hermana muerta, arramplé con la urna estrechándola fuertemente entre mis brazos y dije.- ¡Mi hermana no se va a enterrar aquí! ¡No me sale de los cojones! Y menos al lado de una monja pederasta, violadora de niñas y con nariz de pimiento.

-          ¡Alma!, ¿pero qué es lo que estás diciendo? ¡No blasfemes más y deja las cenizas de tu hermana!- Me ordenó la Madre Superiora con la mano izquierda sobre el corazón.

Las demás monjas, el párroco, Mario y Lili; se sobrecogieron.

Mi respiración era fuerte. ¿Por qué había dicho aquello de Sor Benedicta? No tenía pruebas que lo demostrasen, pero las voces de mi mente me lo decían. Cristal me lo decía. Y ante la incomprensión del momento y de los asistentes… Eché a correr y me fui de allí con Cristal entre mis brazos.

Fue cuando el hombre de la coleta se levantó de la bancada y corrió tras de mí. Lili también lo hizo.

-          ¡Espera!.- Me gritaba el hombre mientras me alcanzaba, para su edad corría como una gacela.
Me tropecé en el jardín y me caí al suelo de tierra y arenilla. La urna estaba intacta, yo no tanto, me había clavado una piedra  puntiaguda en la rodilla derecha.

-          Me llamo Gerard Florit, anda, deja que te ayude. – Me dijo afligido, a la par que me tendía su mano fuerte.

Entonces con la claridad del día vi a quien tenía en frente. Jamás había visto mis mismos ojos reflejados en el rostro de otra persona. Una sensación de vértigo me recorrió todo el cuerpo y aquel simple gesto me enterneció el corazón olvidando el dolor y la sangre que ya corría por mi pierna.  

-          ¿Papá?

-          Todavía hay que hacerse pruebas… Es probable que lo sea…

 Pestañeé y acto seguido un mar de lágrimas brotaron de mis ojos, bañando mi cara; igual le pasó a mi temblorosa hermana que se había agachado a mi lado, asustada por la caída, para intentar auparme y no daba crédito a lo que nos estaba aconteciendo.  Eran demasiadas emociones fuertes en poco tiempo. La pérdida de Cristal y el encuentro de nuestro padre... 

Mil veces había imaginado un momento como aquel. Un encuentro cara a cara con nuestro padre. Mil veces había deseado tener padres, más familia que mis hermanas. Mil veces le había clamado al cielo poder encontrar una referencia, una identidad. Ya no estábamos solas, tendríamos un apellido y a pesar de que nos rondaban mil cuestiones, de que habían pasado casi un cuarto de siglo sin saber nada de él… Aquella mañana de primeros de marzo del 2004, sentimos que volvimos a nacer…

Las cenizas de mi hermana Cristal al final descansaron a la orilla del mar de la playa de Samil, en la ciudad que nos vio nacer... Así ella lo hubiera querido, así descansaría en paz.

Las pruebas de paternidad nos las hicimos en la misma ciudad de Vigo. Dieron positivas. Gerard Florit era nuestro padre y nosotras sus hijas. Entendimos su situación y no le tuvimos en cuenta la chiquillada de nuestra madre, no era justo que lo pagara él. Porque quizás de haber sabido de nuestro alumbramiento en su momento, ni nosotras hubiéramos sido criadas en un convento, ni nuestra madre hubiera acabado de la trágica forma en que lo hizo. Además no se le veía ni interés material ni le había traído hasta allí nuestra fama, eso cuando debes de saberlo, se sabe.  

Ahora tocaba recuperar el tiempo perdido...



2 comentarios:

  1. Soy de las que opino que el tiempo no se pierde, siemplemente dejamos que pase... recuerda vivir el presente...

    besotes de esta peke.

    pd. te espero por mi rincon con tu taza de cafe, siempre que quieras...

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  2. Pacotrón9.5.10

    Ola, Ra!!!!
    Últimamente costa un pouco navegar polo teu blog. Creo que é polo reprodutor de música. Nós puxéramos un aí atrás e tivemos que retiralo porque a xente se nos queixaba de que dificultaba a leitura e a escritura. Bicasos!!!!!

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