martes, 30 de marzo de 2010

✪ Mary King’s Close. El barrio sellado de Edimburgo ✪


Volviendo a mis inicios en el blog de la web Libro de Arena, retomo el tema de un artículo de aquellos que alguien, una mala persona, despiadada y ruin, mandó a los infiernos de la nada cibernética.  Pero como una es tenaz y cabezota, hoy reescribo para blogger sobre un lugar encantado que me apasiona desde siempre. 

Llamarme loca, me da igual; pero he de confesar que tengo obsesión por esta ciudad, por su historia y por los misterios que albergan en ella, que no son pocos. Por supuesto estoy hablando de Edimburgo, algún día mis pies pisarán sus calles mojadas, un deseo que pienso cumplir en esta vida o la próxima.

Y es que ya se dice… “Escocia, un país de ensueño” La leyenda del lago Ness, la mítica espada de William Wallace, el Castillo ubicado en la cima High Street o popularmente conocida como la Milla Real ( The Royal Mile)…

Pero a mí lo que me llama poderosamente la atención (y no os penséis que es ver a hombres vestidos con faldas, que también podría ser, pero no) es el callejón sellado de Mary King’s Close. Un  barrio subterráneo, abandonado y oculto bajo las señoriales edificaciones de High Street. Un enclave lúgubre y de angostas callejuelas que albergó en su tiempo mucho sufrimiento, quizás demasiado…


El nombre del barrio se debe a una mujer. Una viuda llamada Mary King’s muy conocida entre el populacho, una madre coraje que se ganaba la vida vendiendo telas y cosiendo remiendos para alimentar a su familia. La casa de Mary estaba ubicada en Alexander King’s Close.

Alexander King’s había fallecido anteriormente en el 1619 y había sido un importante abogado que jamás tuvo nada que ver con Mary más que la similitud en los apellidos, probablemente una de las razones por la que el callejón terminó llamándose Mary King’s Close.

Mary falleció en el año 1644, un dato curiosísimo porque murió a vísperas de lo que desgraciadamente se iba a suceder a continuación en su barrio, el origen de todo. 

Con la superpoblación de la ciudad en el siglo XVII apareció la peste negra, también conocida como peste bubónica. La peste llegó por mar, en barco, procedente de Europa al puerto de Leith. La infección era transmitida al hombre a través de las ratas negras y las pulgas. Obviamente las clases sociales menos favorecidas, eran las que sufrían este terrible mal dado a sus condiciones de insalubridad y falta de higiene.

Los infectados por la peste negra eran aislados y puestos en cuarentena, pues se trataba de una enfermedad altamente contagiosa. Los enfermos sufrían la aparición de ganglios linfáticos llenos de pus que cubrían todo su cuerpo de pies a cabeza, convirtiéndolos en auténticos monstruos. Los enormes bultos infectos de la piel amenazaban con explotar y matar al paciente de una  septicemia. No existía una cura y nadie sobrevivía al mal.  

La epidemia comenzó en las Navidades de 1644, meses después del fallecimiento de Mary. Pero sin duda, el año más castigado por la brutal pandemia fue el 1645, justo un año después. El  barrio de Mary King’s Close fue el que recabó más número de víctimas contagiadas por el virus dado a que estaba situado en los suburbios más inmundos de la ciudad.

Las autoridades pertinentes por aquel entonces, para evitar que la plaga se extendiera al resto de la ciudad de Edimburgo, decidieron sellar literalmente el barrio.


Las clases sociales altas y pudientes huyeron despavoridas de la capital abandonando sus casas y posesiones, pero los humildes no tuvieron más remedio que hacerle frente a la mortal y contagiosa enfermedad, sobre todo los vecinos del callejón que quedaron completamente aislados entre sus muros. 

El ayuntamiento de Edimburgo nombró a Jon Paulitious médico oficial para combatir la plaga y le dotaron de una paga mensual inicial de 40 libras escocesas que subiría hasta 100.  A Paulitious le sustituiría meses después el doctor George Rae. Los médicos entraban ataviados con unos trajes de cuero, totalmente recubiertos, incluidos los pies, las manos y la cabeza. La cara la cubrían con una máscara dantesca de nariz puntiaguda, una imagen horrenda y espantosa que no debía de ser muy agradable de ver para los pacientes.

El barrio sellado de Mary King’s Close sólo se abría cuando el doctor visitaba a los enfermos, pero los médicos poco podían hacer ya para ayudarles. Al cabo de un tiempo todos los apestados del callejón fueron muriendo hasta no quedar ni un sólo superviviente.


El alcalde ordenó derribar los muros para retirar los cadáveres corruptos, putrefactos y malolientes. Se limpió la zona y las viviendas de Mary King’s Close se pusieron nuevamente a disposición de los habitantes de la ciudad de Edimburgo con el fin de volver a ser habitadas.

A partir de ahí comienzan a sucederse los rumores sobre fenómenos extraños, apariciones espectrales  y demás sucesos paranormales. 

El primer caso se dio en el año 1685. Un abogado de nombre Thomas Colthear y su mujer afirmaron ser visitados por los espectros de unos deformes animales y la cabeza fantasma de un viejo de barba gris que merodeaba por las habitaciones de su casa.

Pero la leyenda más conocida es la de Annie, una pequeña niña que quedó huérfana y sola sobre el austero camastro en el que habían fallecido sus padres en 1644, cuando comenzó el brote de peste. Un camastro que al poco tiempo se convertiría también en su lecho de muerte.

La historia se sucede cuando se le manifiesta el espíritu infantil a una médium de origen japonés que estaba haciendo una investigación en el lugar con un grupo de parapsicología. La sensitiva pudo comunicarse con Annie, la niña le confesó espontáneamente que se sentía muy sola y triste, además de relatar la terrible muerte de sus padres. La mujer se estremeció tanto ante el desolador testimonio de la pequeña que para paliar su tristeza, decidió regalarle un juguete. El juguete era una muñeca que colocó sobre un vetusto arcón de madera. Annie sonrió agradecida y la médium afirmó a los presentes que mientras hubiera juguetes sobre aquel arcón colocado en uno de los rincones de la estancia, la pequeña estaría feliz. Es por ello que muchas de las personas que visitan hoy en día el barrio sellado de Mary King´s Close agasajan a Annie con un juguete y demás objetos variopintos que depositan sobre el viejo arcón de madera.   

Para mí será un placer poder visitar algún día este lugar. Si tengo la oportunidad de poder pisar la ciudad de Edimburgo pienso conocer y vivir en mis propias carnes la experiencia. Saber qué es lo que transmiten exactamente estas angustiosas y oscuras callejuelas, qué se sentirá al caminar expectante y sigilosamente por cada una de las estancias del callejón y por supuesto, sin olvidarme de la pequeña Annie, para poder ofrecerle un presente y que su espíritu siempre esté feliz.


lunes, 15 de marzo de 2010

TRES LOLITAS capítulo 17 "Papel Couché"


La salud de mi hermana, me preocupaba. Siempre había sido una persona amante de los deportes, muy atlética y demasiado preocupada por su aspecto físico. Pocas veces la había visto enfermar o padecer alguna dolencia. De adolescente jamás se animó a probar el tabaco o el alcohol, al contrario que Lili y yo. Recuerdo que tontear con aquello nos hacía sentir más mayores.

Empecé a tener la impresión de que Cristal estaba empezando a arruinar su joven vida. No se la veía disfrutar del momento tan dulce y dorado que estábamos viviendo. Apreciaba cierta desorientación en sus ojos. Pensé que tal vez todo viniera provocado por lo de Carlos y la brasileña. Bajo mi punto de vista, creía que no lo había superado. 

Por aquel entonces, Cristal comenzó a adelgazar desmesuradamente en poco espacio de tiempo. Perdiera diez kilos en menos de un mes y sus ojeras macadas afeaban su mirada, envejeciéndola prematuramente. Su carácter se había vuelto oscuro y desafiante.  Nunca estaba de acuerdo con nada ni nadie. Todo le molestaba. Se había transformando en una persona demasiado agresiva y egoísta que insultaba a diestro y siniestro, queriéndose comer el mundo, sin darse cuenta de que era el mundo el que se la estaba comiendo a ella. Solía amenazar a los periodistas que la seguían y perseguían por las calles. Y no sólo a los periodistas; a Mario, a mí y en definitiva a todo aquel que por una casualidad quisiera llevarle la contraria o meterse en su vida… “¡Qué pensarían las monjas del Convento si la vieran así!...”; cavilaba continuamente para mis adentros. "Sin duda, no se lo creerían". 

Yo era consciente de que Cristal era mayor de edad, de que tenía la libertad absoluta de hacer con su cuerpo y con su vida, lo que le viniera en gracia. Pero no podía, aunque quisiera, evitar sentir una sensación desazonada y triste. Me remordía la conciencia, el no poder ni saber cómo ayudarla. Como evitar que cayese en un pozo negro. Me hacía un sinfín de preguntas como “¿Quien la habría introducido  en un mundo tan podrido? Tenía claro que sola, nunca habría llegado a aquella situación tan penosa... “Alguien tuvo que facilitarle la sustancia y convencerla para ingerirla”, “¿Y si la productora discográfica se enterara?”; demasiadas cuestiones retumbaban en mi atormentada cabeza.  


La luz anaranjada del crepúsculo entraba a través del cristal de la ventana. Estaba cansada y me recosté en el sofá de la sala. Acababa de llegar al apartamento y la única en recibirme fue mi perra, Lúa.

Lili, prácticamente ya no hacía vida allí, pasaba los días y las noches en casa de Hugo. Cristal, todavía no había llegado…

Después de descansar un rato, ya entrada la noche; saqué a pasear a Lúa a un pequeño parque cercano que había en la primera manzana de la calle, justo al doblar la esquina. El pobre animal se había quedado todo el día solo. Menos mal que al vivir en un ático con terraza podía jugar allí y despejarse.

Fuera, hacía mucho frío. Las Navidades estaban cercanas y ya se notaban las típicas temperaturas gélidas del mes de diciembre.  Después de media hora dando vueltas, caminado con las manos en los bolsillos de mi cazadora de cuero negra, divagando…, decidí subir a casa.

Me dolía la cabeza. Calenté, un poco de leche para tomarme una aspirina. Y de nuevo me volví a echar sobre el mullido sofá de la sala con Lúa tumbada a mis pies. Con el mando a distancia, encendí el televisor de plasma. Curiosamente, por el canal 5, emitían un programa de noticias del corazón en directo en el que hablaban de mi hermana Cristal.

Uno de los periodistas de entre los cinco colaboradores que estaban sentados en una silla, hablaba de una supuesta relación con un empresario adinerado, casado y veinte años mayor que ella. Aquella noche iban a descubrir a los espectadores las imágenes que confirmaban el romance.

Hasta que no terminase la publicidad, no emitirían las fotografías de mi hermana con aquel empresario. Recuerdo que estaba inquieta y no sabía qué hacer. Me pregunté si mis hermanas estarían viendo el programa, si Mario lo estaría viendo… Tal vez fuera él, el empresario del que hablaban en el programa “Salsa de Color de Rosa”. Sentí el gusanillo de llamar a Lili por teléfono y a tiro de hacerlo, pero me contuve por culpa de que en ese preciso momento terminaron con la pausa publicitaria y seguidamente hicieron públicas las fotos de Cristal que me dejaron de piedra. En ellas se veía claramente que se trataba de ella. Mi hermana, se acababa de coronar como la amante del empresario mallorquín, Lucas de la Peña.

De inmediato, comenzó a sonar el ring del teléfono de mi apartamento…- ¿Diga?- Contesté, ávida, nada más descolgar el auricular.

-   ¡Alma!, ¡Alma! ¿Estás viendo la tele?- Me preguntó la inconfundible voz sobresaltada de mi hermana, Lili.

-   Me temo que si... - Contesté resignada.- ¡Qué fuerte!- Exclamamos las dos a la vez.

-   ¿Tú…? ¿Tú crees que esto será bueno para el futuro de 3 LOLITAS?- Me preguntó Lili, nerviosa y con un tono de preocupación.

-   Pues no lo sé, Lili; pero creo que Cristal esconde más cosas…

-   ¡Ay, Alma! Que no estoy para más sorpresas... ¿Qué es lo que oculta?

-   Sólo te digo que la observes, ¿últimamente no te has fijado que no está en sus cabales? Hay "algo" que te sorprenderían demasiado en ella. 

-   Pero, ¿es que has visto "algo" fuera de lo normal? ¡Cuéntamelo!

-   Prefiero que lo compruebes por ti misma, me sabe mal delatarla y de todas formas no es un tema para hablarlo por teléfono. A todo esto, ¿Mario te llamó?

-   De momento no lo hizo y espero que no está viendo el programa, porque conociéndole pondrá el grito en el cielo. Mañana me paso por ahí para hablar tú y yo seriamente, hoy es muy tarde. Cúidate hermana.

Apagué la pantalla y me encerré en mi dormitorio. No quería saber ni escuchar ni ver nada más. Me despojé de los calcetines, del vaquero, del jersey, de la camiseta y me acosté en la cama en ropa interior. Cogí mi teléfono móvil, apagué a luz de la lámpara de la mesita de noche y me tapé con las mantas hasta la cabeza para entrar en calor.

Robert, solía enviarme todos los días mensajes en los que me decía lo mucho que me echaba de menos y las ganas que tenía de verme. Sobre las doce de la noche, solía llamarme.  Me quedé acurrucada, en posición fetal, observando queda el aparato. Así estuve durante al menos veinte minutos. Los párpados caían pesados  y apunto estaba de quedar profundamente sumida en un dulce sueño, cuando de pronto el móvil comenzó a sonar estrepitosamente. Era él.

 -     ¡Hallo, preciosa!

-      Hola, Robert. – Le saludé, dulcemente, entre bostezos.

-   ¿Qué te pasa? Te noto triste y cansada.

-   Pues debes de ser adivino, porque estoy agotadísima y tristísima porque tú no estás a mi lado.- Le dije cariñosa.

-   Bueno, ambas cosas se pueden arreglar. La primera con un buen masaje y la segunda… Precisamente te llamaba para darte una noticia, pero es “surprise”.

-   El masaje como no me lo dé yo a mi misma… Y ¿Una sorpresa has dicho?- Pregunté, a la vez que di un respingo.

-   Yes, me han concebido cuatro días de permiso para estar contigo ahí, en Madrid. Además he tenido que adelantar mi viaje, por lo tanto este jueves podré estar contigo hasta el lunes, y te daré todos los masajes que me pidas.

-   ¡En Madrid! ¿Este jueves? ¿ya?- Exclamé embriagada por la emoción.- ¿En Madrid?- Volví a preguntarle como ida.

-   Alma, sí, en  Madrid. ¿Te encuentras bien? ¿Estás muy alterada?

-   Sí, es que…- hice un silencio, luego musité.- Es que no sé si será buena idea vernos aquí, en la capital.

-   ¿Por qué? – Preguntó él serio.

-   Pues, porque aquí las cosas están un poco “calentitas” con los paparazzi. Hoy sacaron a mi hermana en un programa del corazón y no me gustaría que me sacaran a mí también.

-   ¿Es que no quieres verme? ¿Te avergüenza que te vean conmigo?

-   Sí, claro que quiero verte, y no, no me avergüenzo, no es eso. Pero…

     Robert me cortó de inmediato sin dejar que terminara la frase.- Entonces, ¿qué problema hay para vernos? ¿Qué te importa lo que digan los demás? …

-   No hay ningún problema, Robert…

-   En quince días me voy a Nasiriyya, ¡me voy a Irak!… Y no si volveré, Alma. Crees que me importan a mí los paparazzi…

-   ¡Tienes razón, Robert!, perdona.- Le dije, luego exclamé alertada.- ¡¿Nasiriyya?!- Casi lo había olvidado. Los ojos se me llenaron de lágrimas instantáneamente.

Él, desde el otro lado del hilo telefónico, permanecía en absoluto silencio. Sé que como ex militar debería de ser una persona acostumbrada a aquel tipo de noticias, pero no podía soportar la idea de que se marchara a un país tan peligroso y tan conflictivo como Irak. Era un país en guerra con guerras internas inmersas dentro de la propia guerra. Era consciente de que era su trabajo, de que sólo serían tres meses y se acabaría todo. No podía hacer frente a las decisiones militares e impedirle que acometiese sus obligaciones. Pero la sola idea, el mero pensamiento de una posible muerte me rasgaba lo más profundo de mi corazón que sentía sufrir poco a poco.

Por supuesto, cambié la forma de ver la proposición de acercarse hasta Madrid el próximo jueves. No era por ser negativa, pero realmente, podría ser la última vez que nos volviésemos a ver…

-   No llores, Alma. – Me decía él.- Piensa que en cuanto pasen tres meses, seré un hombre libre. Entonces, ¿qué dices? ¿Me vendrás a buscar este jueves por la mañana temprano a Barajas?

-   Cuenta con ello, Robert… Estoy deseando volver a verte, besarte y sentirte igual de intensamente que la última vez que nos amamos.

Me despedí de él cariñosamente. Robert, parecía muy contento y entusiasmado con la idea de venir a verme.  Yo también estaba entusiasmada, pero no me agradaba el tener que lidiar con los posibles paparazzi que surgieran de la Nada. Estaban a la orden del día. Nunca entendí la necesidad que tienen algunas personar por saber de los trapos sucios de otras o el afán de fustigación de los trabajadores de a pié para ponerse los dientes largos viendo la facilidad con la que ganan el dinero algunos famosos por el hecho de hacer una simple afirmación en una revista.  En nuestro país pronto se aireaba la vida privada de cualquiera que saltase a la fama, ya fuera un personaje popular, un futbolista, un torero, una actriz, un cantante, un político o una modelo.

De nuevo estaba a punto de quedarme dormida, cuando unos fuertes ruidos y golpes a los muebles provenientes de la sala me despertaron. Me desvelé por completo y me quedé escuchando en silencio. En un primer momento, pensé en posibles ladrones. Me asusté y  me erguí lentamente. Me dirigí a la puerta, giré el pomo con cuidado y la abrí sin hacer escándalo, sigilosa miré a través del resquicio que quedaba entre abierto. Tragaba saliva y me temblaban las manos. El corazón me latía muy fuerte. Parecía que un extraño se acababa de colar en el apartamento y buscaba algo con desesperación. Pensé en la banda de kosovares de la que hablaba las noticias, una banda organizada que se dedicaban a asaltar las viviendas de lujo.

   Agarré un bate de Cricket que estaba apoyado en una de las esquinas de mi habitación, que guardaba como recuerdo de mi último viaje a Londres. Salí sin pensármelo dos veces, dispuesta a abrirle la cabeza  a aquel cerdo, hijo de puta  y husmeador que se había colado sin permiso en el interior del piso...

domingo, 14 de marzo de 2010

Tres Lolitas Capítulo 16. "Mientras tanto en una pequeña ciudad francesa"...


En Naborna, una bella y pequeña ciudad situada al sur de Francia, entre Perpiñán y Montpellier, perteneciente al departamento de Aude en la región de Languedoc-Rosellón; Marie, una mujer octogenaria, de larga cabellera cana, enroscada y recogida en un elaborado moño; disfrutaba viendo y escuchando las noticias del canal internacional español.

Queda, la anciana atendía al presentador de la última edición de los informativos, clavando en él las pupilas de sus ojos, más oscuros que la noche. Como hablaba el idioma, no le costaba entender lo que se decía. Su madre, ya fallecida desde hacía más de treinta años, había sido zaragozana y entre otras cosas, veía aquel canal, porque le recordaba a ella.  

Marie que vivía sola en su casa desde que había enviudado dos años atrás, estaba a punto de sumirse en un profundo y dulce sueño, cuando una música melodiosa la transportó de vuelta a la realidad. Un joven periodista, entrevistaba a un grupo formado por tres chicas y que respondía al nombre de “3 LOLITAS”.

Marie miraba maravillada a las jóvenes veinteañeras, ensimismada. Se recordaba a ella en sus años mozos, cuando iba a los bailes y ligaba con los chicos que la sacaban muy gustosamente a danzar a la pista. Cuando se podía permitir llevar otro tipo de ropa más juvenil y alegre. Se sentía ya tan anciana y cansada… Pero de repente, percibió un rasgo en una de aquellas chicas, que la hizo levantarse dando un respingo del sillón de orejeras en el que estaba sentada.

La anciana, se acercó al aparador y cogió las gafas de vista que reposaban sobre él. Se las puso muy rápidamente y observó con detenimiento a la chica que le había llamado profundamente la atención. “Dios Santo”.- Exclamó, dándole un vuelco al corazón.- “Es la calcomanía de mi Gerard”.  “Tiene su misma mirada, su mismo color de ojos, su misma sonrisa traviesa, la misma expresión en la cara”... “No me lo puedo creer”…Musitó.

Marie, tenía un presentimiento.  Apuntó el nombre del grupo sobre un viejo papel inservible. Nerviosa, corrió junto al teléfono. Cogió la agenda y buscó un número con desesperación. En cuanto dio con él, marcó sus dígitos y esperó impacientemente a que alguien desde el otro lado de la línea le descolgase de inmediato.

-   Allô?- Se escuchó la voz rasgada de un hombre.

-   Gerard, ¿por qué has tardado tanto en descolgar? No estarás con alguna puta, ¿verdad?- Le increpó, Marie. -   Anda, hijo, busca en tu ordenador, en eso del Internet “3 LOLITAS”.

-   Pero madre, ¿Has visto la hora que es?


- ¡No remugues más! y haz lo que te pido, ¡s'il vous plaît!

-   ¡D’accord!- Contestó su hijo, resignado que sin colgar el teléfono, se dirigió hasta su mesa de escritorio y encendió el ordenador. En el buscador del servidor de Internet, introdujo el dato que le acababa de transferir su madre por teléfono que tecleó ágilmente…

Gerard, tenía cincuenta y ocho años, era el armador de un barco de transporte de mercancías peligrosas. Físicamente, era alto, moreno de piel… Tenía el cabello largo, pero muy cuidado de color negro azabache. Se diría que por él jamás pasaban los años, parecía como si hubiera hecho un pacto con el mismísimo Diablo. Siempre solía llevar el pelo recogido en una coleta hacia atrás. Vivía solo en un apartamento de Montpellier. Aunque todos los fines de semana que tenía libres, se acercaba a Narbona, a la casa de su madre, para estar con ella unos días. Nunca había sido un hombre de ataduras era por eso que continuaba soltero y sin compromiso. Siempre había ido reivindicando su libertad a los cuatro vientos, hasta que sintió que aquella libertad de la que gozaba, necesitaba ser compartida con alguien que le llenase y que no encontraba.

La pantalla de su ordenador se llenó con distintas fotografías de tres chicas, componentes de un famoso grupo vocal español y hermanas trillizas. En una pequeña biografía se contaba que habían sido criadas en un convento al haberlas abandonado su madre, una semana después de haber dado alud a mediados de Febrero. De su padre nada sabían, más que era de origen francés y respondía al nombre de Gerard.

Se hizo un largo silencio. Marie jugueteaba nerviosa con el cable del auricular. Al otro lado, su hijo miraba atónito a la chica de sus ojos. Poca gente había conocido, más bien nadie que tuviera su mismo tono de verde.

A Gerard se le erizó el vello de los brazos, un puñal le atravesó el corazón partiéndoselo en dos y causándole un  dolor inconmensurable. Un nudo se le instauró en la boca del estómago y recordó haber visto antes el rostro de otra de las 3 Lolitas años atrás, el de la pelirroja… Un flashback fugaz recorrió su mente en cuestión de segundos y se vio a la edad de veintiocho años pisando tierras gallegas por primera vez.

Corría el mes de mayo de 1979. De aquella, formaba parte de la tripulación de una nave petrolera.

Una noche estrellada, conoció en un pub de copas de Vigo a Carol, una preciosa joven de larga y ondulada cabellera pelirroja, ojos color miel y nariz respingona cubierta de pecas diminutas. Él bebía tranquilo un San Francisco sentado a la barra, cuando ella se le acercó por detrás y empezó a piropearle. Vestía un traje escotado de minifalda que dejaba ver el canalillo de sus dos voluptuosos pechos que invitaban a la imaginación más obscena, de cualquier hombre que la mirase…

Aquella misma noche entablaron conversación, entre risas y chupitos se dejaron llevar intercambiándose besos húmedos y caricias prohibidas; a Carol le atraía el deje francés y al francés el esculpido cuerpo de la española. Así surgió entre ellos una fuerte atracción sexual.

Gerard invitó a Carol a subir a la habitación de una pensión cercana al puerto, en la cual se alojaba. Sobre la vieja cama de somier de muelles, la poseyó una y otra vez hasta el amanecer. Carol, gemía de placer en su primer encuentro sexual con aquel hombre desconocido que le parecía maravilloso y que la había transportado al Nirvana. Se quedó dormida embriagada por la nueva experiencia, yacía desnuda y boca abajo sobre las arrugadas sábanas sudadas y no reparó en que su carnet de identidad se le había caído al suelo al quitarse la ropa. La mala suerte quiso que Gerard lo recogiera al levantarse para orinar y curioso le echó una ojeada. Cuando comprobó la edad de la mujer a la que le acababa de hacer el amor, un sudor frío le recorrió la frente. Tragó saliva, confuso y asustado, pensó que lo mejor que podía hacer era marcharse. No quería problemas con la justicia y menos con los padres de la chica, así que sin hacer ruido para no despertarla, se vistió como una exhalación y se fue. Carol tenía sólo dieciséis años, él veintiocho… Jamás quiso volver a saber de ella…

-   ¿Gerard? ¿Es- tu bien?

-   Sí, madre, estoy bien…- Contestó él con tono serio, apagado, comedido y entristecido; sin dejar de apartar los ojos de la pantalla del ordenador, sin dejar de mirar aquellos ojos verdes idénticos a los suyos que se le clavaban en lo más profundo del alma...

-   ¿Crees que pueden ser tus hijas?, yo creo que al menos una de ellas sí lo es. Me lo dice el corazón, Gerard. Esos ojos verdes son los tuyos, no me cabe duda. ¿Qué vas a hacer?

-   ¿Cómo que qué voy a hacer, madre? No voy a hacer nada. Me tomarían por un interesado, con qué cara aparecería yo de repente a entorpecerles la vida a esas tres chicas…

-   Ah, entonces, ¿no las vas a ir a buscar?- Apuntó Marie enojada.  

-   Pero madre, ¿te estás escuchando?, y ¿si no son mis hijas?

-   Gerard, eres un golfo redomado y entre madre e hijo, los dos sabemos que vuelves locas a las mujeres de todos los puertos que has tocado y tocas desde que te hiciste marino. Es más probable que dejes a una mujer embarazada a que cojas una cogorza. Y yo quiero conocer a mi nieta de los ojos verdes, antes de morir...- Marie colgó el teléfono con los ojos inundados en lágrimas.