viernes, 16 de abril de 2010

Tres Lolitas. Capítulo 19 "La Marcha de Cristal y la Llegada de Robert"


A primera hora de la mañana, Cristal, recogió todas sus cosas, su ropa y sus enseres. Lo metió todo repartido en dos  grandes maletas de color rojo y en varias bolsas negras de las que se usan para la basura. Telefoneó a Lucas, el empresario casado, para que la fuera a recoger a las puertas del edificio.  Yo intenté reparar el daño causado, intenté convencerla para que no se marchara, pero mi empeño fue inútil. 

Cristal no me hablaba, me ignoraba como a la mierda, moviéndose de un lado con chulería y dedicándome de vez en cuando alguna que otra mirada torcida. Me sentía sumamente culpable por su marcha...

Mi hermana, tenía la capacidad de darle la vuelta a una discusión con la sola intención de hacerte sentir el peor ser humano que habiataba sobre la faz de la tierra, de hacerte sentir el causante de los problemas cuando en realidad, era  ella la que los causaba.

La puerta se cerró de un empujón a conciencia y una estela de su perfume quedó flotando, arrogante, en el ambiente. Rápido, me asomé a la terraza. Desde la azotea del ático, comprobé como un hombre bien parecido, la aguardaba dentro de un Mercedes descapotable, color negro perla y con los asientos de cuero beige.

Era Lucas de la Peña que vestía camisa y traje chaqueta. Oculto tras unas gafas de sol.

En aquel momento, me temí lo peor al comprobar que en la acera de enfrete, escondido tras unos contenedores, un fotógrafo acechaba expectante. Probablemente, las fotos de la salida de Cristal, cargada con las maletas y las bolsas de plástico, serían captadas por la cámara del paparazzi. Y aquellas imágenes podrían hacerse públicas, saliendo a la luz a los pocos días en las revistas del corazón; sino lo hacían antes en el programa del canal 5 “Los Tomates”.

Entre tantos problemas, ya casi había olvidado que Robert llegaba a las nueve menos cuarto de la mañana al aeropuerto de Barajas. Así que no me quedó más remedio que tomar una ducha rápida y vestirme a toda prisa con lo primero que encontré en el armario. Un chándal azul marino retro de Adidas (como los que usaba el gran Bob Marley) y una camiseta básica en color blanco. Me recogí el pelo, todavía húmedo, en un improvisado moño no muy bien hecho. Me calcé las deportivas y me atavié con mi cazadora de plumas blanca para protegerme del madrileño frío de diciembre. Bajé a desayunar un café con leche y una napolitana de chocolate recién horneada, al bar de la esquina. Después cogí un taxi que paró casualmente justo en la puerta del bar. 

Curiosamente, una periodista que estaba merodeando por los alrededores, con micrófono en mano, de repente se acercó hacia mí como salida de la Nada, metiéndome literalmente la alcachofa en la boca, para  preguntarme por la reciente salida de mi hermana de la casa. “Lo sabía” pensé al instante, pero no le di ninguna explicación al respecto. Dicen que el que calla, otorga...

En el aeropuerto, había mucha gente, demasiada. Todavía eran las ocho y media pasadas. “Tal vez, el vuelo venga con retraso” me dije. Al no observar señal de Robert por ningún sitio, me senté en unos asientos, cercanos a la salida a la terminal por la que se suponía que él y los pasajeros de su vuelo, iban a parecer de un momento a otro. 

Entre el gentío y el barullo, podía pasar desapercibida de los mirones y curiosos, de periodistas y paparazzis, al menos, eso era lo que yo creía. Una vez más me equivoqué. 

Nuevamente, como salidos de la Nada, otro reportero, acompañado de un hombre que portaba una cámara al hombro, aparecieron ante mis ojos. Tragué saliva y esperé resignada a que cayera el chaparrón. - ¡Alma!, ¡Alma! Nos han llegado rumores recientes de que las cosas entre tus hermanas y tú no van bien. ¿Es verdad que tienes mala relación con ellas? El hecho de que a Cristal se la esté relacionando con el empresario Lucas de la Peña, ¿tiene algo que ver con esa ruptura entre vosotras? Cuentan las malas lenguas que en la fiesta de presentación de vuestro último single, estuvisteis cada una por vuestro lado. ¿Eso es cierto?

La voz del joven reportero, formulándome todas aquellas preguntas,  sonaba estrepitosa en mis oídos. Su eco, me daba vueltas en la cabeza como una noria que gira a 180 kilómetros por hora. Tenía ganas de gritar a pleno pulmón, mandarlos a tomar por culo y salir de allí corriendo... Pero una sensación de presión en el pecho me avisaba de que debía de contenerme en mi respuesta. - ¡A ver!- Exclamé ante la atenta mirada de los viandantes.- No sé de lo que me estáis hablando. Todas estas cosas es mejor que se las preguntéis a mi hermana Cristal. Yo no estoy enfadada con nadie y si me lo permitís, ahora tengo cosas importantes que hacer. Me levanté con decisión del asiento, esquivando como podía las cuestiones impertinentes, al cámara y los enredados cables que arrastraban por el suelo, aligerando el paso, me dirigí hasta los lavabos de señoras más próximos.

“El vuelo procedente de Sevilla, llegará con cinco minutos de antelación” Se escuchó a través de los altavoces. Conté hasta diez y deseé que los reporteros ya no estuvieran fuera. Salí de los lavabos de señoras, no sin antes humedecerme la cara y la nuca. Estaba agobiada, me sentía saturada… 

Me empecé a poner nerviosa, notaba como un hormigueo en el estómago que me bajaba desde la cintura hasta los pies. Era como si nunca nos hubiéramos visto o como si llevara años separada de Robert. Lo deseaba demasiado y sentía que él también a mí. Un amor correspondido...

Robert apareció, como materializado de repente,  atravesando la terminal del aeropuerto. Su caminar era decidido, con garbo. Vestía unos vaqueros desgastados, una sudadera blanca de los Pistons  de Detroit (un equipo profesional de baloncesto de la NBA) y unas deportivas blancas. Con la mano izquierda sostenía una cazadora roja y con la otra una maleta negra.

Nada más verle, no pude evitar sentír el impulso de echar a correr hacia él. Y Corrí. Robert me reconoció de inmediato y frenó sonriente. Tiró sus cosas al suelo al ver que me acercaba corriendo hacia él como una gacela galopante. Me lancé en sus brazos sin importarme nada ni nadie. Robert me agarró con sus brazos y me elevó en el aire para darme una vuelta. Parecía la escena más idílica e irreal de una película romántica. Demasiado bonito para ser cierto, me hubiera gustado que alguien me hubiera pellizcado en aquel momento para comprobar si todo lo que estaba viviendo con él, era real o era un sueño… 

Cogimos un taxi, para ir directos al apartamento. En los asientos traseros no paramos de besarnos.

El coche nos dejó a las puertas del edificio, lo mejor era que no había nadie merodeando por allí.
Robert parecía  inquieto y yo, aunque comedida, no cabía dentro de mí del gozo de tenerle a mi vera.  De haber probado de nuevo el sabor de su boca, de sentir el tacto de sus labios y el juguetear de su lengua con la mía.

-   Estaremos solos todo el tiempo que estés aquí. – Le espeté.

-   Pero… ¿ Y tus hermanas?- Me preguntó con sonrisa maliciosa.

-   Mis hermanas van a la suya… Verás, Lili  está todo el día y toda la noche pegada a su novio, el actor. Y la otra…- Hice un silencio.- Mi hermana Cristal, se marchó esta misma mañana de  casa. Discutimos anoche.

-   ¿Por?

-   Digamos que no compartimos ni los mismos gustos ni las mismas aficiones...

-   ¡Eh!, pero en Rota estuvisteis viviendo juntas y os fue Ok, ¿no?

-   Sí, pero ahora las cosas no son tan Ok, son distintas, Robert.  Parece mentira, porque es mi hermana y creía conocerla, pero el dinero y el poder, cambia a las personas…

-   No veo que tú hayas cambiado mucho, Alma.

-   Porque yo no estoy segura de si este es  mi  lugar... A veces, pienso que estoy aquí por equivocación, que este no es el papel que debo interpretar en la vida. Que hago esto sólo por Lili para que cumpla su sueño, su sueño, pero no el mío...

-   ¿Cuál es el tuyo?

-   Formar una familia, la familia que nunca tuve…

Robert no supo qué decir. Agachó su mirada azul y se quedó pensativo, apoyado en la pared del descansillo,  mientras yo me disponía a abrir la puerta de casa. Unos segundos más tarde musitó.- Vayámonos a cenar fuera, te invito yo. Qué te parece si sólo dejo la maleta en la casa y nos vamos a un  japonés. ¿Te gusta la comida asiática?

-   A mí me pierde la comida japonesa…

-   Pues no se hable más.- Dijo convencido.

Dejamos la maleta en el hall y nos fuimos dando un largo paseo. 

En el restaurante, pasamos una velada romántica y hermosa. Contándonos muchas intimidades, anécdotas y compartiendo risas. Yo le hablé de cómo había sido  mi infancia con las monjas y lo poco que sabía de mis orígenes. 

-   Es duro no tener a nadie en el mundo a parte de tus hermanas. Ningún familiar, me refiero... – Me dijo él consternado.

-   Yo sé que mi padre está vivo, Robert. Algo en mi corazón me lo dice.  Pero…

Me interrumpió.-  ¿Te gustaría conocerle?

-   No, lo odio...

-   ¿Por qué?

-   Por abandonar a mi madre, ¿por qué va a ser? Al haberla abandonado, abandonó también a sus hijas...- Apunté enojada.

-   Quizás él no supiera que ella estaba embarazada.

-   Me da igual, le odio...

-   En el fondo, sabes que sientes algo por él y te gustaría encontrarle para decirle “papá soy tu hija”, ¿verdad?.

-   ¿Qué dices? ¿Cómo iba a encontrarle si sólo sé su nombre?...- Obvié sus palabras. En el fondo, claro que me hubiera gustado dar con mi padre francés, pero me negaba a reconocerlo. Y sentía que estaba vivo en algún lugar de Francia,  de Europa quizás…   

Pero ahora sólo tenía pensamientos para el hombre que tenía enfrente. Robert, era la pieza del puzle que le faltaba a mi corazón. Lo que sentía por él, jamás lo había sentido por nadie. A pesar de sus diez años por encima de mis 23, la diferencia de edad no era ningún impedimento para entendernos y complementarnos. Teníamos un sinfín de cosas en común, gustos y mismos puntos de vista. Se percibía una energía abrumadora, química, feeling… Cada minuto que transcurría a su lado, era el suficiente tiempo para darme cuenta que le necesitaba, que su presencia me creaba dependencia. Era mi hombre y para mí no existía nadie mejor que él. Le amaba como jamás había amado nunca a nadie.

Regresamos caminando nuevamente. El relente de la madrugada era gélido, muy frío. La escarcha comenzaba a posarse sobre la chapa y cristales de los coches. Se acercaba Noche buena y las luces adornaban las calles, dándoles un aspecto mágico, especial, precioso... Para mí, la Navidad, siempre habían sido unas fechas tristes, pero estando al lado de Robert, todo me parecía maravilloso.  Agarrada a su mano, me sentía protegida, segura… Estaba tan envuelta en plenitud que era incapaz de imaginarme el panorama que se avecinaba nada más meter la llave en la raja de la forzada cerradura del apartamento.

-   ¡Qué raro!. Exclamé.- Parece como si la cerradura la hubiera forzado alguien...

-   Stop, déjame ver… - Robert me hizo retroceder y empujó la puerta con fuerza.- Sí, de hecho está abierta....

Me asusté. Robert y yo entramos sigilosos y de la mano. El  piso estaba patas arriba, parecía como si una brigada de la judicial o unos ladrones hubieran estado buscando algo de mucho valor. El que había entrado en el apartamento, no había robado nada. Estaba absolutamente todo tirado por el suelo, pero todo...

Las cosas de valor ni siquiera las habían tocado. 

Y como atraídos por un magnetismo invisible, de repente, Robert y yo nos dimos cuenta de que en una de las paredes del salón, escrito con spray negro ponía: “PAGA LO QUE DEBES O DEVUÉLVENOS LO QUE ES NUESTRO, PUTA”.

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