jueves, 18 de febrero de 2010

TRES LOLITAS Capítulo 12 "Fama"

3 Lolitas, había despegado fijando rumbo hacia una fama que parecía no tener retorno a nuestra antigua vida tranquila. “Three Hearts”, había causado furor entre el público más adolescente. En pocos meses, vimos como se incrementó nuestra cuenta corriente. Las cifras crecían vertiginosamente coma la espuma.

Aquel single alcanzó el primer puesto de la lista de los principales de la radio, un par de semanas después de su lanzamiento; mientras que nuestro segundo tema, “Ojos de ángel” comenzaba a hacerse un hueco en ella. Pronto el disco consiguió colocarse entre los más vendidos del mercado compitiendo con álbumes de músicos y cantantes de talla.  
  
Nuestros hábitos cambiaron por completo. Pasamos de llevar prendas normalitas y convencionales,   a mostrar las mejores firmas de ropa y calzado. Los diseñadores más prestigiosos del país empezaron a interesarse por nosotras, sobre todo por Lili; llegando incluso a abofetearse entre ellos por vestirnos de arriba abajo.

Gente importante y personajes muy conocidos. Ave nocturnas del mundo de los saraos y la farándula, de repente, también fijaban su atención en  nosotras y nos invitaban muy complacientes  a sus lujosas fiestas vip.

Había establecimientos en los que ni siquiera nos cobraban y nos agasajaban  con regalos glamurosos, sólo por ir a comprar allí y darles publicidad.

Los fans nos paraban por la calle para que nos dejásemos retratar a su lado y dedicarles autógrafos firmados sobre recortes de revista y hasta en los sitios más inimaginables.

Mario se frotaba las manos. Él se sentía orgulloso de nosotras, de cómo nos iba y de él mismo, más que nada, porque estaba haciendo su agosto a nuestra costa. Nunca le habíamos visto emanar tanta felicidad, si “3 LOLITAS” ganaba dinero, recíprocamente él también lo hacía. Además de aumentar  su  reputación y recibir felicitaciones desde las más altas esferas de la compañía discográfica. Así, Mario, empezó a codearse con grandes artistas. – Cuando veo un diamante en bruto, sólo tengo que pulirlo un poco y ¡voilá!- Les decía a sus amigotes, soltando después una larga carcajada de satisfacción. 

 Como la compañía de discos estaba muy contenta con nuestro trabajo al haber alcanzado más de tres mil copias vendidas en menos de dos semanas; Mario decidió hacer un paréntesis en el camino para darnos tres días libres.

Sería un fin de semana completo de viernes, sábado y domingo. Llevábamos un par de meses ajetreados después de dar el gran salto. Viajes, entrevistas, presentaciones, reuniones, comidas, sesiones fotográficas, fiestas… El tiempo pasaba veloz con aquel ritmo de vida y necesitábamos un descanso urgente.

Un día te levantabas a las siete de la mañana y cuando te querías dar cuenta, volvían a ser las siete de la mañana del día siguiente. Había jornadas que era imposible aguantar tanto vaivén.  Cuando no teníamos una entrevista en la radio, la teníamos en la televisión o cuando las teníamos una seguida de la otra. Cuando no teníamos que ofrecer un micro concierto en algún local de moda de Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia. 3 Lolitas daban la vuelta por toda la península, promocionando su disco por los centros comerciales más concurridos, causando furor entre las adolescentes que las querían emular.

Jamás se me hubiera pasado por la cabeza ni la más remota idea de que algún día me vería en mitad del mundo del espectáculo. A mi hermana Lili, segurísimo que sí, pero a mí no… Y ya por entonces, empezaba a echar de menos mis viejas costumbres. Necesitaba descansar de todo el boom mediático. Y aquel fin de semana que Mario nos ofreció me vino como anillo al dedo.

Cristal, Lili y yo,  llevábamos unos meses compartiendo un lujoso apartamento en pleno centro de la ciudad. Lili había puesto fin a su relación con el guitarrista de la banda rock, tan sólo, desde hacía un par de días. Rompieron por culpa de una tercera persona. Esa tercera persona, se trataba de un guapo actor de una serie muy populosa del canal 3 con el que ella le fue infiel en reiteradas ocasiones. Recuerdo que la primera vez que decidió tirárselo en su cuarto, Cristal y yo tuvimos que emigrar literalmente del apartamento para pasar la noche en un hotel cercano. Era imposible conciliar el sueño escuchando tantos gemidos. Parecían dos leones apareándose en mitad de la Sabana africana.

De la ruptura de mi hermana, obviamente, se hizo eco toda la prensa rosa. Lili, el actor y el guitarrista acapararon muchas portadas sin poder remediarlo ninguno de los tres. Era la parte más dura de la fama, las consecuencias que tenía ser un personaje popular, la poca intimidad de la que uno disponía…

Aquel largo fin de semana de relax, sentí la necesidad de hacer un viaje que hacía tiempo llevaba dándole vueltas. Mario me había invitado a pasarlo de forma amistosa, según él, en una casa que había alquilado para la ocasión en Ibiza. Pero sin dudar ni un ápice, decliné su invitación y en mi lugar fue Cristal. Digamos que el haber saltado a la fama, le había proporcionado a mi hermana una extensa lista de posibles ligues, amigos íntimos de Mario, entre otros. Hombres con mucho dinero y poder que estarían ese fin de semana en la isla. Y según ella, no estaba dispuesta a desperdiciar una oportunidad de poder sacarse a Carlos y a la brasileña de la cabeza de una vez por todas.  

Yo agarré mis bártulos y salí de la capital peninsular sobre las diez de la noche del jueves con dirección a Rota en mi Peugeot 206. Conduje toda la noche en silencio, tranquila, con la única compañía de los Deep Purple. Cómo me gustaba su música y las letras de sus canciones. Ecucharles hacía que no me sintiera sola en mitad de la autovía, escasa de tráfico y rodeada de la más absoluta oscuridad.  

Llegué a la provincia de Cádiz sobre las seis y media de la mañana y a Rota una hora después. Pero antes paré a desayunar un café con leche y un cruasán, en la cafetería de una gasolinera de carretera cerca del Puerto de Santa María. 

Amanecía un viernes en el que se me venían a la memoria un sinfín de recuerdos, de sensaciones, de costumbres de no hace mucho que en cambio parecían demasiado lejanas. Sentía la necesidad ansiosa de volver a revivirlas.

Me hospedé en un aparta-hotel del pueblo. Al llegar dejé mi maleta sobre la cama, la abrí. Saqué unos jeans limpios, mudas y una camiseta de tirantes, blanca y de algodón. Luego me dejé caer, boca abajo, sobre el colchón. La suave colcha de chenilla acariciaba mi mejilla y tardé poco tiempo en quedarme dormida. Pegué una pequeña cabezada de un par de horas.

A las diez y media de la mañana, me desperté alertada por el molesto ruido del motor de los cortacéspedes de los operarios de mantenimiento que estaban arreglando los jardines de los alrededores de la piscina.

Me dolía un poco el cuello de la postura que había adoptado al dormir. Decidí tomar una ducha caliente, para desentumecer los músculos y dejar escapar las energías  negativas. Estuve un  buen rato bajo el chorro de agua que salía con mucha presión, como a mí gusta. Sentía cada gota rozar mi cuerpo como una pequeña caricia, dejándome llevar por la presión que ejercía la fuerza del agua sobre mi espalda, sobre mi pelo, sobre mi cara, sobre mis senos... Me dejé embriagar por el perfume a rosas de mi gel de baño, mientras me acariciaba, suavemente la piel enjabonada y espumosa con mis manos.

Me sequé el pelo con la toalla. Luego moldeé mi larga melena dorada, todavía  húmeda, con el gel fijador para sacarle ondas. Me coloque frente al espejo del tocador y cuidadosamente me despojé del albornoz que cubría mi cuerpo desnudo para ponerme unas finas braguitas de encaje y talle bajo (nunca comprenderé qué tienen de cómodo los tangas, si es una incómoda tira de tela que te va rozando la raja del culo). Luego me coloqué el sujetador a juego con las braguitas que me costó lo suyo abrochar. Me enfundé en los jeans desgastados, me puse la camiseta de tirantes, blanca y de algodón y me calcé en los pies mis “All Star” en azul marino.

El Sol lucía imperioso en lo alto de un cielo azul, libre de nubes. Nada más salir del aparta-hotel, respiré hondo para dejarme envolver y enajenar por la mezcla de los aromas de las plantas de jazmín florecidas en los jardines y los arbustos de romero.

Me subí en mi coche y me fui a ver a Lorena al “Baskin Robbins”. Como todavía seguía siendo soldado de infantería en la reserva y tenía acreditación militar para acceder dentro del recinto militar, no tuve problemas. Pero antes, pasé  a saludar a mis antiguos compañeros de fatigas. Sus caras eran una mezcla de asombro, alegría e incredulidad. Después de charlar un rato con ellos y dejarme devorar (muy a mi pesar) por las sátiras miradas de algunos de ellos, me fui directa a la heladería en donde trabajaba mi amiga.

-   Hola Lorena.- La saludé nada más verla.

Ella al principio ni se inmutó, supongo que no se hacía a la idea de que yo fuese a aparecer por allí. Cuando se dio cuenta, dio respingo y exclamó llena de alegría- ¡Alma! ¡Quilla! ¡No me puedo creer que estés aquí! ¿Pero tú sabes el jaleo que has montado?

-   Pues que yo sepa nada malo, creo… ¡Y baja la voz qué me da vergüenza todo esto! Además, sabes que nunca me gustó llamar mucho la atención…

-   Pues para no gustarte… - Apuntó poniendo los brazos en jarras.- Bueno, cuéntame… ¡Que emocionante! Ahora te seguirán los paparazzi y  todo eso, ¿no?

-   Pues no, al menos no como tú te crees. Todavía estamos empezando…

-   Anda, dime de qué quieres el helado que invita la casa.

-   No te molestes, Lorena. A estas horas de la mañana no me apetece tomar helado. Y si me apeteciese te lo pagaría. Sólo he pasado a saludarte.


-   ¿Sólo a saludarme?- me preguntó ella frunciendo el ceño.

-   Sí sólo a saludarte.- Me reafirmé. Pero realmente, tenía ganas de preguntarle si sabía algo de Robert o si el repartidor de los helados le había visto, pero intenté contenerme. – ¿Y tú qué? ¿Tienes novio?- Le pregunté para desviar la atención.

-   Sí. Claro. Se llama Raquel.

-   Ah…- “Pero ¿qué es lo que ha dicho?” pensé para mí. “Vaya corte”.- ¿Qué se llama Raquel?- Pregunté con cara de circunstancia.- ¿Rafael?

-   No, Rafael no. Raquel… Sí, es que soy lesbiana. Sinceramente, Alma, me ha llevado su tiempo reconocerlo y aceptarlo. Pero al final tuve el valor suficiente y la fortaleza para como dicen “salir del armario”. Y todo se lo debo a ella. Es marinero de la Armada, está destinada en una fragata de la 41 escuadrilla. A lo mejor la conoces…

-   No creo que la conozca, Lorena… Quizás de vista… De todas formas, si esa mujer es la persona que te hace feliz, me alegro mucho por ti y por ella. Te lo digo de todo corazón. Has sido muy valiente en mostrarte tal como eres y eso es muy digno de admirar.

Estuvimos hablando durante largo rato y Lorena no me invitó al helado, sino que fui yo la que la invitó a ella. Compartimos experiencias y risas, además de zanjar rencillas pendientes que quedaban entre nosotras. Después de pasar un momento agradable disfrutando de su compañía, me despedí de mi amiga brindándole un fuerte y conmovedor abrazo, más un par de besos. Alegrándome muchísimo por ella, le deseé todo lo mejor y me fui de allí con una sonrisa de satisfacción dibujada en mi rostro.

“¿Por qué empeñarme en buscar a alguien que no me buscaba a mí?” Cavilé. 

El día continuaba esplendoroso. Los rayos del astro rey acariciaban suavemente mi cara.  Abrí de par en par la ventana del aparta- hotel para dejar entrar la brisa del mar, me costó un poco correr el duro mainel. La tarde se echaba encima y me sentía sola. Necesitaba compañía y salí a dar un paseo por Rota, escondida tras unas gafas de sol.

Algunas personas, me paraban por las estrechas y serpenteantes calles para hablar conmigo. Vecinos que me conocían de antes, pero que yo no recordaba y que me ofrecían su cariño como si fuera una más de los suyos. Nunca pensé que pudiera llegar a recibir el calor de tanta gente, que me mostraban sin reparos su apoyo incondicional acompañado de halagos y piropos que no hacían otra cosa que enrojecerme las mejillas.

Recuerdo a dos chiquillos de unos doce años, con esa gracia y arte gaditano que me abordaron en la esquina de una boca calle para pedirme el autógrafo. La fama era una cosa que no me entusiasmaba mucho y no le daba mayor importancia de la que realmente tenía. Era algo con lo que había que convivir y punto. Me lo tomaba como una especie de juego. Eso sí, sin despegar los pies del suelo, a fin de cuentas, era una persona como otra cualquiera. Una mortal más sobre la faz de la Tierra.

Cerca de la parroquia de Nuestra Señora de la O, escuché una voz que se me hacía familiar. Allí, sentí una voz de hombre clamar mi nombre en la lejanía. El vello de mi piel se erizó, el corazón comenzó a palpitar fuertemente como queriendo salir de mi pecho hacia la boca. Regresaron fortuitos los recuerdos de sus besos, las mariposas que agitaban las alas dentro de mi estómago, el temblor de las rodillas…

Me giré buscándole con la mirada, con los ojos empañados en lágrimas y entonces, le encontré. Apareció como salido de la Nada. Robert corría hacia mí, abandonando a su acompañante, un hombre del que casi ni se despidió.  - ¡Alma!- Exclamó sobresaltado.

Yo no me lo podía creer.- ¡Robert!- Pronuncié su nombre.- Cuanto tiempo…- musité después.

-   Lo sé…- Dijo él desviando la mirada hacia el suelo.

Deseaba besarle de inmediato.

-   ¿Qué tal en Afganistán?, ¿lo pasaste bien?- Le pregunté con cierto retintín e ironía.

-   Te lo iba a contar, pero fue todo muy rápido y no quería que sufrieras por mí, Alma.

-   ¿Qué no qué? ¿Qué no querías que sufriera? Ya, claro… Muy considerado por tu parte. Mira Robert, si hay una tercera persona y no quieres compromiso alguno conmigo, sólo tienes que decírmelo y punto. Me gustabas mucho y hasta no me hubiera importado tener que compartirte con otra, pero…- Me quedé unos segundos pensativa.

Robert callaba como otorgando. Me miraba quedo, en silencio, sin desviar sus ojos azules de los mis ojos verdes. Su rostro mostraba semblante serio, como enfadado. Me daba la sensación de que se sentía algo culpable. -   Compré el disco.- Me dijo para quitarle hierro al asunto.

-   ¡Ah! ¿En serio? Claro, ahora como tengo fama te interesas por mí. Es eso, ¿no?

-          No…

-          A ver en qué quedamos, ¿te importo o no te importo? …

-   Me importas, pero no me diste tiempo a demostrártelo. Cuando llegué de Afganistán desapareciste. Te llamé cientos de veces a tu número de móvil, pero un contestador, siempre me decía que no estabas disponible.

-   Es que cambié el número y de compañía telefónica. Lo siento…- Me excusé.

-    Entonces yo podría pensar que tú tampoco te interesaste por mí una vez que palpaste el éxito y la fama, ¿no crees? ¿Por qué no me volviste a llamar?, yo no cambié mi número.

-   Pensé que no me querías, además, ¿Qué coño hago yo dándote explicaciones a ti? ¿Por qué no me dijiste tú que te ibas? ¡Di!.- Insistí desesperada y enojada.- Sé que me ocultas algo.

-   No hay una tercera persona física, Alma. Realizo trabajos esporádicos para el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) de mi país. Misiones de guerra. No nos permiten contar absolutamente nada sobre a dónde vamos ni lo que hacemos en cada misión. Ni mucho menos comunicarnos con nadie por teléfono cuando estamos desplazados. Soy espía… Pero preferiría que hablásemos de esto en mi casa, si tú quieres…

Con los ojos como platos y mordiéndome minuciosamente el labio inferior, dejé escapar una tenue sonrisilla traviesa y asentí con la cabeza… 



2 comentarios:

  1. He venido a darte las gracias por tu visita en mi blog.
    Me he encontrado con un blog muy interesante.
    Besos

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  2. Gracias a ti guapa.
    Besos.

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