lunes, 22 de febrero de 2010

✑ Los Zapatos de Pointe ✍

Poco a poco la casa se fue quedando vacía, deshumanizada. Comenzamos sacando cosas de menester tan importantes como lo eran las prendas de vestir. Luego les tocó el turno a los pesados libros de la biblioteca de mi padre. Aquellos libros, algunos auténticas reliquias literarias, ocupaban cajas y más cajas de cartón. Vajillas, muebles, cuadros, alfombras y demás enseres, fueron desfilando detrás. Toda una vida acumulada en forma de objetos que esperaban dentro del camión de mudanzas para cambiar de escenario.

En el chalé ya sólo quedaban las dos grandes lámparas de araña que colgaban del techo del salón, además de los visillos y las cortinas aterciopeladas que adornaban ventanas y galerías. Ver las habitaciones tan vacías me producía una sensación de amargura en el corazón, pero nosotros no podíamos hacernos cargo de una casa tan grande y costosa. Mi situación laboral no era buena y eran demasiados gastos los cuales no podía afrontar aunque quisiera.

El ambiente era extraño, lúgubre, faltaba la calidez de la familia. Quise respirar por última vez su olor a madera y popurrí de flores secas que mi madre solía colocar en pequeños cuencos de cristal. Era el olor del hogar en el que me había criado y que, a pesar de los años, todavía permanecía allí como anclado en el tiempo. Curiosa como una niña que todo lo toca fui inspeccionando, uno por uno, los rincones de todas las estancias. Sólo se escuchaba el estremecedor sonido del eco de mis pasos al caminar. De repente, el reloj de la torre de la iglesia del pueblo interrumpió mi sosiego con el tañer de las doce campanadas, que indicaban la llegada de la media noche, mi hora favorita. 

Examiné con sumo detenimiento si nos dejábamos algo importante y de gran valor, ya fuera material o sentimental. Me faltaba revisar el desván, que había sido antaño un palomar. Subí el último tramo de la ancha escalera de madera, en su parte más antigua y deslucida, hasta llegar a una pequeña puerta. Giré el pomo de bronce y la abrí, a mi derecha palpé a tientas un arcaico interruptor de la luz que sobresalía de la pared. Con la mano temblorosa, y a pesar del perturbador miedo a electrocutarme, lo pulsé cerrando instintivamente los ojos. Una bombilla que colgaba de un mísero cable, casi por encima del mismo interruptor, se encendió. Mi corazón latía a mil por hora, sentía miedo y emoción a la par. De niña me aterrorizaba subir allí, por los ruidos y porque era la parte más alta y solitaria de la casa. 

La mayoría de lo que quedaba eran trastos y cosas inservibles, sin ningún tipo de valor, excepto un pequeño y bonito cofre negro que, en cuanto lo vi, llamó poderosamente mi atención. El cofre estaba recubierto por una fina capa de polvo y colocado sobre un aparador visiblemente deteriorado y carcomido. Me acerqué para averiguar qué misterio ocultaría en su interior, como la cerradura estaba rota fue sencillo abrirlo, y entonces... las descubrí… 

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, el tesoro que albergaba dentro del cofre eran los zapatos de pointe de mi difunta madre. Ella nunca me confesó que había sido bailarina, nunca entendí por qué se avergonzaba de ello o lo ocultaba, pero yo siempre lo intuí. Una parte de mí sabía que aquel empeño que mostraba en que aprendiese a bailar y tomara clases de ballet, escondía algo más...

Mi mente comenzó a viajar atrás en el tiempo y recordé las clases de danza del colegio de monjas. Clases a las que mi madre me obligó a asistir desde los cuatro hasta los trece años ininterrumpidamente. Pero un día me cansé del sacrificio que conllevaba un arte con tanta disciplina y lo dejé, disgustándola mucho... 

Me hice con el cofre negro y su contenido, apagué la luz del desván, cerré la puerta y bajé los escalones de dos en dos, veloz como una centella. Una vez en el salón, me senté sobre el brillante y recién encerado suelo de parquet y, sin pensármelo dos veces, me quité las botas y me calcé las desgastadas zapatillas de mi madre. Me encajaban en los pies perfectamente, me até las cintas de raso a los tobillos y me levanté. Junté los talones como solía hacer cuando era niña, coloqué mis brazos en posición, respiré hondo y comencé a danzar. Y… demi-plié, demi-poite, grand-plié, glissade, déboulés, pas de Chat, pas de valse, pirouette en dehors, fouetté en tournant,…

En aquel momento ni siquiera me percaté de que me había dejado la puerta principal y la verja del jardín abiertas de par en par, pero no podía dejar de danzar. Una sombra misteriosa se introdujo en el hall, alguien se acercaba sigilosamente al umbral de la puerta del salón, mientras yo, ajena a todo, bailaba como poseída por una fuerza sobrenatural y al compás de la única música que sonaba dentro de mi mente.

Él observaba quedo mis movimientos que le atraían y excitaban cada vez más. De repente, escuché una puerta cerrarse violentamente y entonces percibí su presencia. — No sabía que bailabas danza clásica, nunca me lo contaste.— me dijo.

— Yo tampoco sabía a ciencia cierta que ella la bailaba, jamás me lo confesó, y a mí nunca me gustó asistir a aquellas clases…

— ¿Las conservarás? Me gustaría verte bailar más a menudo, pareces feliz y me gusta verte feliz.

— Sí, por supuesto que las conservaré… Bailar me desahoga mucho y estas zapatillas son lo poco que me queda de mi madre.— hice un silencio.— ¿Sabes? Hay una cosa que me resulta curiosa… Cuando era niña y tenía que bailar por obligación, sólo deseaba no tener que volver a hacerlo jamás. Y ahora, que hacía tantos años que no bailaba, me doy cuenta de que echo de menos el ballet.— le dije dándole un emotivo abrazo.

Mi marido y yo terminamos de recoger las últimas pertenencias de valor de mis padres, entre ellas, el cofre negro con los desgastados zapatos de pointe . 




TRES LOLITAS Capítulo. 14 "La Extraña Borrachera"


Aquel fin de semana con Robert, lo recordaré toda mi vida…

Pero el tiempo pasó tan veloz como una exhalación y no me quedó más remedio que regresar a Madrid cuanto antes. El domingo a medio día me despedí de él. Cómo me hubiera gustado haberlo mandado todo a la mierda y quedarme allí, en Rota. En su casa, en su cama, a su lado y abrazada a su cuerpo.

El sabor del último beso húmedo que nos dimos me acompañó durante todo el viaje de vuelta a la capital, como un dulce recuerdo que me negaba a dejar se saborear, olvidar y a desterrar de mi mente.


Llegué al apartamento sobre las once de la noche. Un olor cargado a alcohol y humo de tabaco, se escapó como una bocana de aire pestilente, nada más abrir la puerta. Aquel hedor, provocó en mí, un sentimiento de extrañeza. Y un nudo en la garganta se me puso, cuando nada más acceder al interior del inmueble, me encontré tirada en el suelo a mi hermana Cristal, que estaba medio desnuda y parecía dormida. Al menos eso era lo que quería pensar…

Todo el salón estaba descolocado, revuelto. Había revistas rotas, hechas añicos por el suelo. Una silla volcada y otra encima de la mesa del comedor. Zarandeé a mi hermana con la punta de mi pié para que se despertara. Necesitaba que me explicara lo que allí había sucedido. Al ver que poco a poco iba abriendo los ojos, musité.- Pero, Cristal, ¿qué coño hiciste?...

Ella, acertó a abrir la boca pero no fue capaz de decir nada, tan sólo dejó salir una porción olorosa de su aliento asqueroso y podrido. - ¡Joder!- Exclamé con cara de pocos amigos.- No veas cómo te canta la boca. ¡Anda! Voy a intentar levantarte y llevarte a la cama.- Le dije mientras la ayudaba a auparse.

Mi hermana, estaba totalmente embriagada por la bebida y su lenguaje era tosco, de pronunciación estropajosa y sólo decía palabras absurdas. A saber cuantos litros de alcohol había ingerido, cuantos litros de alcohol habían recorrido libremente por sus venas, no acostumbradas a tales ingestas de aquella sustancia que tomada en exceso podía ser tan peligrosa como un cocktail molotov.

Sobre la moqueta yacían tres botellas de vodka vacías y varios botellines de cerveza rotos y desquebrajados.

Llevé a mi hermana a su cuarto con cuidado de que no pisara ningún cristal con sus pies descalzos. Pero Cristal, prácticamente no era capaz de dar ni un paso. Introducí mis brazos bajo sus axilas tirando hacia mí de su cuerpo. Para ello me coloqué tras su espalda, mientras caminaba hacia atrás con cuidado de no golpearme el culo con la esquina de algún inoportuno mueble. Cuando llegué al dormitorio, como pude la recosté sobre la cama.- ¡Joder, Cristal! ¡Cómo pesas guapa!- Exclamé fatigada. Aquella situación no me hacía ninguna gracia, aunque a ella parecía que sí, dado que, una vez tirada sobre el colchón, se empezó a descojonar de risa en mi cara. Y allí la dejé riéndose sola como una loca, cerré la puerta de su cuarto de un portazo, hasta que de repente no se volvió a escuchar nada más.

Ventilé el salón abriendo las ventanas de par en par, era casi media noche y a pesar de estar en pleno mes de octubre no corría ni gota de aire, la temperatura era bastante bochornosa. Me pasé más me una hora y media recogiendo el desorden y limpiado los papeles y la suciedad que había tirada por el suelo. Casquetes rotos, botellas de vodka, trozos de comida rancia y ropa sucia… Mi perra Luka, nerviosa, me seguía gimiendo lamentos de un lado al otro de la casa. Y yo todavía ni siquiera me había quitado los zapatos, ni deshecho mi maleta.



A la mañana siguiente, amaneció el lunes nublado y con pinta de romper a llover de un momento a otro. Me había quedado dormida, vestida y sobre el sofá. Me levanté con un dolor de espalda terrible y me fui directa a la ducha.

Una vez limpia y cambiado mi atuendo, me recogí el pelo en una sencilla coleta de caballo y me fui a la cocina a prepararme un poco de leche caliente con cacao al que acompañé con un par de aspirinas.

Sobre el frigorífico había una nota de Lili con un mensaje escrito que decía: “esta noche no voy a dormir en casa, me quedo en el apartamento de Hugo. Cristal se ocupará de Luka. Mañana nos vemos a las diez en la discográfica, ya me contarás qué tal el fin de semana. Un beso, Lili”.

A las diez me presenté en la oficina de Mario junto con Cristal. Lili llegó cinco minutos más tarde en compañía de Hugo, su novio actor.

Cristal, tenía mala cara y estaba resacosa del increíble pedo que había cogido la noche anterior. No nos dirigíamos la palabra. Su semblante era serio y tenía el ceño fruncido permanentemente. Cualquiera le decía algo y yo me sentía demasiado enojada con ella como para hablarle. No es que estuviera enfadada con mi hermana por el hecho de que se hubiera emborrachado (cada uno es libre de hacer con su cuerpo lo que le venga en gana), sino que estaba enfadada por el estropicio de la casa y el recibimiento que me había encontrado, nada más llegar de un largo viaje por carretera. Pero probablemente, ella, a juzgar por su estado, de poco se acordaba.

Mario, nos invitó a pasar a su despacho, tenía un asunto muy importante que comunicarnos y quería que estuviésemos cómodas. Me llevaba la vida preguntarle sobre el fin de semana en Ibiza, dado al extraño comportamiento y cambio de actitud de mi hermana, pero preferí hacerlo al final de la reunión y en privado.

- Bueno chicas, mis chicas… Hoy os traigo muy buenas noticias… Je, je, je.- Comenzó a decir, nervioso y dejando escapar alguna risita un tanto impertinente. - Tomad asiento en ese sofá de ahí.- Nos invitó a ponernos cómodas.

La Discográfica estaba situada en el ático de un alto edificio que hacía esquina con una gran avenida del centro de la Capital. El despacho de Mario, era enorme. Además de su mesa y su gran butaca anatómica de cuero; en una de las esquinas, nada más entrar a la derecha, había un larguísimo sofá rinconera de color negro. Las paredes revestidas de madera y adornadas con cuadros de discos de oro y platino, pertenecientes a otros artistas llamaban poderosamente la atención de nuestros ojos inquietos. Posters enmarcados de Bandas de rock y Pop de los 80’, un sinfín de diplomas con su nombre impreso y alguna mención honorífica también colgaban en algún rincón de las cuatro paredes… Las vistas que se apreciaban desde el limpio ventanal que había frente a la puerta de acceso, justo detrás de su escritorio; eran impresionantes, quitaban el hipo y hacían que te perdieses observándolas en silencio durante más de un par de minutos.

Mario comenzó su discurso, despertándonos así de nuestro ensimismamiento.- Como ya sabéis “3 Lolitas” se ha convertido en todo un “boom mediático nacional” y vuestro primer single “Three Hearts” es ya todo un número uno de las listas de ventas del país. Poco a poco os habéis ido introduciendo en el mercado español y ahora también lo haréis en el europeo e iberoamericano...

- ¿Qué? – Pregunté incrédula con una sensación de vértigo en mi estómago.

- Verás Alma, hemos creado una página web oficial de las 3 LOLITAS, con imágenes vuestras, videos, etc… Y gracias a ello, ahora os reclaman fans en algunos países de Europa y Latinoamérica.

- Eso es fantástico, Mario, pero ¿cómo puede ser que en tan poco tiempo hayamos conseguido todo esto?- Le preguntó Lili notablemente emocionada y excesivamente contenta por las buenas noticias.

- Pues, francamente, no lo sé, pero ocurrió. Tenéis madera de artistas, nacisteis con estrellas, qué sé yo… Habéis conseguido más de lo que yo mismo esperaba. Recordar que tiempo atrás, ya os dije que teníais algo especial y por lo que veo no me equivocaba en absoluto. Así que sin más dilación nos pondremos manos a la obra y comenzaremos a trabajar y preparar las promociones del disco fuera del país.

La verdad que eran noticias muy buenas para el grupo, pero no lo eran tanto para mí. Robert había quedado en venir a verme a Madrid en tres semanas y crucé los dedos para que el plan de estar juntos y volver a amarnos, no se fuera al traste.

Antes de irnos, le pedí a Mario una audiencia en privado con él, quería hablarle sobre mi hermana Cristal. - Dime cariño, sabes que me puedes contar lo que quieras.- Me dijo acariciándome la mejilla.

- Es sobre Cristal, ayer por la noche, cuando llegué al apartamento, la encontré borracha como una cuba y rodeada de desidia… Quería preguntarte qué tal lo pasó en Ibiza, si notaste algo raro en su comportamiento… Verás es que ella no suele beber alcohol, al menos no en gran cantidad…

- Alma, en mi casa, sólo durmió la noche en que llegamos. Al día siguiente, en una barbacoa que hice, creo que conoció a un amigo, no sé quién, la verdad… Me dijo que se iba con él a Mallorca para pasar el resto del fin de semana y que ya se las apañaría ella para volver a Madrid.

- ¿Te dijo quién era ese tío? ¿Le viste con él?

- No… No me acuerdo, había tanta gente, tengo muchos amigos…- Dijo sonriente.

- Acaso, ¿te interesante?

- Pues no tu hermana es mayorcita, Alma… Es que estaba ocupado atendiendo a una vieja amiga y…

- Ya… No hace falta que me digas más, ya lo descubriré por mí misma…- Le solté y con las mismas, me di media vuelta y me marché.



viernes, 19 de febrero de 2010

TRES LOLITAS Capítulo 13 "Intenso Fin de Semana"

Caminamos callados, el uno al lado del otro. Caminamos hasta el lugar en donde había aparcado su moto. Nos montamos en ella y aceleró fijando el rumbo a su casa, situada dentro de la Base, en el poblado americano.

A nuestro alrededor se palpaba una tensión sexual contenida que estaba a punto de estallar de un momento a otro. A punto de destruir y arrasar con cuanto tropezara a su paso.

            Nada más llegar, desmontamos de la moto. Primero yo y luego él. Nada más desabrocharnos y quitarnos los cascos, no pudimos resistirnos y caímos en la tentación de unir nuestras bocas que se clamaban desesperadas a través de miradas deseosas del placer más brutal y desgarrado.

Robert agarró mi casco y lo dejó junto al suyo, sobre el asiento de un columpio de madera descolorida que colgaba del porche de su casa.

Me temblaba todo el cuerpo y no podía dejar de mirarle. “Dios qué bueno estas, cabrón” pensaba clavando los dientes sobre mis labios torturados por las ansias. Le había extrañado demasiado. Soñando con aquellos besos que me había brindado sobre las rocas del espigón.

Robert se acercó ávido hacia mí y me agarró fuertemente entre sus brazos. Me espetó su  boca contra la mía que no pudo repeler el impacto. Comenzamos a besarnos como si nos fuera la vida en ello. Besos húmedos y de tornillo. Jugueteábamos con nuestras lenguas...

De repente, me aupó agarrándome con sus fuertes manos bajo mis nalgas que apretaba con sus dedos desatando mi más salvaje furia sexual. Me estremecía con cada caricia.

Yo le rodeaba la cintura con mis piernas y con mis manos le acariciaba la cabeza. Él me apoyó la espalda contra la puerta de la entrada y sin dejar de besarme, sin dejar de sostenerme en peso. Casi como haciendo un malabarismo, consiguió abrir la puerta con la llave…

 Una vez dentro me tumbó sobre el incómodo sofá verde caqui de la sala y mutuamente comenzamos a desnudarnos el uno al otro, arrancándonos la ropa como si fuéramos famélicos caníbales con ganas de devorarnos vivos.

Mis entrañas seguían estremeciéndose al extremo del placer más intenso que jamás nunca había experimentado antes. Nos incorporamos, rozando nuestros cuerpos desnudos, forjados el uno al otro. Se sentó y yo me monté sobre él a horcajadas, sintiendo como penetraba su pene erecto y duro dentro de mí sexo dilatado e híper mojado de flujo.

Su lengua comenzó a rodar por mi piel desde el cuello hasta los pezones de mis senos endurecidos que besaba con extrema suavidad extasiándome y haciéndome humedecer todavía más. – No te pares, nena.- Me pedía mientras me mecía sobre él con suaves pero continuos movimientos, sintiendo la suavidad y el calor de su miembro, a punto de transportarme al Nirvana al que llegué jadeante de satisfacción, cuando por fin sentí como su semen caliente correteaba por mi vagina llenándome hasta casi rozar mi alma.

Terminamos enganchados el uno al otro, abrazados, empapados en sudor, exhaustos del mayor de los gozos, convertidos en un solo ser. Nunca olvidaré aquella primera vez…

 - ¿Te apetece un cigarro?- Me preguntó una vez pasado el fulgor del momento.

-   ¿Es que fumas?- Le pregunté extrañada.

-   Sólo en ocasiones especiales…- Musitó ofreciéndome un cigarro.

Sonreí y acepté el pitillo.

-   ¿Sabes? Estoy hasta los cojones de mi vida.- Me confesó mientras que se encendía el cigarrillo con un zippo plateado que dejó un pequeño tufo de gasolina en el aire y que por cierto me encantaba. Como me encantaba verle contoneándose desnudo ante mis ojos desorbitados que no apartaban la vista a sus nalgas prietas.

-   ¿Por qué estás hasta los cojones de tu vida?- Pregunté aturdida.

-   Porque me jode tener que seguir órdenes de un capullo como mi presidente. Jodido hijo de puta. He pensado que llevo en esta mierda metido muchos años y me voy a licenciar, Alma. Sí, lo tengo claro. Pensé que aguantaría como lo hizo mi padre, pero ya estoy harto.

-   Pero ¿Cómo que te vas a licenciar? Y, ¿a qué te vas a dedicar, Robert?

-   A lo que realmente me gusta. A sentir la libertad de decidir sobre mi vida. A lo que sea… ¿Qué más da? Una vez que esté fuera de este puto trabajo, ya me las apañaré.

-          Realmente estás enojado…

-     Me mandan a Irak dentro de un mes, ¿sabes?; y eso precisamente es lo que me toca los cojones… Ni te imaginas cuantos compañeros han muerto por la estúpida cabezonería de encontrar  las inexistentes armas de destrucción masiva. Y lo peor de todo es que todavía hay gente que se lo cree.

-   ¿Es que no existen?- Pregunté arqueando las cejas y arrugando la nariz ante sus sorprendentes repulsas hacia su gobierno.

-   ¿Qué van a existir? Cualquier arma es de destrucción masiva. Que el dictador ese era un hijo de puta vale, todos los  dictadores lo fueron y lo son.

-   ¿Por cuánto tiempo te vas a Irak?

-   Tres meses, después seré un hombre libre.

-   ¿Vas como espía?

-   No, es una misión normal.

-  Me dejas algo más tranquila, pero allí hay una guerra muy jodida. No sé, tengo compañeros que también los mandan para allá y me han comentado que están preocupados. Temo que te suceda algo, Robert…

-   Piensa una cosa, Alma, sólo son tres meses; después seré  un hombre libre.

“Un hombre libre…”, pensé para mí, qué bien sonaba esa palabra…

-   Antes de irme, me gustaría pasar contigo otro fin de semana como este, ¿quién sabe?..., quizás no vuelva…

-   Pues qué ánimos… No digas eso ni en broma, ¿me oyes?- Le dije saltando a sus brazos, besándole, sintiendo de nuevo el rozar de nuestra piel todavía caliente y pegajosa por el sudor.

Y de la misma forma que empezamos aquella tarde de desenfrenado amor loco, nos metimos en la ducha bajo el chorro de agua tibia. Sintiéndonos de nuevo, forjándonos en un solo ser de ardiente pasión desmedida. Follando como animales. Parecía que llevásemos siglos sufriendo el celibato de la castidad más absoluta…   

jueves, 18 de febrero de 2010

TRES LOLITAS Capítulo 12 "Fama"

3 Lolitas, había despegado fijando rumbo hacia una fama que parecía no tener retorno a nuestra antigua vida tranquila. “Three Hearts”, había causado furor entre el público más adolescente. En pocos meses, vimos como se incrementó nuestra cuenta corriente. Las cifras crecían vertiginosamente coma la espuma.

Aquel single alcanzó el primer puesto de la lista de los principales de la radio, un par de semanas después de su lanzamiento; mientras que nuestro segundo tema, “Ojos de ángel” comenzaba a hacerse un hueco en ella. Pronto el disco consiguió colocarse entre los más vendidos del mercado compitiendo con álbumes de músicos y cantantes de talla.  
  
Nuestros hábitos cambiaron por completo. Pasamos de llevar prendas normalitas y convencionales,   a mostrar las mejores firmas de ropa y calzado. Los diseñadores más prestigiosos del país empezaron a interesarse por nosotras, sobre todo por Lili; llegando incluso a abofetearse entre ellos por vestirnos de arriba abajo.

Gente importante y personajes muy conocidos. Ave nocturnas del mundo de los saraos y la farándula, de repente, también fijaban su atención en  nosotras y nos invitaban muy complacientes  a sus lujosas fiestas vip.

Había establecimientos en los que ni siquiera nos cobraban y nos agasajaban  con regalos glamurosos, sólo por ir a comprar allí y darles publicidad.

Los fans nos paraban por la calle para que nos dejásemos retratar a su lado y dedicarles autógrafos firmados sobre recortes de revista y hasta en los sitios más inimaginables.

Mario se frotaba las manos. Él se sentía orgulloso de nosotras, de cómo nos iba y de él mismo, más que nada, porque estaba haciendo su agosto a nuestra costa. Nunca le habíamos visto emanar tanta felicidad, si “3 LOLITAS” ganaba dinero, recíprocamente él también lo hacía. Además de aumentar  su  reputación y recibir felicitaciones desde las más altas esferas de la compañía discográfica. Así, Mario, empezó a codearse con grandes artistas. – Cuando veo un diamante en bruto, sólo tengo que pulirlo un poco y ¡voilá!- Les decía a sus amigotes, soltando después una larga carcajada de satisfacción. 

 Como la compañía de discos estaba muy contenta con nuestro trabajo al haber alcanzado más de tres mil copias vendidas en menos de dos semanas; Mario decidió hacer un paréntesis en el camino para darnos tres días libres.

Sería un fin de semana completo de viernes, sábado y domingo. Llevábamos un par de meses ajetreados después de dar el gran salto. Viajes, entrevistas, presentaciones, reuniones, comidas, sesiones fotográficas, fiestas… El tiempo pasaba veloz con aquel ritmo de vida y necesitábamos un descanso urgente.

Un día te levantabas a las siete de la mañana y cuando te querías dar cuenta, volvían a ser las siete de la mañana del día siguiente. Había jornadas que era imposible aguantar tanto vaivén.  Cuando no teníamos una entrevista en la radio, la teníamos en la televisión o cuando las teníamos una seguida de la otra. Cuando no teníamos que ofrecer un micro concierto en algún local de moda de Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia. 3 Lolitas daban la vuelta por toda la península, promocionando su disco por los centros comerciales más concurridos, causando furor entre las adolescentes que las querían emular.

Jamás se me hubiera pasado por la cabeza ni la más remota idea de que algún día me vería en mitad del mundo del espectáculo. A mi hermana Lili, segurísimo que sí, pero a mí no… Y ya por entonces, empezaba a echar de menos mis viejas costumbres. Necesitaba descansar de todo el boom mediático. Y aquel fin de semana que Mario nos ofreció me vino como anillo al dedo.

Cristal, Lili y yo,  llevábamos unos meses compartiendo un lujoso apartamento en pleno centro de la ciudad. Lili había puesto fin a su relación con el guitarrista de la banda rock, tan sólo, desde hacía un par de días. Rompieron por culpa de una tercera persona. Esa tercera persona, se trataba de un guapo actor de una serie muy populosa del canal 3 con el que ella le fue infiel en reiteradas ocasiones. Recuerdo que la primera vez que decidió tirárselo en su cuarto, Cristal y yo tuvimos que emigrar literalmente del apartamento para pasar la noche en un hotel cercano. Era imposible conciliar el sueño escuchando tantos gemidos. Parecían dos leones apareándose en mitad de la Sabana africana.

De la ruptura de mi hermana, obviamente, se hizo eco toda la prensa rosa. Lili, el actor y el guitarrista acapararon muchas portadas sin poder remediarlo ninguno de los tres. Era la parte más dura de la fama, las consecuencias que tenía ser un personaje popular, la poca intimidad de la que uno disponía…

Aquel largo fin de semana de relax, sentí la necesidad de hacer un viaje que hacía tiempo llevaba dándole vueltas. Mario me había invitado a pasarlo de forma amistosa, según él, en una casa que había alquilado para la ocasión en Ibiza. Pero sin dudar ni un ápice, decliné su invitación y en mi lugar fue Cristal. Digamos que el haber saltado a la fama, le había proporcionado a mi hermana una extensa lista de posibles ligues, amigos íntimos de Mario, entre otros. Hombres con mucho dinero y poder que estarían ese fin de semana en la isla. Y según ella, no estaba dispuesta a desperdiciar una oportunidad de poder sacarse a Carlos y a la brasileña de la cabeza de una vez por todas.  

Yo agarré mis bártulos y salí de la capital peninsular sobre las diez de la noche del jueves con dirección a Rota en mi Peugeot 206. Conduje toda la noche en silencio, tranquila, con la única compañía de los Deep Purple. Cómo me gustaba su música y las letras de sus canciones. Ecucharles hacía que no me sintiera sola en mitad de la autovía, escasa de tráfico y rodeada de la más absoluta oscuridad.  

Llegué a la provincia de Cádiz sobre las seis y media de la mañana y a Rota una hora después. Pero antes paré a desayunar un café con leche y un cruasán, en la cafetería de una gasolinera de carretera cerca del Puerto de Santa María. 

Amanecía un viernes en el que se me venían a la memoria un sinfín de recuerdos, de sensaciones, de costumbres de no hace mucho que en cambio parecían demasiado lejanas. Sentía la necesidad ansiosa de volver a revivirlas.

Me hospedé en un aparta-hotel del pueblo. Al llegar dejé mi maleta sobre la cama, la abrí. Saqué unos jeans limpios, mudas y una camiseta de tirantes, blanca y de algodón. Luego me dejé caer, boca abajo, sobre el colchón. La suave colcha de chenilla acariciaba mi mejilla y tardé poco tiempo en quedarme dormida. Pegué una pequeña cabezada de un par de horas.

A las diez y media de la mañana, me desperté alertada por el molesto ruido del motor de los cortacéspedes de los operarios de mantenimiento que estaban arreglando los jardines de los alrededores de la piscina.

Me dolía un poco el cuello de la postura que había adoptado al dormir. Decidí tomar una ducha caliente, para desentumecer los músculos y dejar escapar las energías  negativas. Estuve un  buen rato bajo el chorro de agua que salía con mucha presión, como a mí gusta. Sentía cada gota rozar mi cuerpo como una pequeña caricia, dejándome llevar por la presión que ejercía la fuerza del agua sobre mi espalda, sobre mi pelo, sobre mi cara, sobre mis senos... Me dejé embriagar por el perfume a rosas de mi gel de baño, mientras me acariciaba, suavemente la piel enjabonada y espumosa con mis manos.

Me sequé el pelo con la toalla. Luego moldeé mi larga melena dorada, todavía  húmeda, con el gel fijador para sacarle ondas. Me coloque frente al espejo del tocador y cuidadosamente me despojé del albornoz que cubría mi cuerpo desnudo para ponerme unas finas braguitas de encaje y talle bajo (nunca comprenderé qué tienen de cómodo los tangas, si es una incómoda tira de tela que te va rozando la raja del culo). Luego me coloqué el sujetador a juego con las braguitas que me costó lo suyo abrochar. Me enfundé en los jeans desgastados, me puse la camiseta de tirantes, blanca y de algodón y me calcé en los pies mis “All Star” en azul marino.

El Sol lucía imperioso en lo alto de un cielo azul, libre de nubes. Nada más salir del aparta-hotel, respiré hondo para dejarme envolver y enajenar por la mezcla de los aromas de las plantas de jazmín florecidas en los jardines y los arbustos de romero.

Me subí en mi coche y me fui a ver a Lorena al “Baskin Robbins”. Como todavía seguía siendo soldado de infantería en la reserva y tenía acreditación militar para acceder dentro del recinto militar, no tuve problemas. Pero antes, pasé  a saludar a mis antiguos compañeros de fatigas. Sus caras eran una mezcla de asombro, alegría e incredulidad. Después de charlar un rato con ellos y dejarme devorar (muy a mi pesar) por las sátiras miradas de algunos de ellos, me fui directa a la heladería en donde trabajaba mi amiga.

-   Hola Lorena.- La saludé nada más verla.

Ella al principio ni se inmutó, supongo que no se hacía a la idea de que yo fuese a aparecer por allí. Cuando se dio cuenta, dio respingo y exclamó llena de alegría- ¡Alma! ¡Quilla! ¡No me puedo creer que estés aquí! ¿Pero tú sabes el jaleo que has montado?

-   Pues que yo sepa nada malo, creo… ¡Y baja la voz qué me da vergüenza todo esto! Además, sabes que nunca me gustó llamar mucho la atención…

-   Pues para no gustarte… - Apuntó poniendo los brazos en jarras.- Bueno, cuéntame… ¡Que emocionante! Ahora te seguirán los paparazzi y  todo eso, ¿no?

-   Pues no, al menos no como tú te crees. Todavía estamos empezando…

-   Anda, dime de qué quieres el helado que invita la casa.

-   No te molestes, Lorena. A estas horas de la mañana no me apetece tomar helado. Y si me apeteciese te lo pagaría. Sólo he pasado a saludarte.


-   ¿Sólo a saludarme?- me preguntó ella frunciendo el ceño.

-   Sí sólo a saludarte.- Me reafirmé. Pero realmente, tenía ganas de preguntarle si sabía algo de Robert o si el repartidor de los helados le había visto, pero intenté contenerme. – ¿Y tú qué? ¿Tienes novio?- Le pregunté para desviar la atención.

-   Sí. Claro. Se llama Raquel.

-   Ah…- “Pero ¿qué es lo que ha dicho?” pensé para mí. “Vaya corte”.- ¿Qué se llama Raquel?- Pregunté con cara de circunstancia.- ¿Rafael?

-   No, Rafael no. Raquel… Sí, es que soy lesbiana. Sinceramente, Alma, me ha llevado su tiempo reconocerlo y aceptarlo. Pero al final tuve el valor suficiente y la fortaleza para como dicen “salir del armario”. Y todo se lo debo a ella. Es marinero de la Armada, está destinada en una fragata de la 41 escuadrilla. A lo mejor la conoces…

-   No creo que la conozca, Lorena… Quizás de vista… De todas formas, si esa mujer es la persona que te hace feliz, me alegro mucho por ti y por ella. Te lo digo de todo corazón. Has sido muy valiente en mostrarte tal como eres y eso es muy digno de admirar.

Estuvimos hablando durante largo rato y Lorena no me invitó al helado, sino que fui yo la que la invitó a ella. Compartimos experiencias y risas, además de zanjar rencillas pendientes que quedaban entre nosotras. Después de pasar un momento agradable disfrutando de su compañía, me despedí de mi amiga brindándole un fuerte y conmovedor abrazo, más un par de besos. Alegrándome muchísimo por ella, le deseé todo lo mejor y me fui de allí con una sonrisa de satisfacción dibujada en mi rostro.

“¿Por qué empeñarme en buscar a alguien que no me buscaba a mí?” Cavilé. 

El día continuaba esplendoroso. Los rayos del astro rey acariciaban suavemente mi cara.  Abrí de par en par la ventana del aparta- hotel para dejar entrar la brisa del mar, me costó un poco correr el duro mainel. La tarde se echaba encima y me sentía sola. Necesitaba compañía y salí a dar un paseo por Rota, escondida tras unas gafas de sol.

Algunas personas, me paraban por las estrechas y serpenteantes calles para hablar conmigo. Vecinos que me conocían de antes, pero que yo no recordaba y que me ofrecían su cariño como si fuera una más de los suyos. Nunca pensé que pudiera llegar a recibir el calor de tanta gente, que me mostraban sin reparos su apoyo incondicional acompañado de halagos y piropos que no hacían otra cosa que enrojecerme las mejillas.

Recuerdo a dos chiquillos de unos doce años, con esa gracia y arte gaditano que me abordaron en la esquina de una boca calle para pedirme el autógrafo. La fama era una cosa que no me entusiasmaba mucho y no le daba mayor importancia de la que realmente tenía. Era algo con lo que había que convivir y punto. Me lo tomaba como una especie de juego. Eso sí, sin despegar los pies del suelo, a fin de cuentas, era una persona como otra cualquiera. Una mortal más sobre la faz de la Tierra.

Cerca de la parroquia de Nuestra Señora de la O, escuché una voz que se me hacía familiar. Allí, sentí una voz de hombre clamar mi nombre en la lejanía. El vello de mi piel se erizó, el corazón comenzó a palpitar fuertemente como queriendo salir de mi pecho hacia la boca. Regresaron fortuitos los recuerdos de sus besos, las mariposas que agitaban las alas dentro de mi estómago, el temblor de las rodillas…

Me giré buscándole con la mirada, con los ojos empañados en lágrimas y entonces, le encontré. Apareció como salido de la Nada. Robert corría hacia mí, abandonando a su acompañante, un hombre del que casi ni se despidió.  - ¡Alma!- Exclamó sobresaltado.

Yo no me lo podía creer.- ¡Robert!- Pronuncié su nombre.- Cuanto tiempo…- musité después.

-   Lo sé…- Dijo él desviando la mirada hacia el suelo.

Deseaba besarle de inmediato.

-   ¿Qué tal en Afganistán?, ¿lo pasaste bien?- Le pregunté con cierto retintín e ironía.

-   Te lo iba a contar, pero fue todo muy rápido y no quería que sufrieras por mí, Alma.

-   ¿Qué no qué? ¿Qué no querías que sufriera? Ya, claro… Muy considerado por tu parte. Mira Robert, si hay una tercera persona y no quieres compromiso alguno conmigo, sólo tienes que decírmelo y punto. Me gustabas mucho y hasta no me hubiera importado tener que compartirte con otra, pero…- Me quedé unos segundos pensativa.

Robert callaba como otorgando. Me miraba quedo, en silencio, sin desviar sus ojos azules de los mis ojos verdes. Su rostro mostraba semblante serio, como enfadado. Me daba la sensación de que se sentía algo culpable. -   Compré el disco.- Me dijo para quitarle hierro al asunto.

-   ¡Ah! ¿En serio? Claro, ahora como tengo fama te interesas por mí. Es eso, ¿no?

-          No…

-          A ver en qué quedamos, ¿te importo o no te importo? …

-   Me importas, pero no me diste tiempo a demostrártelo. Cuando llegué de Afganistán desapareciste. Te llamé cientos de veces a tu número de móvil, pero un contestador, siempre me decía que no estabas disponible.

-   Es que cambié el número y de compañía telefónica. Lo siento…- Me excusé.

-    Entonces yo podría pensar que tú tampoco te interesaste por mí una vez que palpaste el éxito y la fama, ¿no crees? ¿Por qué no me volviste a llamar?, yo no cambié mi número.

-   Pensé que no me querías, además, ¿Qué coño hago yo dándote explicaciones a ti? ¿Por qué no me dijiste tú que te ibas? ¡Di!.- Insistí desesperada y enojada.- Sé que me ocultas algo.

-   No hay una tercera persona física, Alma. Realizo trabajos esporádicos para el CNI (Centro Nacional de Inteligencia) de mi país. Misiones de guerra. No nos permiten contar absolutamente nada sobre a dónde vamos ni lo que hacemos en cada misión. Ni mucho menos comunicarnos con nadie por teléfono cuando estamos desplazados. Soy espía… Pero preferiría que hablásemos de esto en mi casa, si tú quieres…

Con los ojos como platos y mordiéndome minuciosamente el labio inferior, dejé escapar una tenue sonrisilla traviesa y asentí con la cabeza…