martes, 6 de abril de 2010

TRES LOLITAS capítulo 18 "El Fardo" I parte

Pero al llegar a la sala, me encontré nada más y nada menos que con ella. Cristal, buscaba algo con interés e insistentemente. Parecía nerviosa, preocupada. De su boca torcida salían toda clase de palabrotas e insultos pronunciados al aire.- ¿Qué haces?- Le pregunté al verla en aquel estado con el rostro desencajado. - ¡Vaya susto que me diste, Cristal!- Exclamé algo más aliviada.- Por un momento pensé que había ladrones en el apartamento...

Inmersa en su misteriosa búsqueda, mi hermana se sobresaltó con mi inesperada presencia. A juzgar por su rostro, creo que en aquel momento no le hizo mucha gracia mi aparición. Incluso parecía como si se acabase de materializar ante sus ojos un espectro horrendo. 

Cristal, tragó saliva, unos segundos después reaccionó y apuntó.- ¡Tía!, tú sí que me asustaste a mí, pensé que no había nadie en casa… ¿De dónde coño sales? ¿Estabas durmiendo?

-   Pues sí.- Dije con cierto malestar.

-   ¿Y no piensas volver a la cama?- Me preguntó mostrándose impaciente.

-   Ahora no… ¿por? Me estaba quedando dormida antes de que te pusieras a hacer tanto ruido con todos esos golpes... Y claro, ya no voy a ser capaz de conciliar el sueño. Demasiadas emociones fuertes en un día, ¿no crees hermana?

-   No me jodas, Alma ¿ahora qué te pasa? 

Cristal, me miraba con cara de pocos amigos.  Definitivamente, le molestaba mi presencia en la casa; se podía casi oler que daría lo que fuera porque volviera a mi cuarto y cerrara la puerta o hasta me cayera inconsciente en el suelo.

-   ¿Se puede saber qué carajo buscas con tanta desesperación?- Le pregunté adrede y con provocación.

-   Nada que a ti te importe.- Me contestó tajante y sin más.

-   Vaya… Nada que a mí me importe... ¿Sabes, Cristal?, sí que me importa; porque te recuerdo que yo también vivo en esta casa.

-   Ah claro...- Asintió con la cabeza.- Lo cogiste tú, ¿verdad zorra?

-     ¿Coger el qué?- Me mosqueé.

-     ¡El fardo!

-     ¿Qué fardo? Pero ¿qué coño?...

Rápidamente me cortó, se acercó a mí contoneándose con chulería y en tono borde me espetó.- Mira, Alma, me tienes hasta las narices con tus ñoñerías de niña pequeña. Sí, ¿qué pasa? Me follo a un tío viejo, casado y me meto rayas de coca por la nariz a borbotones para colocarme hasta la médula. Si la palmo es mi problema, ¿acaso eso te importa?, ¿si?... ¡Pues si te importa te jodes, hermanita!

Me enojé, sus palabras habían sido dolientes, pero no fui capaz de callarme y musité encolerizada.- ¡Me la suda! ¡Me toca un pié lo que hagas, Cristal! ¡A lo mejor la que está con ñoñerías eres tú!- Me alteré más.- ¡Por mí como si te follas a un caballo  o te metes un plátano por el culo, gilipollas! Ahora una cosa te digo, como me entere que guardas droga por kilos en esta casa, te juro por mi puto padre que doy parte a la Policía Nacional y a la Guardia Civil, ¡¿te enteras?!

-   ¡Qué puta eres, Alma!. Eso no me lo esperaba de mi propia hermana. No sé qué es lo que te ha dado conmigo; pero preferiría que me dejases en  paz para siempre. ¡Olvídate de mí, Alma! ¡Vete a la mierda!

Cristal, dejó de buscar aquel supuesto fardo de cocaína que sólo de pensar que se encontraba bajo mi mismo techo me ponía los pelos de punta. Pasó por mi lado y me empujó con las manos para apartarme bruscamente y dedicarme una intensa mirada de odio y desprecio. Pasó por delante de mí cual apisonadora, se encerró en su cuarto, no sin antes dedicar un fuerte y ensordecedor portazo que sin duda debió de escucharse hasta en la calle a juzgar por el retumbar del suelo.

Mientras que yo, me sentía como una estúpida, rompí a llorar desconsoladamente, siempre me pasa cuando me altero demasiado. Como ella, también me encerré en mi habitación brindando con otro portazo sonoro. Me eché sobre la cama boca arriba, con la mirada fija en el techo de escayola. Desganada y perdida. "Joder, no sólo es una drogadicta, sino que también trafica" pensé. ¿Para qué coño querría un fardo de coca para ella sola? ¿De dónde lo habría sacado?, me preguntaba "¡Y a saber lo qué valdría!"...

Las cosas se estaban poniendo cada vez más negras entre nosotras. La convivencia se hacía insoportable. La comunicación era escasa... ¿Por qué me trataba tan mal mi propia hermana? Yo que la había cobijado en mi casa cuando lo de Carlos y la brasileña. “Qué pronto se olvidan las cosas”… cavilé.

No hacía más que darle vueltas a la cabeza. Aquel mundo nos estaba cambiado, no sólo la vida, también la personalidad. Sentía la necesidad de escapar de aquel universo contaminado, banal y materialista. Necesitaba gente a mi alrededor que me aportase riqueza, pero no riqueza material sino riqueza espiritual. Los ojos se me hincharon de tantas lágrimas vertidas, tenía la boca seca y ganas de que me tragase la Tierra… 


Entre suspiros, me levanté de la cama y me dirigí a la cocina a por un vaso de agua del grifo. El insomnio había venido a visitarme nuevamente, esta vez, para quedarse. La madrugada se hizo pesada, interminable, eterna, infinita.  Envuelta entre confusión e impotencia, decepción y dolor, no fui capaz de cerrar los ojos y pronto amaneció un nuevo día...

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