sábado, 24 de abril de 2010

Tres Lolitas. Capítulo 23 "El Sepelio de Cristal I parte"


Gerard estaba nervioso y ansioso al mismo tiempo. Nunca le había gustado mucho viajar en avión. Pero necesitaba buscar respuestas que aliviasen su estado de ánimo, abatido por la pena de ser conocedor de su paternidad a una edad tan tardía. Sentía mil espinas clavadas en lo más profundo de su corazón, una tristeza y una angustia descomunal, indescriptible.  

El hombre, no podía evitar sentirse  culpable por dentro, mala persona. Muy arrepentido, len alquel momento, le hubiera gustado tener un mando con un botón en el centro que al apretarlo se pudiera rebobinar en el tiempo y corregir el error. Haber vuelto a saber que aquella bella muchacha pelirroja, que deambulaba sola por los suburbios de la ciudad de Vigo. 

Seguramente que si Gerard, se hubiera enterado de que la joven se había quedado en estado de buena esperanza, sin duda alguna, la hubiera recogido y se la hubiera llevado con él a Francia. Pero le asustaron los dieciséis años de ésta y teóricamente sólo había sido un polvo de una noche. Además por aquel entonces, él se encontraba de paso en un país que no era el suyo. Era muy grande su remordimiento de conciencia y  para sí mismo se repetía una y otra vez... "Tenía que haberle dejado aunque solo fuera  un número de teléfono al que llamar o  tal vez, una dirección a la que acudir"…

El Boeing 737 procedente del Aeropuerto de Marsella Provenza, aterrizaría en el Aeropuerto de Vigo, a las 09:45 de la mañana. De ahí cogería un taxi para dirigirse al hotel en el que había reservado una habitación simple para pasar el fin de semana. Gerard, volvía a la ciudad en la que había empezado todo y de la que quiso olvidarse por completo para el resto de su vida 
 
Cuando llegó a su alojamiento, confirmó su reserva y se registró en la recepción. Le temblaba ligeramente el pulso al firmar en el libro de registro. Subió a la habitación por las escaleras, necesitaba estirar las piernas. Colocó la sencilla maleta que portaba sobre la cama, la abrió, sacó ropa limpia y se encerró en el cuarto de baño. Se duchó lo más rápido que pudo, se cambió de ropa, se recogió el pelo en una coleta hacia atrás y bajó a desayunar a la cafetería del hotel, un café solo. No le importaba el Jet lag, ya descansaría más tarde… Quería presentarse cuanto antes en el Convento de Santo Domingo. Necesitaba hacerlo, para eso había volado en aquel maldito pájaro de hierro. Así que partió en otro taxi en la dirección que tenía apuntada en un viejo y arrugado papel a la vez que se le iba embotando la mente, no se podía quitar de la cabeza la imagen de Alma, la chica de sus mismos ojos verdes… La voz de Marie, su madre, le resonaba en la cabeza… “¡Es la niña de tus ojos! ¿Es que no lo ves? ¡Es tu hija, estoy segura de ello! ¡Quiero conocer a mi nieta antes de morir! ¡Prométeme que irás en busca de tus hijas!...”
Lili, llamó al convento para dar la noticia del fallecimiento de Cristal, yo no fui capaz. Estaba agotada, había sido un día muy duro para mí. La sábana tapaba su cara cuando bajé a reconocer su cadáver, la impresión que me dio al verla todavía la sentía en mi cuerpo. “¡Dios!, parecía dormida…” 
 
Velamos el cuerpo de mi hermana en un conocido tanatorio de las afueras de la capital, rodeadas de amigos, conocidos y fans que no dudaron en acercarse a darle el último adiós,  hasta última hora de la tarde en que la incineraron. Como no, también había periodistas, éstos nunca faltaban, se apuntaban a un bombardeo.

Las monjas no se podían creer que Cristal hubiera muerto y nos ofrecieron darle sepelio a sus cenizas en su cementerio. Aceptamos como es lógico darle una ceremonia allí, Cristal se removería en su tumba durante los siglos, pero su secreto se lo llevó en ella; partimos nada más que nos entregaron la urna con el polvo en el que había quedado reducida mi hermana; la deportista, la atleta, la que jamás hubiera dado un duro por las drogas… pero la vida gira y lo hace sin parar.

A mí la idea de enterrarla en el pequeño cementerio del convento tampoco  me convencía. Se me venía a la cabeza la monja cayéndose a rolos por las escaleras hasta escuchar el “crack” de su cuello. Se me erizaba el vello de los brazos. Veía la cara de ira de mi hermana mirándome la mía asustada y confusa. Y aunque en lo más profundo de mí sabía que Cristal no quería que la enterrásemos allí, no dije nada, callé aún sabiendo que a cada zarpazo del alma de Cristal en sus cenizas, yo me convulsionaría en ésta vida.

Salimos de Madrid casi a las doce de la noche. Viajamos en el coche de Mario. Él fue quien nos llevó a Vigo a Lili, a la urna funeraria con Cristal dentro y a mí. Deseaba llegar cuanto antes y sentir un abrazo de sor Isabel, mi amiga, mi otra hermana, a la que hacía seis años que no veía sonreír. 
 
Llegamos a Vigo sobre las siete y media de la mañana.
-   Lo siento muchísimo mi niña.- Me dijo ella nada más verme bajar del coche de Mario. La hermana Isabel y yo nos fundimos en un abrazo anhelado y no pudimos reprimir las lágrimas, fue la primera vez que la vi derrumbarse de dolor y aquello me llegó al alma. Lili que sostenía la urna con las cenizas de mi hermana, rompió a llorar y rápido fue arropada por la Madre Superiora y otras religiosas.  
 
El padre Benito, el capellán del convento, preparó la capilla para oficiar una ceremonia íntima y muy emotiva para las once de la mañana. Antes tanto nosotras como Mario, necesitábamos asearnos y descansar de la pesadez de los kilómetros del viaje.

A eso de las diez y media, un hombre llamó a la campana del Convento. La hermana Mercedes salió a recibirlo. Su mirada le llamó poderosamente la atención. Juraría que había visto aquellos ojos verdes antes. 
 
-   ¿Quién es usted? ¿Qué desea? No queremos enciclopedias…- Le espetó la monja mirándole a través del enrejado. 
 
-   No vendo enciclopedias.- Se explicó en un castellano afrancesado. 
 
-   Entonces ¿quién es usted?- Le volvió a preguntar Sor Mercedes, sin dejar de apartarle la vista del iris de sus ojos.

-   Sacó de su cartera el documento nacional de identidad de su país y se lo mostró a la monja, cediéndoselo a través de la celosía.

-   Sor Mercedes miraba el carnet, levantaba la vista del documento, le miraba nuevamente a los ojos, volvía a mirar el carnet.

-   Verá, mi nombre es Gerard Florit y creo que soy el padre de las tres niñas que ustedes criaron.
La hermana no salía de su asombro. - ¡Es usted igual que Alma, pero en hombre y mucho más mayor, claro! ¡Madre del amor hermoso!, ¡Pase usted, no se quede ahí fuera!-Le invitó a entrar ella, sobradamente emocionada. – Espere en el vestíbulo, llamaré a la Madre Superiora. Hoy no es el día más apropiado, pero da la casualidad que las niñas están aquí.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo a Gerard. - ¿Están aquí?- Preguntó mientras su corazón latía a mil por hora...



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