sábado, 17 de abril de 2010

Tres Lolitas. Capítulo 20 "Noche en el Hotel"



Nos quedamos atónitos ante aquella misteriosa pintada sumamente amenazantte sobre la pared “PAGA LO QUE DEBES O DEVUÉVENOS LO QUE ES NUESTRO, PUTA”. Un escalofrío recorrió mi espalda, acompañado de un sentimiento de absoluta preocupación después de leer la frase... El miedo y la angustia se reflejaba en mi rostro. Y a mi mente, retornaba la imagen de mi hermana Cristal una y otra vez. 

Robert, me miraba con el ceño fruncido, serio. Se le notaba que estaba confundido. Supuse que aquella situación le habría extrañado y probablemente mosqueado, también. Quizás se preguntaba para sí mismo, con  qué clase de chica se suponía que estaba saliendo.

Recuerdo que las figuritas de decoración, los libros, los marcos de foto,  los plortapapeles del escritorio, la ropa, las lámparas e incluso hasta algunos cuadros descolgados de las paredes; estaban todos tirados por el suelo. 

Había un millar de cristales rotos y los cajones del apilable los habían sacado del mueble y vaciado, esparciendo las cosas que se guardaban en su interior por todas partes. Incluso, quien quiera que fuese él o los que habían entrado en el apartamento aquella noche, no dudaron en revolverle la maleta a Robert. 

Así que para curarme en salud, no me quedó otra opción que contarle la realidad que estaba viviendo mi hermana Cristal. Una cruda realidad de la que éramos partícipes los dos en aquel mismo momento. Reconozco que me sentía completamente avergonzada y no me atrevía ni tan siquiera a mirarle a la cara.

En  un principio, pensé que Robert se lo tomaría a mal, fatal de hecho. Pensé que recogería sus cosas y tremendamente enojado, me abandonaría en mitad de la tormenta, pero no lo hizo. En lugar de eso, me abrazó fuertemente entre sus brazos, apretándome contra sí. No pude evitar romper a llorar, dicen que las perconas que realmente te quieren permanecen a tu lado tanto en lo bueno como en lo malo. Yo me sentía deshacer mimosa, apoyando mi cabeza sobre su pecho. Me encantaba la sensación de protección que me ofrecía con sus abrazos. Y el corazón me latía a mil por hora. 

Robert, supo comprenderme y me convenció para llamar a las fuerzas de seguridad. y denunciar los hechos. 

Acudimos juntos a la comisaría de policía más cercana. Después, decidimos que lo mejor era pasar la noche en un hotel por si volvían los supuestos maleantes.Había que prevenir por si las moscas...
 
Sin duda, Cristal no andaba entre buenas compañías. Y realmente, me ponía furiosa cavilar en ello, darle vueltas en mi mente. Quizás, ese tal Lucas era el precursor de todo lo que estaba pasando y lo que quedaba por pasar, su persona, me hacía temer lo peor.

Robert y yo nos fuimos en mi coche al primer hotel que encontramos. Una vez allí, nos registramos y la recepcionista nos dio la llave de una suite. Telefoneé de urgencia a Mario. Creí que al estar el apartamento a su nombre debería ser conocedor de lo que allí se había acontecido.  Y no extrañándome en absoluto, cuando le informé, éste se enfadó muchísimo. - ¡¿Cómo cojones pudo ocurrir algo así, Alma?!- Vociferaba, nervioso, desde el otro lado del teléfono. - Si tu hermana anda mentida en los suburbios del mundo de la droga yo lo debería de saber...

-   Mario, te aseguro que yo no tengo nada que ver al respecto y estoy tan molesta o más que tú, con este tema. Te recuerdo que Cristal es mi hermana...

-   ¿Hablaste con ella?- Me preguntó con voz recia. 
 
-   No, Mario, todavía no. Pero hay algo más... que deberías saber…- Musité.

-   ¿Qué? ¡Maldita sea, Alma! ¡Habla ya de una maldita vez!- Se impacientó.

-   Pues, es que Cristal dejó el apartamento esta mañana y no tengo ni idea de cómo localizarla; no me coge el móvil y no sé donde puede estar. 
 
-   ¿Cómo que se fue? Pero... ¿Por qué coño se fue?

-   Ayer por la noche, nos peleamos y discutimos. Guardaba un pequeño fardo de coca dentro de la casa, escondido en el interior de uno de los almohadones del sofá. Esta mañana recogió sus cosas y se marchó sin más. – Le expliqué entre lágrimas.

-   ¿Sola?

-   Me temo que no…Se fue con él...
 
-   ¡Lo sabía! ¡Ese maldito Lucas de la Peña! ¡Valiente hijo de puta! Este es el mejor sabotaje que me había podido hacer.

-   Pero, entonces ¿tú le conoces bien?- Pregunté con extrañeza. 
 
-   Claro, como no... Fui con él a la universidad, fue compañero en la facultad de Dirección y Gestión de Empresas. Y también mi pesadilla. ¡Maldito cabrón! Se las apañó el muy cerdo para engatusar a tu hermana con sus mierdas. Le estará lavando la cabeza y conseguirá con ello mandar al traste nuestro proyecto, Alma. 
 
-   Mario, no sé qué decirte, la verdad desconocía esta información, ni por asomo imaginaba que os conocíais de antes…

-   Tienes que hablar con tu hermana, convéncela de que Lucas la está utilizando para su propio interés y beneficio… - Me imploró, Mario.- Esto es una guerra que ya hace tiempo que me la declaró...

-   Es complicado lo que me pides, Mario. ¿Por qué no se lo pides mejor a Lili, Cristal no me habla y  jamás razonaría conmigo, mucho menos de un tiempo a esta parte...
Muchas veces he pensado que si Robert no hubiera venido aquel jueves a Madrid, probablemente los matones a sueldo y cobradores de deudas, me hubieran sorprendido sola en el apartamento. El miedo se apoderaba de mi cuerpo sólo de cavilar en ello y sentía unas ganas inmensas de llorar. 

Lloraba, lloraba y lloraba, mientras observaba, queda, la solitaria e iluminada calle desde la ventana del tercer piso del Hotel en el que me alojaba.  
 
Dentro de la habitación hacía calor, la calefacción debía estar al máximo y Robert se había despojado de la sudadera de los Pistons y una camiseta negra que llevaba por debajo. Mostranba su torso desnudo, fuerte y bien torneado. Sólo llevaba puesto los vaqueros desgastados con los dos primeros botones de la bragueta desabrochados. Descalzo se acercó despacio hacia mí y me abrazó por detrás, besándome dulcemente la mejilla- No le des más vueltas, Alma, la policía hará bien su trabajo, confía en ellos… Te quiero.- Me susurró al oído.

            Mis entrañas se estremecieron  en ese momento en el que escuché de su boca aquellas dos palabras tan hermosas, tan profundas, tan fuertes. - ¿Lo dices de verdad?- Le pregunté, dándome la vuelta temblorosa y mirándole a los ojos. 
 
-   Te quiero, Alma.- Me volvió a repetir convencido. Su deje al hablar me volvía loca.

-   Hazme el amor.- Le rogué sedienta de su sexo. 
 
Nos besamos desesperados. Nuestras bocas no dudaron en juntarse, encajaban perfectas. Éramos un solo ser entrelazando nuestras lenguas, traviesas y juguetonas que recorrían húmedas cada recoveco y cada rincón de nuestro paladar. Quería morirme de placer, un placer divino que nos hacía excitarnos sin límites a los dos, amándonos al unísono, envueltos en la pasión más desatada, loca  e incontrolable.  

Robert, me tumbó sobre la cama y cuidadosamente empezó a quitarme la ropa,. Sentía sus caricias deslizarse veloces, sobre mi piel. Recorrió con sus manos todo mi cuerpo excitado y deseoso de su amor. Mi sexo húmedo clamaba a gritos a su miembro viril, grande y endurecido que sentía erecto, apoyado sobre mi muslo derecho. Mientras él me besaba en el cuello, yo le arañaba la espalda, le agarraba del pelo, le comía la oreja…

Me penetró fuerte, profundo… Notaba la presión y  el peso de su cuerpo sobre el mío, me empujaba salvaje haciéndome explotar, transportándome al paraíso  nada más sentir su semen fluir dentro de mí. Rozándome el alma, me hizo gemir y gritar sin importarme nada ni nadie. Quería más, quería a Robert para mi sola, necesitaba amarlo sin cesar,  fundirme junto a él en un solo ser. 

Éramos dos iguales regalándonos un amor desenfrenadamente puro, un amor sin límites, un amor sin fronteras, un amor sin normas, ni leyes.  Follamos toda la noche, y todavía nos quedaban cuatro días…

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