lunes, 19 de abril de 2010

Tres Lolitas. Capítulo 22 "Accidente Mortal"

Verano de 1989...


Lili y Alma, jugaban a saltar a la goma, con un extremo de ésta, atado al tronco de un árbol frutal del huerto. La frondosa copa de aquel árbol, les ofrecía una agradecida sombra. El calor era asfixiante, pero  ninguna de las dos, estaba dispuesta a quedarse encerrada. 
 
Cristal, leía un cómic tranquilamente en su habitación. Aquel día se había enfadado con sus dos hermanas, por culpa de la posesión de unos patines. Lo que menos se imaginaba ella, era que aquella calurosa tarde de verano, iba a vivir la peor de sus pesadillas.
En el convento, habitaba una extraña monja, que tenía la voz grave, su cara parecía más de hombre que de mujer. Además, su nariz era grande, gorda y colorada. Alma la llamaba “Sor Nariz de Pimiento”, tenía 52 años y era muy corpulenta. Daba miedo... No hacía mucho que había ingresado en la hermandad. Era parca en palabras, casi ni se relacionaba con las demás hermanas… Su presencia solitaria, incluso, las llegaba a inquietar a ellas también. 

La puerta del dormitorio, se abrió poco a poco, produciendo el chirrido de las bisagras oxidadas por la humedad y el paso del tiempo. Cristal, yacía sentada de lado en una butaca tapizada en terciopelo azul y que se encontraba situada próxima a la ventana . 

La ventana, estaba abierta de par en par. Cristal sintió una extraña presencia. Levantó la vista de la tripa de su librillo y giró su cabeza, para observar quién estaba bajo el umbral de la puerta. Había percibido como una sombra misteriosa al mirar por el rabillo del ojo.  Entonces, un escalofrío le invadió, recorriéndole todo el cuerpo, acompañado de un sentimiento de desconcierto y angustia. De pie y plantada como un pasmarote, vio que estaba con los brazos en jarras, la hermana Sor Benedicta o como Alma la solía llamar  “Sor Nariz de Pimiento”.La mujer la observaba queda y seriamente.
 
Cristal se inquietó de inmediato. Cerró el cómic de un golpe, se puso en pié de un salto cual resorte y  dejó caer el libro sobre el asiento de la butaca tapizada en terciopelo azul.

La mujer, muy audaz, entró en la estancia y ávida cerró la puerta tras de sí colocando el pestillo.
-   ¿Qué quiere hermana?- Preguntó la niña tímidamente y con la voz temblorosa. Cristal comenzaba a ponerse nerviosa.

-   Bien sabes lo que quiero.- Le dijo ella con rotundidad.

-   No, no lo sé. – Contestó la niña desconcertada y con el miedo reflejado en sus ojos.

-   Quiero que te quites toda la ropa y te tumbes sobre la cama, quiero comerte el coño.
Cristal, se ruborizó al extremo, se sentía vulnerada, quería escapar; pero el cuerpo gordo y ancho de la monja tapaba la única salida que había en la estancia.-  ¡Váyase de aquí o gritaré, la ventana está abierta, me oirán!- Le espetó, Cristal, apurada.

-   No me iré. Y es la hora de la siesta, niña, nadie te escuchará.

-   Pues me tiraré por la ventana si es preciso. 
 
-   No, no lo harás, es un tercer piso… Sabes que te puedes matar. Te desnucarías…
La niña intentó escabullirse de la mujer, corriendo por todo el dormitorio, pero la fuerza y la corpulencia de la monja, hizo que al atraparla entre sus brazos, ya no se pudiera ni mover. Tenía nueve años cuando Sor Benedicta abusó sexualmente de ella. Cristal fue violada fríamente por una monja sin escrúpulos.  La religiosa iba preparada para cometer su delito impunemente. Del bolsillo del hábito sacó cinta adhesiva, para atarle las muñecas con ella y amordazarla.  Una vez hizo a la pequeña su prisionera, la tumbó sobre la cama, le quitó la ropa con agresividad  y comenzó a meterle sus dedos gordos y su lengua viperina en su, todavía, vagina infantil. 

Cristal se retorcía  de dolor, hacía fuerza con las piernas y pataleaba, llorando de impotencia y rabia, cayendo de lleno en la más absoluta de sus desgracias. 
 
Dos semanas después de aquello, Sor Benedicta se mató, curiosa y supuestamente al caer por las escaleras del convento. Aquella mañana de domingo, Alma, salía del dormitorio cuando una  vio como su hermana forcejeaba con la monja cerca de los escalones del tercer piso. Se quedó agazapada y rezagada observándolo todo desde una esquina, estaba asustada y no entendía absolutamente nada. De pronto, fue testigo mudo de cómo Cristal empujaba a Sor Nariz de Pimiento. La mujer cayó escaleras abajo. 

Rápido, Alma, salió de su escondite y corrió junto a su hermana. La miró. Se miraron, mientras el cuerpo de Sor Benedicta caía rodando escalón por escalón hasta  desnucarse en el segundo piso del convento. Allí fue donde la encontraron muerta las otras religiosas.

Alma y Cristal, nunca hablaron de aquello. Cristal, nunca quiso hacerlo y Alma lo olvidó por completo.  
   Marzo de 2004

Los medios de comunicación se hicieron eco de la polémica. Cada dos por tres salía algún titular que hacía referencia a la repentina salida de Cristal del grupo, a los motivos de la separación,  al mal rollo que había entre nosotras. Se suspendieron las promociones en algunos países y en otros como Francia e Italia se retrasaron para finales del mes de febrero.  
 
 “3 Lolitas” se quedó en “2 Lolitas”. Comenzábamos a ver  la luz en distintos lugares y a recorrer el mundo, sumidas en el chismorreo más absoluto y vergonzante. Los viajes, aún así se sucedieron durante el mes de enero y casi todo el de febrero. También las ruedas de prensa que aclaraban, sin llegar a hacerlo del todo, los motivos de la ruptura profesional con nuestra hermana trilliza. 
 
Ya habíamos cumplido los veinticuatro años. Lili y yo, decidimos celebrarlo juntas, dando una fiesta privada, rodeadas de buenos amigos que habíamos hecho de los distintos campos del mundo del arte. Necesitábamos suavizar unos momentos profesionales demasiado duros. Momentos que Cristal, se dedicó a airear y rentabilizar monetariamente, por los distintos platós de televisión de programas del corazón.  
 
De Robert, solamente, había recibido una carta; en la que me decía que estaba harto y que tenía ganas de que pasaran cuanto antes los meses, para volver a estar juntos.  Me echaba de menos y yo le echaba de menos a él.

En Marzo, cambié de apartamento y me instalé en uno más pequeño, el cual registré a mi nombre.  Elegí el tranquilo pueblo de San Lorenzo de El Escorial para vivir. Allí, podía estar relajada y alejada del bullicio de la gran ciudad. No me importaba tener que madrugar más para ir al trabajo, lo importante era que yo ganaba en salud aunque estuviera más distanciada. Respiraba naturaleza y eso era lo que quería y necesitaba en aquellos momentos. 
 
El centro de la ciudad de Madrid me mataba. Además, tenía la ventaja de que Mario, era muy comprensivo conmigo y me daba un margen de quince minutos a media hora,  para llegar tarde. Probablemnte los miramientos que tenía mi jefe conmigo se debían a que todavía estaba enamorado de mí. Se le notaba en los ojos... Pero desgraciadamente para Mario, yo era un amor no correspondido. Y él para mí, era como una especie de padre, el padre que nunca tuve, el padre que me abandonó. No podía verlo con otros ojos. Mi corazón le pertenecía  a Robert hasta el fin de los días. 
 
El primer viernes de marzo, quedé con Lili para comer y efectuar unas compras en un conocido centro comercial de la capital. Uno de los más grandes, el de la Vaguada. Entramos en una ultra conocida franquicia de tiendas. Nos apetecía mirar ropa. Lili, las últimas tendencias de la moda pret â porter. Yo, desvariando como de costumbre, obsesionada con los jeans que ya prácticamente ni me cabían dentro del armario y las camisetas. 
 
Aquel era el lugar idóneo para estar tranquilas, mucha gente, muchas tiendas, guardias de seguridad nada de cámaras siguiéndonos paso a paso... Necesitábamos liberar el estrés de los últimos días, pasar desapercibidas del mundo. ¿Qué mejor forma de hacerlo?... Quemando dinero. Lili solía decir: “Yo no pienso ser la más rica del cementerio, jamás”.

No pude evitar arrastrar a mi hermana hasta el Levi's Store, era mi paraíso terrenal. Me lancé de cabeza a por unos vaqueros, pitillo, preciosos y a punto estaba de ir a probármelos; cuando el móvil de Lili, comenzó a sonar con una melodía de gemidos de un hombre y una mujer, supuestamente practicando el coito,  en mitad de la tienda. Me sonrojé, sabía que era su móvil el que sonaba. Inconfundible con aquel tono obsceno. 
 
Las personas que había dentro de la tienda se miraban unos a otros, algún gilipollas miraba su teléfono (¿qué persona normal iba a llevar ese tono en el móvil?, sólo Lili podía llevar tal “melodía” sin cortarse en público ) Aparté la mirada del pantalón, mientras que la dependienta se partía de risa (no sé si de ver mi cara o de escuchar los gemidos resonando por toda la tienda), miré a mi hermana arqueando una ceja y le dije: “¡Quieres coger el teléfono de una puta vez!”.

-   No.- Me contestó ella tan pancha.- Ignóralo, Alma, no lo pienso coger, seguro que es Cristal. Últimamente no hace más que llamarme arrepentida por lo que hizo y no me da la gana de que me estropee una tarde de shopping.

-   Pues te está mirando toda la tienda y ahora me miran a mí también. Se supone que íbamos a pasar desapercibidas. ¡Nena, quieres coger el móvil! ¡Cógelo!- Levanté la voz.

-   No lo voy a coger, que miren, son sólo gemidos, los gemidos de un tono de esos gracioso... 
 
-   Ya, un tono de esos, que lo están escuchando niños, Lili.- Dije mirando a un chiquillo de unos seis años, de ojos grandes y cara traviesa que me miraba esbozando una sonrisa pilla.

-   Bueno hoy en día los niños saben más que tú y que yo juntas, Alma. No sé de qué te asustas.

-    ¿Y si pasó algo, Lili?- Inquirí, al ver que quien fuera que fuese el que llamaba, lo hacía con insistencia.  
 
Hasta las narices, me dirigí hasta mi hermana, le abrí el bolso y cogí yo misma el teléfono porno, tenía un mal presentimiento. Fuera, quien fuera la persona que llamaba lo hacía constante y quería localizarnos a toda costa. Descolgué fugaz.- ¿Si?- pregunté.

-   ¿Los familiares de Doña María Cristal de Santo Domingo, por favor?

-   Si, está usted hablando con su hermana Alma, soy su hermana. ¿Qué ocurre? ¿Quién es usted?- Pregunté atacada de los nervios.

-   Verá, le llamamos desde el cuartel de la Guarda Civil. Esta madrugada, su hermana, tuvo un grave accidente de tráfico a la altura del km 13 de la carretera Nacional 6 con dirección a La Coruña. Si hace el favor, ¿podría presentase usted misma en el Hospital Central para su identificación y avisar al resto de sus familiares?

-   No hay más familiares que avisar, muchas gracias.- Colgué y el móvil se me resbaló de la mano, cayéndose al suelo.

     -   ¡Alma, que mi teléfono  vale una pasta!- Gritó Lili.- ¿Qué te pasa? Te has quedado pálida, hermana. – Percibió con cierto aire de preocupación. 
Estaba nerviosa, me temblaba todo. Lili, empezaba a impacientarse. Soy una persona muy expresiva y mi cara no le gustaba, sabía que las cosas no estaban bien y sin saber aún el alcance de la noticia, sólo con mirarme el rostro, rompió a llorar en mitad del Levi's Store. 
 
La gente nos observaba atónitos, con cara de preocupación. Reaccioné en cuestión de segundos, necesitaba digerir lo que me acababa de decir por el teléfono la voz seria de aquel agente de la Benemérita que tan sólo estaba desempeñando su trabajo.

-   ¿Me quieres decir, qué “coño” ha pasado?- Me preguntó Lili angustiada y sin parar de derramar lágrimas.

- Cristal...- Musité

- ¿Cristal qué? ¡Reacciona, joder! Dime… - Me zarandeó. 
 
- Era la Guarda Civil, Cristal está muerta… Me dijeron algo de ir a identificarla al Hospital Central. Está muerta, se mató, Lili… Nuestra hermana se nos fue…
Se hizo el silencio más absoluto, las personas miraban para otro lado, haciéndose los locos. Mi garganta no hacía más que tragar y tragar saliva, pero se secaba, se me clavaban puntiagudos espinos en ella. Los ojos a punto de reventar  en un mar de lágrimas, se me salían de las órbitas. 
 
Aquello no tenía que estar pasándonos, no podía ser cierto. Cogí a mi hermana del brazo tirando de ella hacia mí y nos marchamos de La Vaguada. Caminando entre la multitud, llorando las dos al mismo tiempo, al mismo compás, al mismo son del tambor de la muerte menos inesperada. Nacimos juntas y se suponía que debíamos morir juntas. Ilusas nosotras… Nacimos juntas, pero moriríamos separadas. Ya nada sería lo mismo. Las lágrimas caían solas. 
 
Y después de romperme las cuerdas vocales, intentando llamar la atención de algún taxi libre; por fin, un hombre paró para llevarnos. Tardamos casi más de media hora en hacernos con el maldito coche. ¿Por qué será que cuando se tiene prisa y se necesita “algo” nunca aparece?

En Hospital, entramos por la puerta de urgencias, allí se agolpaba una decena de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión. Por lo visto hasta ellos se hicieron eco de la noticia antes que nosotras. El Jefe de Urgencias del Hospital, salió a recibirnos y a intentar poner un poco de orden, con un séquito de enfermeras y celadores a sus espaldas.

Lili, estaba mareada y en estado de “shock”. Yo nerviosa, cabreada, miraba para el suelo, ignorando por completo a la prensa en general. Estaba harta de todo aquello, de tanta noticia mediocre. No era momento de lucro, ¿qué necesidad había de montar todo aquel “pitote” de medios de comunicación? “Ni que mi hermana fuera la presidenta del gobierno…” pensé para mí.   

El Jefe de Urgencias y otro médico de guardia, nos llevó a una salita de espera, en la cual, también, Mario y una pareja de Guardias Civiles nos aguardaban. Tanto ellos como Mario, nos aconsejaron que tomásemos asiento. Lili se desplomó en uno, yo no quise hacerlo, me negué a sentarme y preferí permanecer de pié... 
 
-   Lo siento mucho chicas. Hicimos lo que pudimos.- Dijo el médico jefe.

-   ¿Cómo dice?... Entonces, Cristal… ¿Llegó viva al hospital?... 
 
-   Llegó en estado muy crítico, Alma. Entró en parada cardio respiratoria nada más entrar en el box. 
 
-   Y… ¿cómo fue?- Le preguntó Lili a uno de los agentes.

-   Fue de madrugada, sobre las cuatro de la mañana, una llamada anónima avisó del accidente. Los peritos creen que su hermana circulaba a más de 190 kilómetros por hora, las pruebas forenses indican que conducía bajo los efectos de estupefacientes. Probablemente perdió el  control del vehículo, es por eso que saltó la mediana y volcó...

En la sala de espera, se hizo un silencio sepulcral. No nos podíamos creer lo que estábamos escuchando. Nuestra hermana muerta. Lili, casi ni pronunciaba palabra y yo me sentía culpable de lo acontecido. 
 
-   Siento decirlo, señorita…- Apuntó, esta vez el  sargento de la Guardia Civil.-… pero su hermana era un cóctel molotov en la carretera, pudo haber causado la muerte a otros conductores que circulasen por el carril contrario.
Escuchar aquello, me superaba. Mi hermana estaba muerta y para colmo, el agente me estaba insinuando que era una delincuente. Sabía que, él, sólo cumplía con su obligación, pero joder, acababa de perder a mi hermana. Tanta franqueza en un momento tan duro, tan amargo, tan difícil… No hizo más que derrumbarme más. Pensé que aquello sobraba.

Pocas cosas tenían sentido en aquellos momentos. Ni el grupo, ni Mario que no abría la boca, ni los periodistas que esperaban fuera como buitres, ávidos de cotilleos morbosos…  Ni las giras por el mundo, ni los fans, ni Robert, ni Irak… 
 
Cuando bajé a los sótanos, donde se encontraban las cámaras frigoríficas, para reconocer su cadáver, comprendí que el sentido de la vida desaparecía para mí en aquel mismo momento. Que nos creemos ser todo y que en realidad no somos nada. Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida. 
 
Por mi mente vagaba un sinfín de imágenes vividas a su lado. Me acordé de cuando Cristal empujó a la monja “Nariz de Pimiento” escaleras abajo. Me preguntaba si tal vez aquello que escondía era lo que la había llevado hasta el derrotero de la oscuridad absoluta. De cuando me la encontré vestida de novia en el rellano de la escalera de mi apartamento de Rota porque Carlos la había dejado por una brasileña. Del fardo que escondía en el cojín, del hijo de puta de Lucas de la Peña que andaba desaparecido… Comenzaba a comprender que mi hermana, no había sido una viva la vida, sino que había sufrido más que ninguna…

Su cara estaba intacta, su cuerpo no me lo dejaron ver, posiblemente porque estaría destrozado. Los bomberos tuvieron que sacarla del amasijo de hierros en el que había quedado su flamante coche deportivo. 
 
Después del mal trago, corrí junto a Lili, envuelta en un llanto ahogado. Nos fundimos en un abrazo, provocando a los que nos rodeaban, que agachasen sus cabezas, mostrando una actitud solemne y de respeto total hacia nosotras. 
 
Entre los periodistas de la puerta, corría un rumor de que la noche anterior, Lucas había roto con Cristal… Otro añadido más a su lista negra.

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