viernes, 12 de febrero de 2010

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques II Parte

Ocho años más tarde…

Un niño de cuatro años de edad, cuyo nombre respondía al de Ismael, yacía en el suelo polvoriento de una cuadra de vacas, próxima a la vivienda familiar. El niño muy enfermo, aislado de sus hermanos por recomendación médica, desahuciado, debatiéndose entre la vida y la muerte, estaba infectado por el virus de la viruela más agresiva y terrorífica. Su cuerpo pequeño y delgaducho, infestado y plagado de repugnantes póstulas gangrenosas de todos los tamaños, amedrentaba a quien lo observaba. Ni tan siquiera el doctor de la villa más cercana, se atrevía a tratarlo directamente.

La familia de Ismael de origen judío pero cristianizados por obligación de la corte, desesperados, ya no sabían qué hacer, a dónde acudir, a quién pedir ayuda. Sobre todo la madre que veía como su hijo se le iba de las manos a pasos agigantados.

Una mañana, Esther, que así se llamaba la mujer; escuchó hablar a un anciano carnicero de la feria de la Villa de Betanzos; de una bellísima jovenzuela que habitaba en lo más recóndito del corazón de los bosques de Irixoa.

El hombre, decía de ella que era la guardiana del lugar, como una especie de ninfa guerrera, protectora de la naturaleza, sabia y hechicera, manejadora de artes oscuras, capaz de hacer resucitar a un muerto con su abrumadora y poderosa magia. Al escuchar aquellas palabras, la desesperada madre, dio un respingo y ella, que sufría por el triste final de su hijo, pensó que no tenía nada que perder si llevaba a Ismael hasta el bosque. Tenía que probarlo todo, jugar su última apuesta… Quizás aquella ninfa de la que hablaba el carnicero, tuviera la respuesta que descifrase la clave secreta para semejante mal. Si la chica era capaz de devolverle la vida a un fallecido, también podría ser capaz de curar a su pequeño Ismael...

Así, al caer la noche, cuando ya todos se acostaron, Esther, se dirigió a la cuadra donde su hijo agonizaba por la elevada fiebre y el dolor de las heridas infectadas y llenas de pestilente pus. La mujer llevó a cabo su plan a escondidas, temía que su marido o alguno de sus hijos mayores, la descubrieran; porque si ella contaba la verdad de a dónde iba a llevar a Ismael, éstos no la creerían. Le dirían que todo eran simples zarandajas, fantasías suyas, una farsa del anciano carnicero de la feria. Por eso, apresuradamente, envolvió al pequeño con una manta y le subió al carromato que tirado por un caballo viejo de color grisáceo, fue como atravesaron la fronda y llegaron hasta la misma cabaña de la misteriosa mujer guardiana de los bosques.


Esa noche llovía demasiado y Brígida no podía dormir. Las goteras inundaban poco a poco, el suelo tierrero de la alcoba, mientras ella, daba vueltas y más vueltas sobre el colchón de pajas de su viejo camastro. El rodaje de unas ruedas de lo que parecía un carro de madera y las pisadas fuertes de los cascos de un caballo, la desvelaron por completo y la pusieron en alerta; un forastero se acercaba a la vivienda. Sabía que alguien necesitaba su ayuda.

Se hizo un largo silencio, como si hubiera pasado un ángel y de repente, se escucharon unos insistentes golpecitos... Brígida, se levantó de su lecho, encendió la vela del candelero que había sobre su mesilla de noche y portándolo en una mano, se dirigió descalza y en camisón hasta la entrada. Abrió el ventanillo de la puerta con desconfianza, tragó saliva y observó queda durante unos segundos… Afuera estaba muy oscuro, parecía no haber nadie, pero muy cerca se escuchaba relinchar a un caballo. Todo le pareció extraño y cuando iba a cerrar el ventanillo, inmediatamente un rostro de mujer con lágrimas en los ojos apareció justo enfrente de su cara. La joven se asustó ante la repentina aparición que la hizo sobresaltar de golpe haciéndole emitir un leve chillido.
– ¡Necesito ayuda urgentemente!.- Exclamó la voz triste de la mujer.

- Intuía que tendría visita pero no estaba segura de quién se trataba. - La joven le abrió la puerta rápidamente. – Venga, date prisa, estáis a la intemperie, llueve y hace mucho frío para el pequeño…

- Soy Esther... Y tú... ¿Quién eres? ¿Una especie de bruja?

- Mi nombre es Brígida, pero ahora no hay tiempo de dar explicaciones, dime ¿cómo está el niño? Rápido, túmbale sobre mi mesa y quítale esas sucias mantas; quiero observarle las póstulas…

- ¿Así sin más?, tiene la viruela y es muy contagiosa…

- Lo sé. Túmbale sobre mi mesa y tranquilízate. No pasará nada, no tengas miedo…

- ¿Le curarás? Escuché en la feria que con tus poderes eres capaz de resucitar a un muerto...

- Lo curaré.- Contestó la joven con rotundidad y frunciendo el ceño. Acto seguido, cogió un extraño ungüento de color verde oscuro que había dentro de un cuenco de barro y una cataplasma casera con efecto calmante que llenaba un tarro de cristal. – Tendréis que quedaros aquí un par de días por lo menos.

- Pero mi esposo sospechará si no vuelvo a casa antes del alba para atender a mis labores.

- Pues vete tú y déjame al pequeño aquí. Estará en buenas manos.

- ¿Qué le harás? ¿Sufrirá? - Le preguntó la madre con preocupación.

- No más de lo que sufre ahora. Las heridas están muy mal... Primero le untaré el cuerpo, mezclando estos compuestos a base de plantas, hierbas y semillas; le escocerá muchísimo, pero se curará. Mañana se beberá una poción especial que elaboraré sólo para él y antes del atardecer le daré un baño con agua caliente y sales.

- ¿Estás segura de que eso le hará sanar? No sé… ¿Te has fijado bien en su cuerpo?

- Sé paciente, mujer; y al segundo amanecer regresa a mi cabaña a por tu niño. Ismael regresará a casa cogido de tu mano y sin una marca sobre la piel...
El niño Ismael, totalmente desfigurado por las agresivas erupciones de la piel, yacía inmóvil sobre la mesa de madera; parecería que estaba inconsciente si no fuera por los delirios que le producía la fiebre tan elevada. No cesaba de emitir toda clase de sonidos por la boca, que semejaban palabras, aunque no se le entendía absolutamente nada de lo que decía.

Brígida, se lavó las manos en una palangana blanca que había sobre una encimera de mármol cerca de la chimenea. El recipiente estaba lleno de agua con flores y toda clase de hierbas olorosas sumergidas dentro. Después, las secó y untó la palma de sus manos con el ungüento de color verde oscuro. Sin apretar y con delicadeza, extendió la crema por cada uno de los rincones del cuerpo del niño, inclusive hasta en la lengua. Encima del ungüento, añadió la cataplasma que era como una especie de arcilla de color blanco que a medida que la iba aplicando, la sustancia se secaba, creando una película dura. – Sé que te escocerá…- Le dijo Brígida al pequeño, aún a sabiendas de que éste no se enteraba absolutamente de nada.-… pero también te curará…

Durante la madrugada, los quejidos del pequeño se hicieron notar y resonaban entre las cuatro paredes de la alcoba. La lumbre, era la única luz que alumbraba el interior de la cabaña, dándole un aspecto demasiado lúgubre. Brígida, fue incapaz de dormir, ya no sólo por los alaridos de dolor del pequeño, sino porque su corazón presentía algo que la inquietaba. Su cabeza le daba vueltas a una premonición. Sabía que alguien la iba a descubrir, pero no sabía si sería cuando fuera a buscar el agua al río para bañan a Ismael. Temía que la autoridad, la acusase por hereje como a Hortensia, pero no podía dejar a su suerte al pequeño.

Pronto amaneció y si la noche anterior había llovido ininterrumpidamente, la mañana se presentaba soleada. En el cielo azul y sin una nube de por medio, brillaba un sol justiciero y abrasador.

El niño, por fin había dejado de quejarse. Marlon, el gato, le relamía una mano que le caía colgando de la mesa. Brígida, al verlo, espantó al animal con la escoba.- ¡Venga, Marlon déjalo ya!- Exclamó, luego, se acercó cuidadosamente hasta el pequeño y lo observó con quietud, le colocó bien el brazo, creía que estaba durmiendo.
De repente, Ismael abrió los ojos y se asustó al ver el desconocido rostro de la joven; la dura y seca cataplasma le impedía articular palabra, intentaba moverse pero tampoco era capaz. Ella le tranquilizó con su dulce voz.- No te asustes Ismael, soy Brígida, una amiga de tu mamá que va a curar tu cruel enfermedad. Los ojos del niño parecían calmarse y automáticamente se llenaron de lágrimas que una tras otra comenzaron a brotar, deslizándose por sus sienes. Brígida sonrió y se las limpió con los dedos de sus finas manos. La fiebre había desaparecido y era momento de ir al río a buscar el agua para el baño. – Escúchame bien, Ismael.- Le dijo.- Voy a ir a llenar unos cubos de agua al río; en cuanto regrese, la verteré dentro de la marmita y la calentaré al fuego. Te lavaré el cuerpo con ella bien caliente para quitarte la cataplasma. Pronto todo habrá terminado y esas horribles pústulas infecciosas, habrán desaparecido para siempre...
El pequeño asintió, aliviado, con la mirada.

Brígida, todavía en camisón, ni siquiera esperó a vestirse con sus ropas, se calzó los zuecos y tal cual, cargó con dos grades cubos de madera totalmente vacíos; portando uno en cada mano. Apresuradamente, salió hacia el río para buscar el agua. Poco tardó en llegar a un caudaloso y claro remanso. Miró hacia los lados y observó, con insistente cautela, uno por uno los troncos y ramas de los árboles que la rodeaban. Temía que pudiera haber alguien escondido y espiándola en ese momento. Se descalzó y colocó los zuecos sobre una roca. Con cuidado, poco a poco se introdujo con los cubos en la friísima agua cristalina.


Algo se movió entre las ramas de un tejo que la hizo asustarse y alzar la vista. Era una lechuza blanca que aleteaba sus hermosas alas como queriendo llamar su atención. A Brígida le sorprendió ver aquella ave rapaz despierta a pleno sol. Todavía sentía el presentimiento que le había rondado la cabeza y mantenido en vilo toda la noche. Y entonces él regresó a su memoria, después de tanto tiempo sin saber nada de su vida.- ¿Taranis?.- Se dirigió Brígida a la lechuza.


El ave voló de la rama hasta la piedra donde la joven hechicera había colocado sus zuecos de madera, y en pocos segundos, se materializó en el famoso mago ermitaño.
Los ojos de Brígida se posaron clavándose como flechas en los de Taranis y una extraña fuerza energética la traspasó; acompañada de una sensación de hormigueo que le recorrió a ambos todo el cuerpo.

- Ha pasado mucho tiempo…- Dijo él.

- Lo sé.- Contestó ella.

- Has cambiado, ya no eres una niña.- Apuntó observándola detenidamente.

- En cambio tú sigues siendo el mismo…- Musitó, agachando la cabeza y con las mejillas sonrojadas.

- Al final, crees en la magia.

- A raíz de la muerte de Hortensia, comencé a pensar de forma distinta. Mi mente me pedía seguir sus pasos, tomar las riendas. Era algo que debía hacer. Entonces, me dediqué a estudiar todos sus escritos y a practicar todos sus hechizos. Durante estos últimos ocho años, he experimentando cosas nuevas y las he ido añadiendo a sus recetas para hacerlas más eficaces. Los que ya conocían a Hortensia y acudían a ella en busca de ayuda, empezaron a exigírmela a mí y la voz se fue corriendo poco a poco.

- Lo sé, Brígida guardiana de los bosques de Irixoa. Durante estos ocho años, he estado velando por ti, por tu seguridad; y fui testigo de todos tus avances.

- ¿De verdad? Pensaba que me odiarías por haberte echado aquella tarde de mi morada.

- Durante todo este tiempo, pensabas que no me volverías a ver…

- Sí, lo pensaba; a fin de cuentas eres un ermitaño al que le gusta estar solo… Pero sé que fui injusta contigo y me arrepiento por ello. - Contestó la muchacha con los ojos inundados por las lágrimas, mientras intentaba salir del agua cargada con los dos cubos llenos.

- Eso fue hace mucho tiempo, no pienses más en ello.- Inquirió él.

Brígida posó los dos cubos en el suelo, sobre la hierba mojada y se abalanzó en brazos del mago, Taranis que la rodeó y abrazó fuerte contra su pecho.- Pero, ¿por qué apareces justo ahora, Taranis?

- Porque quiero ayudarte. Sé que desde hace un par de años preparas tu venganza para honrar la muerte de Hortensia y quiero participar en ella.

- ¿Estás seguro que sólo te has dejado ver por eso?- Le preguntó, tímida y con voz temblorosa.

El ermitaño y la guardiana, se miraron a los ojos. Atraídos por un magnetismo imparable, sus bocas se fueron acercando lentamente hasta juntarse y fundirse en un apasionado beso húmedo.
– Te amo, Brígida. – Le confesó él.
El camisón totalmente mojado, se le ceñía apretado, al pegarse a su sugerente cuerpo de mujer de inolvidables curvas, visándosele, a través de la fina tela blanca, sus voluptuosos y prominentes pechos de marcados pezones de aureola rosada.- ¡Rápido, el niño Ismael! ¡Debo de bañarle cuanto antes!- Exclamó Brígida nerviosa, dando un quiebro sobresaltada, después de haber escuchado de la boca del ermitaño aquellas dos palabras que le descolocaron los sentidos. que la hicieron estremecerse. La joven bruja, estaba encantada de que él hubiera sucumbido a sus encantos.

Taranis dio un respingo y despertó de su deseo más masculino y animal, de poseerla en aquel mismo momento a orillas del río o dentro del remanso... Raudo, agarró los dos cubos llenos de agua hasta los cantos y portó uno en cada mano.

Brígida, dentro de la cabaña, preparó el caldero en el que vertió el agua para calentar al fuego de la chimenea. Una vez cogió la temperatura adecuada, de nuevo la vertió, esta vez, en la mitad de un viejo barril de vino de gran diámetro de ancho.

- Ayúdame a meter al pequeño en el agua, Taranis.- Le sugirió la joven al mago. Éste accedió vehemente. Una vez estaba el niño, de cintura para abajo, introducido en la improvisada bañera; Brígida, cogió una especie de esponja trenzada, elaborada con hojas secas de encina y con ella, le frotó, muy delicadamente, la piel al pequeño. El calor del agua, hacía que la dura plasta verde que lo cubría totalmente de pies a cabeza, se fuera desprendiendo por trozos y con ella, desapareciendo las póstulas, ampollas y heridas.
La epidermis de Ismael, quedaba limpia de marcas y muy suave. Taranis, observaba embobado y fascinado al mismo tiempo.

- Como ves yo no utilizo las palabras como haces tú, prefiero los métodos caseros. – Musitó Brígida, dándose cuenta de que éste no salía de su embeleso.

El niño que había recuperado la conciencia volvió a sonreír al verse sanado. Su madre llegó a la cabaña poco antes del atardecer y cuando se lo encontró sin una marca sobre su piel, no se lo podía creer y rápidamente, se deshizo en llantos de alegría.

- ¿Cómo voy a agradecer lo que has hecho por mi hijo, Brígida? Eres una diosa, la guardiana de nuestros bosques. Un ser maravilloso…

- No soy una diosa, ni una guardiana. Sólo soy una bruja, como lo fue Hortensia. La única forma con que me puedes agradecer lo que he hecho por ti y sobre todo, por Ismael, es mantener mi identidad en secreto. No quiero acabar como acabó ella…Esos sacerdotes siguen cobrándose víctimas a sus anchas.

- Lo sé y te entiendo, soy judía…- Contestó Esther, que cogió al pequeño de la mano y después de despedirse de la joven con un fuerte abrazo; subió al carro y se perdió alejándose por un estrecho sendero, desapareciendo tras el espesor de la niebla…

El sol se escondió en un instante, dando paso a la noche más oscura y estrellada. El mago y la bruja se quedaron solos por fin.

- ¡Bonita noche! – Apuntó Taranis alzando la vista al cielo.

- Hoy parece que se pueden vislumbrar todas las estrellas... – Percibió Brígida.

- Sí eso parece, aquí cuando eso sucede es todo un espectáculo.

- Claro, normalmente suele estar el cielo nublado, pero esta noche está limpio, totalmente despejado, como la piel del pequeño Ismael, es curioso…- Dijo ella meciéndose su cabello. – Creo que será mejor que entremos dentro, hace frío…- Sugirió.- Me gustaría que te quedaras a dormir…

Taranis sonrió con picardía.- ¿De verdad quieres que me quede?
Brígida insinuándose, le tendió la mano al mago y éste la tomó muy gustosamente a pesar de que una extraña sensación de miedo se apoderaba de su mente como advirtiéndole que no lo hiciera. Él había nacido para vivir en soledad, pero su corazón no obedeció al mandato de su cabeza. Y sus pieles se rozaron y nada más tocarse, sintieron burbujear su sangre, la química que les recorría a ambos por todo el cuerpo, era tan fuerte e intensa que prácticamente se podían hacer el amor con la mirada. Taranis, se dejó arrastras por ella hasta el interior de la vieja cabaña. La quería desde siempre, el recuerdo de aquella niña terca que fue en su busca; ahora que se había convertido en una hermosa e inteligente mujer, la adoraba como a una diosa…

Nada más traspasar el umbral y cerciorarse de cerrar la puerta con el pestillo, al abrigo del calor del hogar, no tardaron en fundirse en un enérgico abrazo que provocó una continua explosión de apasionados besos húmedos y salvajes. Las manos de Taranis recorrían furtivas y veloces de arriba abajo la espalda (todavía mojada por el agua del río) y la terminación de las caderas de la joven bruja, a la que le apretaba las nalgas duramente con sus fuertes manos, totalmente excitado. Su sugerente escote le volvía loco como un animal en celo. Brígida, con su voz dulce, le susurraba una tierna y hechizante melodía al oído canturreada en lo que parecía una lengua muerta, a la vez que le mordisqueaba con suma suavidad el lóbulo de la oreja, rozándole con la punta de su nariz el cuello, recorriéndoselo con su lengua... El fuego quemaba... - ¡Hazme el amor, Taranis! – Le susurró ella.


- ¿Estás segura de lo que me pides?

La bruja hizo un gesto de asentimiento. El ermitaño perturbado por los impulsos más pecaminosos de poseerla y de hacerla suya; hizo girones el camisón de Brígida y empezó a besarle los pechos, chuparle y lamerle los pezones; y tomándola en sus brazos la llevó hasta el camastro, sobre el cual la tumbó.


Taranis, se desprendió de sus ropas en un instante, dejando al descubierto su escultural cuerpo masculino de hombre robusto. Su enorme pene duro y erecto, hacía estremecer las entrañas de Brígida que tumbada boca arriba, con las piernas abiertas de par en par, mostraba su vagina absolutamente estimulada, ansiosa por notar como él la penetraba, la traspasaba con su sexo hasta profanar su alma pura de mujer virgen. Entonces el mago, se caer sobre su cuerpo desnudo y en automático su miembro viril encajó todo en la empapada cavidad de la chica que al sentir la presión, el tacto y la dureza, dejó escapar de entre sus labios un gemido de gusto infinito.

Taranis y Brígida se amaron como locos amantes durante toda la noche. Primero él encima, luego ella le montó a él a horcajadas, poseyéndole, haciéndole suyo... Y unieron sus cuerpos y se convirtieron en un solo ser hasta que con la primera luz del alba, alguien les sorprendió de repente...
Brígida yacía profundamente dormida, apoyando su cabeza sobre el pecho del ermitaño, abrazada y acurrucada al calor de su cuerpo desnudo; hasta que unos fuertes golpes propinados en la puerta de la cabaña, desvelaron a los dos amantes y sobre saltaron a Taranis que se levantó del camastro sin hacer ruido, poniéndose en guardia, agarró un grueso palo que estaba de pié, apoyado contra una de las esquinas de la estancia. Estancia que empezaba a iluminarse con los primeros rayos de sol que conseguían colarse por entre las rendijas de las contras de los dos únicos ventanucos que poseía la vivienda.

Los golpes eran tan continuos e insistentes que parecía que quien quiera que fuere el que estaba al otro lado, quisiese derribar la puerta. El mago quitó el pasador del pestillo y sin mirar siquiera por el ventanillo, abrió la puerta de golpe. Al momento reconoció el rostro de la mujer desdeñada que le empujó apartándole hacia un lado y milagrosamente, gracias a eso no le estampó con el palo en la cabeza.
La mujer, era Esther la madre del niño Ismael. La pobre, tenía tal estado de nervios que ni siquiera reparó en que el hombre al que empujó, estaba desnudo. Decidida e impetuosa, entró hasta el interior de la cabaña como una exhalación, gritando y llorando al mismo tiempo.

Brígida, sin todavía entender y ruborizada por la situación, se tapó como podía con la manta e intentó calmar a la alocada madre de Ismael.

- Pero Esther, ¿qué es lo que ocurre? Ven siéntate a la vera de mi cama…

- ¡Mi hijo, mi hijo!- Vociferaba con desesperación, alzando las manos y mesándose fuertemente sus cabellos cuando se dejó caer sentada sobre uno de los lados del lecho de la bruja.

- Respira hondo y dime, mujer; ¿qué es lo que le ha ocurrido a tu hijo?- Le preguntó Brígida.

- Mis vecinas…- comenzó la mujer a relatar entre lágrimas, algo más calmada.- ayer, me las encontré de camino a casa y vieron al niño, no se podían creer que se hubiera curado de la viruela, que no le quedase ni una sola marca sobre la piel. Cuando llegaron a la aldea empezaron a decir que era cosa de brujas y acudieron a ver al padre Sixto, se lo contaron. El párroco presuroso, vino a la casa y empezaron a decir que mi hijo estaba embrujado, se lo llevaron al obispo de Betanzos, Brígida. Me quitaron a mi hijo… ¡Me lo robaron!

La joven bruja tragó saliva y con los ojos humedecidos, le preguntó.- Esther, ¿les hablaste de mí al párroco y a tus vecinas?

- No, pero casi lo hago… Era mi hijo, Brígida. Pero sabía que te traicionaría y cargaría con la culpa toda mi vida. Y lo peor de todo es que probablemente lo ejecuten en un par de días. Ese sacerdote de Betanzos es un sanguinario. Mi marido se ha llevado lejos a nuestro otros hijos, pero yo no puedo dejar solo a Ismael. Vine hasta aquí, porque sé que tú me puedes ayudar, una vez le salvaste, sálvalo ahora de esos asesinos.

- Bien, harás una cosa… Te irás junto a tu marido. Taranis y yo nos encargaremos de Ismael. Aunque cristianizados, sois judíos y puede que tú también estés en peligro, estos indecentes sólo su Dios sabe de qué más cosas son capaces…

- Pero si yo me voy junto a mi esposo, para que no nos encuentren, ¿cómo me encontrarás?

- Créeme, te encontraremos y te llevaremos al niño. Palabra de bruja. Márchate cuanto antes, no es bueno para mí que estés aquí, podría haberte seguido alguien… Por lo demás no te preocupes, tarde o temprano me tendría que ver las caras con los asesinos de mi Nana...

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