viernes, 12 de febrero de 2010

La Maldición de Brígida. Guardiana de los Bosques I Parte

Cuenta una leyenda que allá por la Edad Media; en mitad de un espeso bosque del Noroeste de Galicia, habitaba una extraña mujer, de aspecto desvencijado. Tenía los ojos saltones, la boca grande y desdentada y llevaba el pelo enredado en una melena larga y totalmente encanecida. Era una anciana huraña y de mal carácter. Una hechicera famosa en el lugar por sus impresionantes poderes mágicos; pero no todas las gentes se atrevían a visitar a la poderosa bruja, en busca de alguna ayuda mística para combatir sus propios males, como el mal de ojo y sanar sus problemas de salud, como la tuberculosis o la peste. La mayoría la temían porque estaban convencidos de que practicaba la magia negra, siendo discípula del mismísimo Lucifer. Los vecinos la apodaron, la Señora Oscura de los Bosques de Irixoa.

Se creía que el hogar de la hechicera; una cabaña fabricada por ella misma, con piedras y troncos de árbol, situada cerca de la ribera de un pequeño río; estaba maldito. Nadie se atrevía a merodear por sus alrededores ni a morar tierras cercanas. Todos; soldados, campesinos, labriegos, mozos, doncellas, lavanderas, sirvientas, lecheras y pastores; hablaban de que en la cabaña de la vieja, se sucedían toda clase de fenómenos extraños, pues tal vez, sus muros húmedos y mohosos habían sido testigos mudos y fieles de cómo la bruja elaboraba sus ungüentos, pócimas, afrodisiacos y elixires secretos, además de practicar infinidad de sacrificios animales y puede que hasta humanos….

Pronto, en el año 1478, los Reyes Católicos junto con la aprobación Papal, instauraron en el Reino de Castilla, la Santa Inquisición, con el fin, en un principio, de perseguir a los judíos que se negaban a convertirse al cristianismo. Pero con la entrada de Tomás de Torquemada, el mayor inquisidor conocido en la historia del Reino, peligraría todo aquel que practicase la brujería, la bigamia, la usura o cualquier tipo de herejía…
I
La familia Piñeiro, acababan de recibir al último miembro del clan, que no hacía ni una hora que había llegado al mundo, esta vez, para su desgracia, sin un pan debajo del brazo. Los padres, no podían hacerse cargo del bebé. Ocho hijos eran demasiados, mucho sacrificio, poco dinero, escasez de trabajo y una boca más que alimentar. A la madre, desahuciada y moribunda después de parir, se le dijo que el bebé había fallecido al nacer, para que no sufriera más de lo que ya de por sí soportaba la pobre mujer…

El padre, envolvió al recién nacido entre unos trapos sucios y roídos por los ratones ante la atónita mirada de tres de sus hijos varones. Les hizo un gesto de silencio con el dedo índice de la mano derecha para que no dijeran absolutamente nada ni a su madre ni a los demás hermanos. Éstos asintieron con la cabeza, mientras observaban como su padre, con el fardo bajo el brazo, salía de la humilde choza de madera.
El hombre que tenía cara enfermiza y cuerpo esmirriado, se subió al carromato que tirado por una mula vieja y medio coja, puso rumbo hacia el bosque. Debía darse prisa ya que la tarde se cerraba, el tiempo de tormentas acechaba y además, estaba a punto de anochecer.

El patriarca de los Piñeiro, no se adentró mucho en el bosque, su espesura guardaba mil y un peligros, demasiados para un solo hombre. No se detuvo mucho tiempo y fue al comienzo de uno de los caminos que conducían hasta el corazón de la fraga, justo a los pies de un enorme arce, sobre la hierba humedecida, donde depositó cuidadosamente al bebé que no cesaba de llorar angustiado.
Después de rezarle unas escuetas oraciones, con los ojos inundados por las lágrimas, el padre, dio media vuelta y se marchó sin retroceder ni un solo paso, sin echar la vista atrás, perdiéndose en la lejanía…

En pocos minutos, se levantó el fuerte viento del norte, silbando con furia su tétrica melodía, tronzando las pequeñas y secas ramas de los árboles, elevando del suelo, cegadoras nubes de polvo y tierra. En lo alto, en el firmamento, el dios Eolo, seguía haciendo de las suyas, empujando a las nubes grises con vehemencia, haciéndolas correr veloces y encapotando con su espesor el anaranjado color del cielo, pronto oscurecido, convertido en la penumbra más absoluta, si no fuera por la luna llena que jugaba a esconderse entre los grises algodones a punto de estallar, a punto de bramar truenos y relámpagos.

- Pronto llegará la tormenta y la Madre Natura nos bendecirá con su agua pura y fresca, pero, no sé, la noto enfadada, irritada, es como si más que bendecirnos quisiera ahogarnos con su ira, con su rabia, con su cólera, con su furia… Algo no va bien, lo presiento. Hasta mí llega un llanto, creo que es el llanto de un recién nacido que pide ayuda desconsoladamente. Está en el bosque, le siento… ¿Qué debo hacer, Marlon?- Le preguntaba la anciana de los ojos saltones a su gato negro. – Mi corazón me dice que debo salir en su busca… -Sus ochenta años no eran impedimento para lanzarse al bosque en una noche de tormenta. Hortensia, que así se llamaba la mujer, se tapó la cabeza con una austera pañoleta de color negro y cogió su indispensable cayado de madera. – Vamos Marlon, tenemos que encontrar al bebé antes de que sea demasiado tarde…- Apuntó.

Poseedora de un olfato infalible cual canino sabueso y un excelente sexto sentido de bruja médium que no fallaba jamás, Hortensia, dio con el bebé a los pies del enorme arce. La pequeña criatura, estaba destapada, empapada por la lluvia y su pequeño cuerpecito amoratado, temblaba a consecuencia del frío y la hipotermia. – Por la Madre Natura, pero si es una niña...- Exclamó la mujer con desasosiego y horrorizada, al ver a tan pequeño e indefenso ser de aquella guisa.
La anciana la estrechó fuertemente entre sus brazos y regresó a su cabaña lo más rápido que pudo. Marlon, su fiel gato, pingando de agua, la seguía detrás maullando como un loco.

Nada más llegar a la cabaña, Hortensia, colocó a la bebita, sobre una gruesa mesa de madera que imperaba en el centro de la estancia, la única de la que disponía la pequeña construcción. Allí, le secó el delicado cuerpecito y la envolvió con una manta de lana virgen que previamente había estado calentándose cerca del fuego de la chimenea. Luego, la metió dentro de un gran cesto de mimbre que situó al amparo del calor de la lumbre.
La bruja, inmediatamente se puso a preparar una de sus mágicas pociones en su gran caldero. – ¿Qué desalmados padres son capaces de abandonar a un hijo, fruto de sus semillas?… Los míos… Pero no voy a consentir que tú te críes como yo lo hice, sola en el bosque desde los seis años y sin familia alguna… A partir de ahora, yo seré tu familia, tu mentora y te instruiré en las artes esotéricas, la magia blanca y la magia negra. Te llamarás Brígida, como la diosa celta, guardiana y protectora, fuerte y sabia. Y sanarás con esta pócima a base de hierbas que ingerirás para siempre gozar de buena salud...

Una década más tarde…
Brígida, ajena a lo que se avecinaba; recogía flores silvestres en mitad de una pequeña pradera de suave hierba y bañada por los rayos del sol, que se abría paso entre las frondosas copas de los árboles, convirtiendo el enclave en el más mágico rincón de todo el bosque. La rítmica melodía del agua rompiendo sobre la piedra de una de las cascadas del río, se escuchaba de fondo haciendo las delicias de los oídos de la niña. Hacía un par de días que se habían cumplido diez años desde que Hortensia o Nana que era como ella la llamaba, se la encontrara abandonada a los pies del gran arce.

Aquel bebé tiritón e indefenso, se había convertido en una niña fuerte, de tez pálida y largos cabellos oscuros. Sus ojos de un azul penetrante transmitían una paz capaz de amansar a las fieras más salvajes y sus delicadas manos, provocaban un halo de ternura con cada movimiento. Para Brígida, Hortensia era la persona más importante sobre la faz de la Tierra. La que la había recogido, la que la había salvado. La anciana nunca le ocultó su historia y ella, en el fondo de su corazón, no podía perdonar a sus padres el gran daño que le habían hecho.

De repente, un fuerte estruendo se sintió en la lejanía que hizo que Brígida se sobresaltara. Su corazón intuía que algo no marchaba bien. Se quedó un rato mirando hacia uno de los lados como en trance y con los ojos abiertos de par en par. Entonces, se acordó de Nana, a sus noventa años de edad no coordinaba como tiempo atrás, pensó que podría estar en peligro. Quizás fueran bandoleros o contrabandistas… La pequeña que continuaba de cuclillas, se incorporó de inmediato, tiró las flores que quedaron todas esparcidas por el campo y echó a correr hacia la cabaña de Hortensia. El pecho le palpitaba más fuerte que nunca.- ¡Nana! ¡Nana!...- gritaba a la par que corría.- ¡Nana!...

Cuando por fin llegó, Brígida se sorprendió al ver tres caballos apeados cerca de la choza de la bruja y con caras monturas sobre sus lomos. La puerta de la entrada la habían derribado y había quedado hecha trizas. Asustada, la niña se escondió detrás del grueso tronco de un carvallo para espiar sin ser vista. Fue entonces cuando de la casa salieron dos soldados y apresando, uno por cada lado a Hortensia que prácticamente no se podía poner en pie.

- ¡Caminad “hereje” subid a ese caballo!- Le ordenaba a la anciana uno de los hombres.
- Pronto recibiréis lo que os merecéis, vieja mal oliente.- Le recriminaba acto seguido el otro.

Los soldados ataron a la mujer con una soga fuertemente amarrada en pies y manos; pronto, entre los dos la subieron a lomos de uno de los caballos que iba sin ensillar. Los hombres, manejaban a la mujer como si estuvieran manipulando un gran saco de harina. Después de dejar a la anciana bien apresada, como almas que lleva el diablo, desaparecieron galopando a través de la fronda del bosque en dirección norte.

Brígida tragó saliva y con los ojos henchíos en lágrimas, avanzó hasta la cabaña. Estaba confusa y temblorosa, ante el temor de encontrarse a alguien más allí dentro. Pero por suerte, no quedaba nadie.

El interior de la casa estaba patas arriba, parecía como si un ciclón se hubiera colado por una de las celosías de los dos únicos ventanucos que poseía la cabaña, uno a cada lado de la puerta, en la fachada principal. Cuencos, tarros, utensilios variopintos y pergaminos escritos por Hortensia con antiguas recetas de pociones, ungüentos y elixires; yacían esparcidos por el suelo. Marlon, el gato negro, salió de un hueco de debajo de la gran mesa de madera que, ahora, imperaba el centro de la estancia, totalmente volcada y con la palabra “bruja” escrita al carbón piedra sobre su tablero carcomido.

La niña cogió a Marlon en brazos y sin pensárselo dos veces corrió en busca de Hortensia. Tenían que habérsela llevado a alguna parte, a algún sitio concreto. Durante todos los años que Brígida, había estado conviviendo con la anciana, hasta el lugar se habían acercado algunas personas en busca de los poderes de la vieja. Todas aquellas gentes decían provenir de las cercanas villas de Pontedeume o de Betanzos; y a una u otra, sabía que debía acudir en busca de su Nana. Pero necesitaba un caballo, era un viaje muy largo para realizarlo a pié, sobre todo para una niña de tan sólo diez años… - ¿Cómo voy a rescatar a Nana, Marlon? Pronto entrará la estación de invierno y ya se nota el frío en el rostro…

Entonces, Brígida se acordó del ermitaño del que le había escuchado hablar a Hortensia y que habitaba en lo más recóndito de las Fraguas del Eume. La anciana, decía que el joven, tenía fama de sabio y bueno. Por eso, la niña pensó que siguiendo el transcurso del río podría llegar hasta él y solicitar su ayuda para encontrar a su mentora.

Brígida no esperó más tiempo y seguida del fiel gato Marlon, salió desesperada en busca de la ayuda del mago Taranis.
La pequeña caminó descalza durante horas bordeando la ribera del río, siguiendo su transcurso. Entrada la tarde, la luz natural todavía era bastante buena. El único inconveniente era que la tierra y el campo estaban demasiado húmedos de llover abundantemente durante los últimos días. Pero Brígida, siempre había sido una niña muy sana. En diez años, jamás había enfermado. Ni un dolor, ni una tos, ni una fiebre; nada. Lo mismo le sucedía a Hortensia a pesar de su avanzada edad, algo extraño, dado a que no era normal ser tan longevo en aquella época de pandemias varias.

Al llegar a uno de los remansos del río, a Brígida, le entraron ganas de bañarse. Dejó la capa colgada de un arbusto y se metió en el agua impulsivamente con su vestido blanco. El gato Marlon, sentado, la observaba fijamente con sus ojos amarillos desde la orilla. – Venga, Marlon; no me mires así. Tengo que aprovechar el último baño en el río antes de que llegue el invierno, luego no hay quien se meta en el agua de lo helada que está. Además brilla el sol.

Pero de repente, el tranquilo baño de la niña fue turbado. Como salidos de la Nada, en el lugar irrumpieron tres niños orejones y delgaduchos, uno rubio y dos morenos, con edades comprendidas entre los ocho y doce años. – Vaya, vaya… Mirad a quién tenemos aquí.- Dijo uno señalando a Brígida, luego prosiguió.- ¿Tú no serás la niña salvaje de la que hablan algunos en la aldea?

- ¡No sé de qué me hablas! Además. Si lo fuese, ¡a ti qué te importa!- Le contestó Brígida al niño. Marlon, estaba totalmente erizado y ululaba maullidos sin cesar como queriendo defenderla.

- ¿Cómo te atreves a hablarle así a un hombre?- Dijo el rubio y más mayor de los muchachos.

- ¿Hombre? Yo no veo hombres aquí, sólo un trío de niñatos feos y mal criados.

- ¿Ah, sí?, ¡te vas a enterar petarda!- Contestó amenazante y ofendido el primero, que cogió una piedra y se la lanzó a Brígida con la intención de darle en la cabeza. La puntería le falló al primer intento, al segundo, al tercero, al cuarto.- ¡Qué malo eres! ¿Qué te pasa? ¡Hoy no das ni una!- Le decían los otros dos.

Viendo que no conseguía darle a la niña, probó suerte con el gato, pero siguió sin poder ajustar la puntería. – No lo entiendo, parece cosa de brujas…
- ¡Anda déjalo ya!- Le convenció el rubio.

Y al final por aburrimiento y ante las fuertes carcajadas de Brígida burlándose de ellos, los tres se marcharon, no sin antes hacer una fechoría: robarle la capa a la niña.- ¡Eh! ¡Dejad mi capa en el arbusto! ¡Volved!- Gritaba enfadada al verles escaparse corriendo.- ¡Malditos seáis por siempre! ¡Malditos!...

Brígida tuvo que esperar secándose al sol antes de emprender nuevamente el camino en busca de Taranis, el hechicero ermitaño. Cavilaba y se preguntaba cómo sería él, si sería cierto que existía, si realmente lo encontraría, si la recibiría bien o mal y sobre todo si la ayudaría a encontrar a Hortensia… - Vamos Marlon, el camino es largo y pronto oscurecerá, además, ya no tengo la capa para protegerme del frío…

En ese mismo instante en el que Brígida se puso en pié; en uno de los más recónditos lugares de las Fraguas del Eume, un joven hombre de complexión fuerte, ojos verdes y largo cabello lacio y negro como el azabache; soltaba de golpe su caña de pescar. Taranis, el brujo, tuvo una visión en la que vislumbraba a una preciosa niña de pelo marrón oscuro, ojos azules, y vestida con ropajes claros. La niña caminaba descalza; sorteando malezas y grandes helechos; por el sendero que bordeaba la ribera del río.

Un sentimiento de súper protección ante un inminente peligro invadió el corazón del ermitaño que emitió un singular silbido y Cova, su fiel loba albina, corrió en busca de la pequeña enviada por su amo ante el temor de que los salvajes y peligrosos jabalíes, pudieran provocar alguna desgracia irremediable.
Brígida estaba más cerca de la casa de Taranis de lo que realmente creía…
Brígida se detuvo en seco. Muy cerca, a escasos centímetros de su posición, tras unos matorrales parecía esconderse algo o alguien que no paraba de moverse alborotando las hojas de las ramas. - Esto no me gusta, Marlon.- Dijo en voz baja ella.

La niña intentó pasar desapercibida cruzando por delante, de puntillas e intentando no hacer el menor ruido. Y cuando creía que ya había sorteado cualquier riesgo, unos fuertes ronquidos tras su espalda provocaron que se le erizara la nuca y helara el corazón que junto con la respiración, se le aceleró más que nunca. Marlon, asustado huyó despavorido nada más ver aparecer al feroz animal y fue directo hasta el tronco del árbol más cercano por el cual trepó para salvaguardarse. Tras la pequeña, que no era capaz de dar un paso, retozaba furioso un enorme jabalí de color grisáceo y colmillos afilados.- Este es el fin…- Pensó Brígida para sí misma. Cerró los ojos y apretó fuertemente sus párpados intuyendo el peor de los desenlaces.

Pero Cova, la loba blanca de las fraguas, llegó justo a tiempo para abalanzarse sobre el violento animal hasta derribarlo e hincarle un mortal mordisco que dejó al puerco inconsciente en el acto, mientras se desangraba y agonizaba sobre la hierba.

Brígida alertada por los chillidos del jabalí y los gruñidos de Cova, a la que no había visto entrar en acción; abrió los ojos y se volvió al no sentirse atacada por ningún animal. ¡Vaya!...- Exclamó asombrada.- Jamás había visto un lobo tan blanco con unos ojos tan azules y cristalinos como los de ella.- ¿Quién eres? – Le preguntó. La loba mansa se acercó a la niña e hizo un gesto con su hocico en la punta de los dedos de la mano derecha de Brígida para que ésta la acariciase en la cabeza. Cova movía el rabo contenta y mordiéndole muy suavemente sus faldas, tiró de ella para indicarle la ruta que debía tomar en su compañía.

La muchacha no comprendía por qué el animal se empeñaba en acompañarla, pero no le vendría mal su ayuda, puesto que le había demostrado que era una buena protección para enfrentarse a los mil y un peligros que encerraba el bosque, sobre todo en la noche; así que hizo bajar a Marlon de la rama del árbol al que se había subido y embobada por la belleza de la loba, la obedeció y la siguió sin rechistar.- Espero que me lleves por buen camino, amiga…

Por fin se hizo la noche envolviendo las copas de los árboles de la fragua como un manto de terciopelo negro. Las estrellas brillaban en lo alto haciendo del firmamento un hermosos espectáculo; y las luciérnagas iluminaban con la magia de su luz el pedregoso camino, hasta llegar a un largo puente colgante de tronquitos de madera que cruzaba el Río Eume de uno a otro lado. - ¿No creerás que vamos a cruzar por ahí?- Apuntó Brígida a la loba que insistía en avanzar por allí.- No te ofendas, pero hay demasiada altura, está muy oscuro y no me atrevo.

- ¡Cruzad, no os pasará nada! Todos estáis bajo mi protección.- Se escuchó una voz de varón que provenía desde la otra orilla.

Brígida comprendió. Aquella era la voz de Taranis. La loba la había llevado hasta él. Por fin le había encontrado y la satisfacción de haber dado con el famoso ermitaño la hizo cruzar el puente colgante con paso ligero y sin pensárselo dos veces. El hechicero la esperaba portando una antorcha. Ella se abrazó a su cintura y rompió a llorar con desconsuelo, pero éste se apartó, era un hombre frío y solitario.

- Cálmate Brígida, no llores más y sígueme…

- ¿Cómo sabes mi nombre?

- Yo lo sé todo de todo el mundo.

- ¿Y cómo es que no tienes el pelo blanco?, pensaba que los ermitaños eran todos ancianos…

- Pues ya ves que no…

- Pero entonces, ¿cuántos años tienes? ¿Veinticinco tal vez?

- Llevo en las fraguas desde que tenía más o menos tu edad, me quedé huérfano. Mis padres eran mi única familia, por eso, al quedarme solo me mudé a este lar. Desde entonces habrá pasado poco más de una década. Haces demasiadas preguntas, ¿no crees Brígida, diosa celta?

- ¿Cómo sabes que mi nombre es el de una diosa celta? No me lo digas, lo sabes “todo de todos”…

- Taranis, también fue un dios guerrero celta, dios de la noche, señor de los árboles; representaba el ruido, la destrucción y la fuerza sobre natural de las tormentas.

- A mí Brígida me lo puso mi Nana. ¿A ti te lo pusieron tus padres?

- Sí, mi padre fue mercader, murió en un naufragio y mi madre se volvió loca por ello. Se quitó la vida ahorcándose de una viga de madera. Nana… ¿es la bruja Hortensia?

La niña asintió con la cabeza dibujándose en su rostro una expresión de tristeza. – Ella es mi única familia, la que ha cuidado de mí hasta ahora, fui abandonada bajo los pies de un gran arce.

Taranis conmovido intentó animarla.- Pues tu nombre es el nombre de la diosa con más entidad de la mitología celta. Su nombre significa “la poderosa”; señora de la poesía, de la adivinación y de la sabiduría… Encontraremos a Hortensia, no te preocupes. Mañana, antes del amanecer partiremos en su busca…

- ¿Es que tienes alguna idea de dónde puede estar? Dos hombres la apresaron ayer poco después del amanecer y no sé qué ha sido de ella.
- Ya te dije que lo sabía todo de todos. Sé donde la tienen. Intentaremos liberarla de la mazmorra en la que la han encerrado y mis labores para ti habrán terminado, ¿de acuerdo?

- Y la loba blanca, ¿es tuya?

- Sí, su nombre es Cova. Un cazador mató a su madre y yo me la encontré cuando sólo era un cachorro. Desde entonces no se separa de mi lado. ¿Alguna pregunta más?

- ¿Es verdad que sabes hacer magia? y ¿cómo es que conoces todas esas cosas sobre mitología celta?

- Anda, entra en mi humilde casa y lo descubrirás…
Taranis, le cedió el paso a la pequeña Brígida para que caminara delante de él y accediera primero al interior de su morada. El hombre. Vivía en una austera casa de piedra con tejado de madera, situada justo al borde de un estrecho camino de herradura; luego, colocó la antorcha en el candelero de hierro con forma de araña que sobresalía de la fachada a uno de los lados de la entrada principal. El ermitaño entró dentro y cerró la puerta con pestillo.

Un bonito candelabro de pié de forja, que portaba un gran velón, iluminaba el interior de la estancia común. En la chimenea de piedra labrada, un caldero lleno de lo que parecía sopa hirviendo, se calentaba sobre el fuego que estaba encendido y caldeaba el ambiente. Había también, una mesa pequeña de madera cuadrada puesta casi en el centro, bajo la que se encontraba una única banqueta redonda de tres patas. Una vieja alacena con los estantes cedidos por el peso de infinidad de tarros de cristal y vasijas de barro. Y un humilde camastro para dormir. Pero lo que más llamó la atención de la niña fue una extraña trampilla que había sobre el suelo, justo en el centro de la estancia.

- ¿Qué hay ahí?- Le preguntó la niña al mago.

- ¿Te gustaría verlo?

- ¡Claro!

Taranis encendió la velita de un pequeño candelero y con la otra mano tiró de la argolla que abría la trampilla. Unas maltrechas escaleras de escalones irregulares, comunicaban la habitación superior con el sótano oscuro.- Ven, sígueme y baja con cuidado…- Le sugirió el ermitaño a la muchacha. Cuando por fin llegaron abajo, Brígida no podía creer lo que tenía ante sus ojos… Una inmensa biblioteca con estanterías a rebosar de toda clase de libros, pergaminos, mapas y documentos escritos forraban las paredes de la gruta.

- ¡Esto es increíble, Taranis!- Exclamó ella.- ¿Lo has hecho tú?...
- Sí. Poco a poco fui recabando todos estos libros. Algunos me los encontré, otro son robados y los demás los escribí yo. Muchos son recetarios.

- Ahora entiendo que digas que lo sabes todo de todos.

- Me gusta leer, estudiar…

- Nana me enseñó a leer, ella no sé cómo aprendió, el caso es que me enseñó; pero en su cabaña no había ni la mitad de todos los que hay aquí. La mayoría eran pergaminos de recetarios, como tú dices, y libros de hechizos…- En el rostro de la niña se volvió a dibujar una expresión de tremenda tristeza.

- No desesperes, Brígida. Mañana encontraremos a Hortensia. Será mejor que subamos y te acuestes en mi camastro. Al alba partiremos hacia el castillo del Conde de Andrade, la liberaremos de su celda y todo habrá terminado.

- Pero si me acuesto en tu lecho, ¿tú dónde dormirás?

- No te preocupes por mí, estaré bien. Echaré una manta en el suelo.

La niña se dejó caer sobre las míseras mantas de la humilde cama del ermitaño y cerró los ojos dejando escapar unas tenues lágrimas. Cova, la loba albina, se subió junto a ella y se tumbó acurrucada a sus pies. Taranis, sopló las velas y se echó en el suelo, sobre una manta al calor de las brasas de la chimenea.
La noche transcurrió tan rápida como una estrella fugaz, cruzando el firmamento. Cuando se quisieron dar cuenta, la niña y el ermitaño, debían de prepararse eminentemente para partir lo antes posible…

Marlon, el gato negro y Cova, la loba blanca; se quedaron guardando y vigilando la morada del mago Taranis. Brígida y él, se pusieron en camino con los primeros rayos dorados del sol al amanecer. Montados los dos sobre la grupa de un robusto caballo negro que tenía un lucero blanco dibujado en la mitad de su frente. El equino, relinchaba furioso, cada vez que el ermitaño pronunciaba su nombre en voz alta, Trasno. Galopando sin detenerse, atravesaron el frondoso bosque de las fraguas, en busca de la anciana bruja, Hortensia. La niña iba delante agarrada de las oscuras y rizadas crines de Trasno. El mago que sostenía las riendas, con sus fuertes y torneados brazos, rodeaba la cinturilla de la pequeña para que no se precipitara al suelo. El viaje duró casi tres horas y a mitad de la mañana, llegaron a las inmediaciones del castillo del Conde de Andrade.

La fortaleza, situada en lo alto de un monte; estaba vigilada por impertérritos soldados y parecía infranqueable. Taranis y Brígida desmontaron del caballo con cuidado de hacer ruido y se acercaron agazapados y con sigilo. No podían ser descubiertos por los atentos milicianos que rondaban de guardia en sus puestos. Entonces, el ermitaño, antes de seguir, se detuvo de repente, agarró a la niña de la mano apretándola muy fuerte y pronunció tres palabras en latín… “abolesco… aedicula… êmergô”. Fue visto y no visto, de estar fuera a estar dentro. Aparecieron mágicamente al otro lado de los muros de la fortaleza, concretamente en los corredores subterráneos que conducían a las famosas mazmorras.


- ¿Cómo has hecho eso?- Le preguntó asombrada la niña.

- No es difícil, ¿tu Nana no lo hacía?

- Yo al menos nunca se lo he visto hacer…

- Sólo necesitas un poco de concentración, confianza en ti misma y decir las palabras clave...

- Dudo que yo consiga hacer algo parecido, sólo aprendí a elaborar algún ungüento, infusiones, medicinas naturales y cosas de esas, lo normal…

- ¿Lo normal? ¿Piensas que la magia no es normal? ¿Acaso no crees en ella? Todo está nuestra mente, Brígida

- Bueno, sí…; pero es que yo…

Taranis la interrumpió y no dejó que la muchachilla terminara la frase. Volvió a repetir en voz alta, un par de palabras en latín “dedisco… omnis…” que hicieron que la mente de Brígida olvidase para siempre, sólo lo vivido cinco minutos antes. Al momento, tres segundos se quedó cataléptica y vuelta en sí, exclamó impacientemente - ¡Rápido, Taranis!, ¿qué haces ahí parado como un pasmarote? ¡Tenemos que encontrar a mi Nana, urgentemente!..

El sonido de unos pasos firmes, se escuchaban aproximarse a través del frío y oscuro corredor. Y la niña que tiraba del brazo del hechicero para hacerle avanzar, cuando miró hacia atrás, descubrió que estaba tirando de otra persona, un hombre con otro rostro y otra indumentaria diferente. Taranis, se había transformado con otro de sus hechizos mágicos en un soldado. Los pasos que cada vez se escuchaban más cercanos, eran los del mismísimo alcaide del castillo y jefe de la milicia.- ¡Eh tú, soldado!- Chilló exaltado.- ¿Qué hace aquí esta mocosa? ¿Es que no sabes que está prohibido el acceso de los niños a los calabozos?

- Sí, señor alcaide; no sé cómo habrá podido franquear la puerta…

- No te he visto nunca por aquí, ¿eres nuevo?- Le preguntó el hombre de complexión fuerte y poblada barba.

- Sí, señor alcaide; me enviaron de la fortaleza que el señor conde posee en la Villa de Moeche…- Improvisó, el mago, para evitar ser descubierto.

- Pues echa a la muchacha de aquí de una santa vez, ¡deprisa!…

- Señor alcaide, ya mismo la iba a echar de estas dependencias; pero la niña dice venir desde muy lejanas tierras en busca de esa anciana que apresasteis ayer al alba, por lo visto es un miembro de su familia y está muy angustiada por ella…

- ¿Familia? No había constancia de que esa zorra tuviera familia… ¿Tú también practicas la brujería, niñata?

- No, señor…- Le contestó Brígida asustada.

- ¡Pues llegas tarde!- Musitó el alcaide, escupiéndole perdigones de saliva al hablar en su cara.- A esa vieja bruja, los verdugos le están dando su merecido en la sala de torturas. Ayer mismo se dictó sentencia y se la condenó por blasfema y hereje.

El alcaide pasó de largo con aire chulesco y mirando por encima del hombro; cuando desapareció del lugar, Taranis volvió a recobrar su forma habitual.

- ¿Qué le estarán haciendo, Taranis? ¡Vamos a esa sala! Busquémosla, quizás estemos a tiempo de liberarla…


El ermitaño hechicero se quedó unos segundos en blanco y después apuntó.- Será mejor que nos vayamos, Brígida…- Él, sabía que habían llegado demasiado tarde…

- ¡No, yo no me voy!- Contestó negándose con rotundidad ella.- Si es necesario la encontraré sola, no necesito la compañía de un mago que se caga de miedo.- Y la niña, enrabietada y desesperada, echó a correr en busca de Hortensia, a la que halló, desgraciadamente, justo al doblar una esquina…


De una de las estancias carcelarias, provenían unos ahogados gritos de mujer mayor, que pedían auxilio y que transmitían total y absoluta humillación. Dentro, a cara descubierta, los dos verdugos encargados de torturarla, disfrutaban diciéndole y haciéndole perrerías de toda índole a la mujer; antes de comenzar con la pena impuesta por el cardenal.


Crispín y Aurelio, brindaban chocando sus sucios cálices de latón repletos de vino fermentado, totalmente borrachos. – Te vamos a mandar directamente al infierno, jodida hija de puta.- Le decía Crispín, un hombre más bien feo, estrábico, bajito, calvo y gordo.
- ¡Eso marrana!- Exclamaba Aurelio; el verdugo de complexión más fuerte, narigón y chepado; mientras animaba a su compañero.


Brígida, muy temblorosa, con los vellos de punta y el corazón en un puño; se acercó a los barrotes de la enrejada puerta de hierro de sala de torturas, donde aquellos desgraciados se lo estaban pasando en grande y disfrutando de su labor. Lo que allí vio, la niña, jamás podría borrarlo ya de sus retinas…


- ¡Eh, Aurelio!; ¿te has fijado en su coño?

- ¡Sí, parece una ciruela arrugada!

- ¿Igual la vieja es virgen?

- ¡Pues vamos a averiguarlo! Je, je, je…

Hortensia, totalmente desnuda y colgada boca abajo de una traviesa que había en el techo, a la que ataron por los pies como si fuera un trozo de carne; con las piernas abiertas era violada por el ano y la vagina al mismo tiempo con unos gruesos y astillados palos de madera que manipulaban muy contentos, uno cada uno, los martirizadores.

Los berridos desgarradores de la mujer, eran tan fuertes e intensos que hacían que se le encogiese el corazón y helase el alma a todo aquel que los escuchase. Después de masturbarla contra su voluntad y una vez que se cercioraron de que la sangre, de estar colgada boca abajo, le había llegado al cerebro; procedieron a serrarla por la mitad de su tronco, empezando por los genitales. Los gritos se elevaron de tono más todavía, eran tan ensordecedores que ni ruido del trueno más estrepitoso, se hubiera podido oír…

Brígida, envuelta en un océano de lágrimas, se abrió a vómitos ante la dantesca imagen y a Taranis, no le quedó otra opción que sacarla de allí. La abrazó por detrás contra su pecho y la levantó en peso. La niña se negaba a abandonar el lugar- ¡Suéltame, déjame en paz!- Le recriminó, mientras guerreaba y pataleaba.


- “abolesco… aedicula… êmergô”.


Trasno, les aguardaba apeado al lado de la mitad de un tronco caído y bajo la sombra de un castaño. - ¡Suéltame, que me dejes, te digo!- Seguía quejándose Brígida, que no podía parar de llorar y pegar pequeños puñetazos contra Taranis.

El mago quiso recitar el hechizo para hacer que la niña se olvidara de todo, pero ella no se lo consintió ni se lo permitió, desconcentrándole con sus chillidos.- ¡No, Taranis!, ¡no lo hagas! Sé que antes hechizaste, algo que no puedo explicar porque es como un recuerdo confuso, todo me arecía una especie de sueño, pero ahora, lo que acabo de ver me ha abierto demasiado los ojos… Me vengaré, vengaré la muerte de Hortensia y a ti… ¡A ti no te quiero volver a ver jamás en toda mi vida!, ¿te enteras? Eres un mago nefasto… Tenía todas mis esperanzas puestas en ti, en tu sabiduría, en tus artes… Ahora, me he quedado totalmente sola. Ya no me queda a nadie. No me ayudaste, Taranis…

- Yo no sé resucitar a un muerto, Brígida. Si supiera, sin más dilación, hubiera entrado en esa sala, la hubiera liberado y dado una buena lección a ese par de imbéciles asesinos sin escrúpulos…

- Pues si no sabes resucitar a un muerto, ¿qué clase de mago se supone que eres?...- Brígida negó con la cabeza y se marchó caminando cabizbaja por el bosque. Volvía a la cabaña de Hortensia, su único hogar.

- Por favor, Brígida; no te vayas así…- Le suplicó él.
Pero la niña, siguió avanzando sin retroceder un paso, sin echar la vista a atrás...
Pasaron un par de semanas, cuando una tarde, Taranis se armó de valor y decidió ir a visitar a la pequeña Brígida al corazón de los bosques de Irixoa. Él, estaba sumamente preocupado ella, por su salud, por su vida; a fin de cuentas, tan sólo se trataba de una niña. Además, le llevaba alimentos y al único vestigio vivo que le quedaba de Hortensia, su gato Marlon...
Cuando llegó a la cabaña, el mago llamó a la maltrecha puerta arqueada con tres golpes secos; pero Brígida, aunque estaba dentro, no le abrió.- ¿Qué es lo que quieres? – Se escuchó su voz, malhumorada, desde el otro lado.

- Vine a traerte a Marlon ¿es que, acaso, ya te has olvidado de él? A Hortensia le hubiera gustado que lo cuidases tú y no yo; además, en mi casa no hacía otra cosa que maullarle a la luna por las noches. Contigo estará mejor que conmigo…

- Pues si sólo has venido a eso, deja al gato y márchate.

Taranis suspiró y musitó.- Bueno, también vine a traerte algo de comida… Es un poco de pan y un par de truchas frescas que pesqué esta mañana en el río.

- ¿Piensas que no sé subsistir yo sola? No soy una inútil, Taranis…

- Brígida, por favor, ábreme la puerta; sabes perfectamente que aunque no lo hagas puedo entrar de igual modo.

- Ya lo sé, pero no te consiento que pongas un solo pié dentro de mi morada. Te juro que como entres en la cabaña, te golpearé fuertemente en la cabeza con una azada, así que ni se te ocurra hacerlo. Creo que ya te dije que no te quería volver a ver jamás; además hoy no me encuentro bien. Así que vete ya, ¡pesado!

Taranis, dejó el hatillo en el que portaba los alimentos, apoyado a la pared, en uno de los lados de la puerta. Antes de marcharse definitivamente del lugar, el ermitaño, mosqueado ante la insistencia de Brígida para que no entrase en la cabaña; se concentró, meditó y comprendió… La niña, se había hecho mujer aquella misma tarde; no hacía ni un par de horas, que le había bajado su primera menstruación. Atrás quedaba la niñez, su truncada infancia… Y el hechicero de las fraguas desapareció.

2 comentarios:

  1. Wow! mmmm... Muchas gracias! Siempre Bunísimos los Deep Purple. Me ha enchantado.

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