viernes, 19 de febrero de 2010

TRES LOLITAS Capítulo 13 "Intenso Fin de Semana"

Caminamos callados, el uno al lado del otro. Caminamos hasta el lugar en donde había aparcado su moto. Nos montamos en ella y aceleró fijando el rumbo a su casa, situada dentro de la Base, en el poblado americano.

A nuestro alrededor se palpaba una tensión sexual contenida que estaba a punto de estallar de un momento a otro. A punto de destruir y arrasar con cuanto tropezara a su paso.

            Nada más llegar, desmontamos de la moto. Primero yo y luego él. Nada más desabrocharnos y quitarnos los cascos, no pudimos resistirnos y caímos en la tentación de unir nuestras bocas que se clamaban desesperadas a través de miradas deseosas del placer más brutal y desgarrado.

Robert agarró mi casco y lo dejó junto al suyo, sobre el asiento de un columpio de madera descolorida que colgaba del porche de su casa.

Me temblaba todo el cuerpo y no podía dejar de mirarle. “Dios qué bueno estas, cabrón” pensaba clavando los dientes sobre mis labios torturados por las ansias. Le había extrañado demasiado. Soñando con aquellos besos que me había brindado sobre las rocas del espigón.

Robert se acercó ávido hacia mí y me agarró fuertemente entre sus brazos. Me espetó su  boca contra la mía que no pudo repeler el impacto. Comenzamos a besarnos como si nos fuera la vida en ello. Besos húmedos y de tornillo. Jugueteábamos con nuestras lenguas...

De repente, me aupó agarrándome con sus fuertes manos bajo mis nalgas que apretaba con sus dedos desatando mi más salvaje furia sexual. Me estremecía con cada caricia.

Yo le rodeaba la cintura con mis piernas y con mis manos le acariciaba la cabeza. Él me apoyó la espalda contra la puerta de la entrada y sin dejar de besarme, sin dejar de sostenerme en peso. Casi como haciendo un malabarismo, consiguió abrir la puerta con la llave…

 Una vez dentro me tumbó sobre el incómodo sofá verde caqui de la sala y mutuamente comenzamos a desnudarnos el uno al otro, arrancándonos la ropa como si fuéramos famélicos caníbales con ganas de devorarnos vivos.

Mis entrañas seguían estremeciéndose al extremo del placer más intenso que jamás nunca había experimentado antes. Nos incorporamos, rozando nuestros cuerpos desnudos, forjados el uno al otro. Se sentó y yo me monté sobre él a horcajadas, sintiendo como penetraba su pene erecto y duro dentro de mí sexo dilatado e híper mojado de flujo.

Su lengua comenzó a rodar por mi piel desde el cuello hasta los pezones de mis senos endurecidos que besaba con extrema suavidad extasiándome y haciéndome humedecer todavía más. – No te pares, nena.- Me pedía mientras me mecía sobre él con suaves pero continuos movimientos, sintiendo la suavidad y el calor de su miembro, a punto de transportarme al Nirvana al que llegué jadeante de satisfacción, cuando por fin sentí como su semen caliente correteaba por mi vagina llenándome hasta casi rozar mi alma.

Terminamos enganchados el uno al otro, abrazados, empapados en sudor, exhaustos del mayor de los gozos, convertidos en un solo ser. Nunca olvidaré aquella primera vez…

 - ¿Te apetece un cigarro?- Me preguntó una vez pasado el fulgor del momento.

-   ¿Es que fumas?- Le pregunté extrañada.

-   Sólo en ocasiones especiales…- Musitó ofreciéndome un cigarro.

Sonreí y acepté el pitillo.

-   ¿Sabes? Estoy hasta los cojones de mi vida.- Me confesó mientras que se encendía el cigarrillo con un zippo plateado que dejó un pequeño tufo de gasolina en el aire y que por cierto me encantaba. Como me encantaba verle contoneándose desnudo ante mis ojos desorbitados que no apartaban la vista a sus nalgas prietas.

-   ¿Por qué estás hasta los cojones de tu vida?- Pregunté aturdida.

-   Porque me jode tener que seguir órdenes de un capullo como mi presidente. Jodido hijo de puta. He pensado que llevo en esta mierda metido muchos años y me voy a licenciar, Alma. Sí, lo tengo claro. Pensé que aguantaría como lo hizo mi padre, pero ya estoy harto.

-   Pero ¿Cómo que te vas a licenciar? Y, ¿a qué te vas a dedicar, Robert?

-   A lo que realmente me gusta. A sentir la libertad de decidir sobre mi vida. A lo que sea… ¿Qué más da? Una vez que esté fuera de este puto trabajo, ya me las apañaré.

-          Realmente estás enojado…

-     Me mandan a Irak dentro de un mes, ¿sabes?; y eso precisamente es lo que me toca los cojones… Ni te imaginas cuantos compañeros han muerto por la estúpida cabezonería de encontrar  las inexistentes armas de destrucción masiva. Y lo peor de todo es que todavía hay gente que se lo cree.

-   ¿Es que no existen?- Pregunté arqueando las cejas y arrugando la nariz ante sus sorprendentes repulsas hacia su gobierno.

-   ¿Qué van a existir? Cualquier arma es de destrucción masiva. Que el dictador ese era un hijo de puta vale, todos los  dictadores lo fueron y lo son.

-   ¿Por cuánto tiempo te vas a Irak?

-   Tres meses, después seré un hombre libre.

-   ¿Vas como espía?

-   No, es una misión normal.

-  Me dejas algo más tranquila, pero allí hay una guerra muy jodida. No sé, tengo compañeros que también los mandan para allá y me han comentado que están preocupados. Temo que te suceda algo, Robert…

-   Piensa una cosa, Alma, sólo son tres meses; después seré  un hombre libre.

“Un hombre libre…”, pensé para mí, qué bien sonaba esa palabra…

-   Antes de irme, me gustaría pasar contigo otro fin de semana como este, ¿quién sabe?..., quizás no vuelva…

-   Pues qué ánimos… No digas eso ni en broma, ¿me oyes?- Le dije saltando a sus brazos, besándole, sintiendo de nuevo el rozar de nuestra piel todavía caliente y pegajosa por el sudor.

Y de la misma forma que empezamos aquella tarde de desenfrenado amor loco, nos metimos en la ducha bajo el chorro de agua tibia. Sintiéndonos de nuevo, forjándonos en un solo ser de ardiente pasión desmedida. Follando como animales. Parecía que llevásemos siglos sufriendo el celibato de la castidad más absoluta…   

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