viernes, 12 de febrero de 2010

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques IIIParte

Brígida, se preparó para la ferviente lucha y la liberación del pequeño rehén. Había que rescatar al niño Ismael cuanto antes de las feroces fauces del clero. Para ello, la bruja, debía de cavilar con fluidez para trazar en su mente, un buen plan de ataque. Pero era una tarea demasiado difícil porque todo acababa de suceder muy repentinamente. Así que tendría que ser algo improvisado.
El tiempo era escaso, había que actuar sobre la marcha. En la villa, el obispo tenía fama de ser un hombre rudo e impetuoso. Se sabía que era un experto manejando la espada.
“Qué pase lo que tenga que pasar” pensó para sí misma, Brígida que con rostro de resignación, terminaba de abotonarse, de abrocharse las hebillas y de colocarse sus atuendos correctamente. Varias correas de cuero cruzaban hasta la cintura, su voluptuoso cuerpo de pronunciadas y perfectas curvas. Correas que utilizaría para sostener su arma fiel. Un arco de madera de arce, fabricado por ella misma y dieciocho flechas puntiagudas. No estaba del todo segura si se encontraría con los dos justicieros que le arrebataron la vida a Hortesia de aquella forma tan cruel. Recuerdo que todavía no era capaz de borrar de su mente.
La hechicera, con mirada tierna, observó queda a Taranis, puesto que le preocupaba el gran riesgo que corrían ambos de ser prendidos y juzgados por el Santo Oficio. Pero el gesto que tuvo él hacia ella, al ofrecerle su ayuda, la llenaba de dicha. Se sentía feliz “Si hace esto por mí, aun sabiendo que se juega la vida, es que realmente me quiere”.
El mago ermitaño, por su parte, no había dudado ni un momento en ayudar a su amada, añadiendo su fuerza física, su magia, su destreza con la espada y la protección de su fiel Cova, la loba blanca. Sentía que debía hacerlo y una espina incrustada en su corazón desde hacía ocho años, le decía que aquel era el momento idóneo para vengar la muerte de Hortensia fuera como fuere. El momento adecuado para dejar de estar en deuda con Brígida, a la que también observaba pensativo… “Por ella hago lo que sea”.
Taranis, se atavió con sus vestiduras y se armó con su pesada espada plateada de empuñadura dorada, de larga y afiladísima hoja, que colocó introduciéndola, con sumo cuidado en su correaje. - Necesitaremos tus caballos….- Apuntó presurosa, Brígida a éste.
El hechicero emitiendo de su boca un característico silbido, hizo que dos imponentes corceles de color negro, apareciesen como de la Nada y se aproximasen hasta ellos. Uno era Trasno, el otro se llamaba Kobolt. Con total predisposición, montaron inmediatamente sobre las grupas de ambos caballos y tras el relinchar a dúo de los equinos, al galope, se perdieron los dos jinetes tras las brumas y la niebla, entre los árboles del espeso bosque.
Al medio, día llegaron a la villa de Betanzos. Pocas gentes merodeaban por las callejuelas, era la hora de comer y el tiempo no acompañaba. Prácticamente todos los vecinos estaban cobijados en sus casas.
Camuflados cada uno con sendas capas oscuras y con las cabezas cubiertas por capuchas, Brígida y Taranis desmontaron de sus caballos cerca de las inmediaciones del Convento de Santo Domingo. En una de las celdas del edificio, era donde se suponía que debía estar encerrado el pequeño Ismael a la espera de ser juzgado de manos del Cardenal de la zona. De ser condenado por hereje y poseído. El padre Sixto, estaba convencido de que el mismo Lucifer habitaba dentro de su cuerpo de infante.
La pareja de magos, ya estaba preparada para derramar sangre por salvar la sangre de un inocente.- “Apertum foris”.- Taranis, abrió la cerradura de la verja de acceso al convento.
Sólo se escuchaba resonar el eco cruzado de sus pasos caminando a lo largo de los corredores. Fuera comenzaba a llover, arreciaba tormenta y las gotas de lluvia caían golpeando incesantemente sobre el enlosado suelo y la piedra de las columnas de los pórticos que cercaban el atrio donde una gran variedad de plantas decoraban el pequeño jardín que imperaba en su centro.
El mago se dejó guiar por su abrumadora intuición y clarividencia. Los frailes dominicos debían de estar casi todos reunidos en el comedor junto al obispo. El Cardenal todavía no había llegado para dictar veredicto. Era un buen momento para actuar sin armar mucho escándalo – ¿Estás seguro de que en este convento hay mazmorras, Taranis?- Le preguntó en voz baja, Brígida.
– Claro, todas las fortalezas, monasterios y conventos las poseen y éste no va a ser la excepción. ¿Qué te crees que es lo que hacen con los clérigos que se portan mal con su Señor Dios? Tiene que existir algún acceso que conduzca a ellas por aquí cerca, estoy casi seguro, prácticamente puedo olerlo...
De repente, al ermitaño le llamó poderosamente la atención una pequeña tabla rectangular. Sus ojos clavaron en ella la mirada. La misteriosa tabla, estaba colocada justamente en el centro del empedrado suelo del oscuro corredor por el que transitaban a la par Brígida y él.
Se trataba de una trampilla de madera, situada a tan sólo unos metros por delante de ellos.- Ven, sígueme…- Le sugirió ávido a la joven. Taranis, tiró de un pequeño picaporte de hierro y levantó dicha trampilla. Una escalera estrecha, muy empinada y de maltrechos escalones, conducía a lo que parecían los subterráneos del convento. Probablemente a las mazmorras en las que el pequeño Ismael permanecía encarcelado injustamente
– Está muy oscuro, Brígida, baja con cuidado…- Musitó Taranis, cediéndole el paso muy caballeresco, mientras la sostenía de la mano cuidando de que no se tropezara.
La bruja se introdujo sin dudar pero sin dejar de aferrarse a la fuerte mano de su amado.
Una vez los dos dentro, Taranis volvió a cerrar la portezuela, colocándola como estaba y antes de que la chica accediera a dar un paso más en falso, pronunció otras tres palabras de nuevo en latín “iter clâritâs nostrum”, y se sucedió un gran resplandor que hizo que el largo túnel de escalinata de piedra caliza, se iluminara.
Cova, la loba blanca, se quedó arriba, en el piso superior; vigilando, ferozmente atemorizadora para que nadie se acercase a la trampilla.
Cuando por fin llegaron a las mazmorras subterráneas, Brígida y Taranis tuvieron que andarse con cuidado y sigilo, dado a que dos guardianes vigilaban las únicas seis celdas pero repletas de personas que allí había. El mago ermitaño y la bruja del los bosques de Irixoa, antes de hacer acto de presencia, permanecieron escondidos los dos tras una esquina.
Brígida, observaba con detenimiento cada uno de los movimientos de los vigías, armados con machetes, que caminaban aburridos de un lado al otro del pasillo. El ambiente era húmedo y cargado, olía a cloaca que apestaba y se hacía bastante difícil respirar. La joven sufría por el pequeño, no estaba dispuesta a que continuara en aquel agujero inmundo y asqueroso ni un minuto más.
Taranis, apreció a Brígida inquieta. Parecía como si la chica fuera a hacer algo salido de contexto, quiso prevenirla, pero sabía que era imposible, demasiado testaruda. Sin cavilarlo dos veces, sacó dos flechas puntiagudas del porta flechas que llevaba atado con cuerdas a su espalda. Primero colocó una flecha en su arco y seguidamente apuntó con decisión con dirección a la frente de uno de los dos guardianes, concretamente al que tenía más cerca y más a tiro. Un disparo fortuito y perfectamente impulsado con el que dio de lleno en la diana. La flecha fina y de madera de arce, voló recta y veloz atravesándole la cabeza al despistado hombre.
Sin esperar ni una milésima de segundo más, sin poder darle tiempo al otro guardián a desenfundar su machete y sin dejarle asimilar que acababan de matar a su compañero; Brígida apuntó de nuevo y lo fulminó del mismo modo. Los dos cuerpos de los hombres con una flecha clavada en sus frentes, yacían inmóviles en el suelo sobre un charco de sangre que poco a poco se iba haciendo más grande.
Las gentes que estaban encarceladas en las celdas subterráneas del convento de Santo Dominico, fueron testigos de lo que se acaba de acontecer frente a sus ojos. Asombrados… rompieron el silencio, con griterío y alboroto, festejando su probable liberación…
- ¡ ¡Deprisa…! ¡Liberemos a todos los reclusos antes de que su euforia llame la atención de los monjes y saquemos a Ismael de aquí!
- ¿Cómo que liberemos a todos los reclusos? Tal vez los haya realmente peligrosos entre estas rejas…
- Si son recluidos por el clero, seguramente no sean peligrosos en absoluto, Taranis, sólo contrarios a sus doctrinas impuestas… Además, así si salta la alarma, el que estén sueltos, nos dará ventaja a nosotros, ellos distraerán a los monjes, a los guardias del sacerdote, no se detendrán a reparar en el más pequeño de los rehenes… Así que ¡vamos!... ¡Vamos, hazlo!- Le insistió Brígida.
- “Apertum foris”… Y las cerraduras de las seis celdas se abrieron dejando en libertad a la muchedumbre.
Brígida cogió en brazos al pequeño que la recibió entre lágrimas y brindándole un sentido abrazo. Presurosa, se dirigió a Taranis y le dijo…- Ahora utilicemos tu magia para llevarle a Esther a su hijo…
- Taranis, Taranis… ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ocurre?...
Brígida bajó al niño inmediatamente de su regazo y zarandeó al mago agarrándolo por los brazos. Éste había palidecido, sus ojos estaban en blanco, gemía aquejado por su cabeza que le estallaba de dolor, al que había que añadir una gran presión sobre su pecho. No era capaz de formular ni una sola palabra. Algo, una fuerza invisible bloqueaba todos sus poderes, le hacía delirar, olvidar los conjuros y hechizos. Parecía como si estuviera catatónico… Fue un visto y no visto, de repente, su cuerpo se desplomó sobre el suelo de la planta subterránea ante la mirada de impotencia de la joven bruja, que para sí, se preguntaba “qué demonios era lo que estaba ocurriendo y por qué”…
Los demás prisioneros liberados, ya habían escapado veloces, sin perder ripio, subiendo prácticamente de dos en dos los maltrechos escalones. Pisándose los unos a los otros, apelotonándose en la estrecha escalera de piedra caliza del largo y angosto túnel que daba a los corredores del convento de Santo Dominico.
A Brígida, le temblaban las piernas, presentía que todo se torcía que las cosas no saldrían tan fáciles. Aquel bullicio llamaría la atención de los dominicos y del mismísimo obispo. Intentó levantar el cuerpo plomizo de su amado, pero fue incapaz. No podía dejar a Taranis abandonado de aquella guisa y a su suerte. Los frailes le encontrarían y no se perdonaría que le condenasen injustamente. El ermitaño no reaccionaba y su cuerpo comenzaba a convulsionar emitiendo impresionantes movimientos retorcidos. El pequeño Ismael, rompió a llorar al verle en aquel estado, el espectáculo era dantesco y tal vez, el niño también lloraba intuyendo el mismo desenlace que la joven.
Cova, protegía fervientemente la trampilla; cuando, alertados por los ruidos, el obispo, su guardia personal, el padre Sixto y un séquito de religiosos se acercaron para ver qué era lo que allí estaba sucediendo.
Antes de avanzar un paso más uno de los dos guardias, exclamó alertando a la comitiva y haciéndola detenerse en seco. -¡Mon Señor, un lobo!
-¡Ya lo veo! ¡Pues Matadlo!- Ordenó el obispo de inmediato.
-Pero mon señor, antes de que le pueda clavar el frío acero de mi espada, se abalanzará sobre mí y me matará de una dentellada en el cuello…
- ¡He dicho que lo matéis!- Replicó el obispo.- Y si el lobo se abalanza sobre vos para mataros que el otro guardián remate al animal, y si aun así, inútiles vástagos, no podéis con ese bicho, no creo que una sola fiera pueda con el indómito acero de varios hombres…

Efectivamente, Cova se inclinó hacia delante y se arrojó sobre el primer guardia hincándole con dureza y en la yugular, sus afilados colmillos blancos. Mientras la loba se ensañaba con él, el segundo guardia, acertó a pegarle una estocada con su sable sobre el lomo, pero no la hirió de muerte y ésta enfurecida se volvió hacia su atacante y se defendió con sus letales mandíbulas, desgarrándole el mismo brazo en el que portaba la espada.

Los espeluznantes chillidos de dolor de ambos guardias, se escucharon en los subterráneos.- ¡Cova!.- Exclamó Brígida.- ¡Cova!...
El obispo, acompañado del párroco y de los frailes que se posicionaron todos a su espalda, no mostraba en su rostro ningún síntoma de pesar por sus hombres recién fallecidos. El religioso era un hombre muy corpulento, de carácter firme, facciones agresivas. Así, dominado por la desesperación y cargado de ira, empuñó su arma, la alzó cual pluma ligera y de un aspado movimiento, decapitó a Cova provocando su muerte instantáneamente.
- Disecad su cabeza, me gustaría colgarla como trofeo en una de las paredes de mis aposentos…
Brígida percibió la muerte… Entonces, el eco entremezclado de varios pasos, se escucharon aproximarse hacia las mazmorras. Ávida, la joven bruja, le dijo al pequeño.- Ismael, agarra de una mano a Taranis, con la otra cíñete a la mía… Creo que no voy a ser capaz de hacerlo, pero intentaré formular uno de sus conjuros. Las flechas no me sirven, no tengo suficientes e intuyo que se acercan demasiados hombres. Seguidamente la hechicera, cerró los ojos y repitió varias veces… “abolesco… aedicula… êmergô”… “abolesco… aedicula… êmergô”… “abolesco… aedicula… êmergô”…
La luz de las antorchas comenzaba a iluminar el pasillo de las mazmorras…
- “abolesco… aedicula… êmergô”… - “Vamos tienes que lograrlo”… se decía para sí, Brígida.
- ¿Qué es lo que tenéis que lograr?...- Preguntó interrumpiendo una impertinente voz de pito. Aquella voz era la del sacerdote, el padre Sixto...
Abrió los párpados, alzó la mirada y las pupilas de sus ojos se dilataron al vislumbrar frente a ella la efigie del fornido y corpulento obispo de Betanzos. Escondido tras él, el primer partícipe de que aquella situación se diera. El padre Sixto que mostraba orgulloso una sonrisa de enorme satisfacción. Brígida temblaba atemorizada ante el rostro impasible del hombre ataviado con sotana negra, fajín de cuero y birrete sobre su cabeza. Del cuello le colgaba una cadena de la cual pendía un gran crucifijo de plata que adornaba sus austeras vestiduras. Con una mano, empuñaba su espada hacia abajo, cuya hoja de acero goteaba sangre sobre el suelo térreo de las mazmorras. Sangre de Cova, la loba blanca de Taranis.
- “abolesco… aedicula… êmergô”…- Repitió una vez más la incansable bruja, dedicándole al sacerdote una mirada de odio supremo. Sin soltarle la mano al pequeño Ismael que a su vez se aferraba con fuerza por el otro lado a la mano del cadavérico e inerte mago. El eco de la penúltima sílaba latina resonó esperanzador.
Esta vez, el hechizo parecía haber surtido por fin el efecto deseado. Pero en ocasiones se dan hechos fortuitos que ni tan siquiera la magia más poderosa puede prever. Desgraciadamente, a Brígida, no le dio tiempo a desaparecer y escapar de las afiladas garras del despiadado clérigo. Porque éste, a un escaso instante de la inminente desmaterialización de los tres cuerpos físicos, logró romper parte del hechizo, quebrando la cadena magnética que la bruja, el niño y el mago habían creado. Con un aspaviento de su pesada arma le propinó un golpe seco y certero en la muñeca. Sesgó de cuajo la mano con la que la joven sostenía la del niño. Al desprenderse el miembro de su extremidad, automáticamente el cuerpo de Brígida quedó fuera del encantamiento, mientras que su mano, el pequeño y Taranis desaparecieron casi instantáneamente. Fue un visto y no visto.
Al punto, un grito angustioso de un dolor ilimitado se escuchó provenir desde las profundidades de los sótanos, repercutiendo en cada uno de los rincones del convento, haciendo vibrar los cimientos del tranquilo enclave.

- ¡Tapadle la boca! ¡Qué deje de chillar, está loca!

- Mon Señor, le habéis amputado una mano…- Se atrevió a decir un joven e imberbe fraile que no daba crédito a lo que acababa de acontecer en las mazmorras.

- ¡Como osáis, descarado! ¿Y qué si le he amputado una mano? No iba a permitir que esa bruja se esfumase ante mis propias narices. Hacedle un tapón en la herida para que no sangre, quiero aguantarla con vida un poco más, no ha sufrido lo suficiente.

- Pero señor…

- He oído hablar de dos hombres de la villa de Pontedeume que no tienen escrúpulos. Dos verdugos inhumanos, crueles y sin piedad. Vamos a darle el merecido que se merece a esta furcia.

-Esto… Mon Señor, ¿no deberíamos de esperar a que llegase el Cardenal?- Interrumpió el padre Sixto al obispo.
- Tal vez, deberíamos… Pero sabéis, se me acaba de pasar por la mente que esta hazaña pueda suponer mi ascenso a Cardenal. El Santo Oficio lleva tiempo detrás de esta presa, pero serán mis manos y mi voz las que dicten la sentencia. Deberías saber que estamos ante una hereje muy peligrosa y en ese coso, los obispos poseemos potestad para juzga…- Concluyó dedicándole al párroco una mirada terriblemente desagradable y sádica.

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